TOCAN TIEMPOS DIFÍCILES

Por Lautaro Báez

“Luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida, ese es nuestro destino”

Álvaro García Linera

El presente inmediato de Bolivia nos interpela. A continuación proponemos algunas reflexiones para pensar la situación crítica que atraviesa el país hermano.

Un golpe, a todas luces

La cronología de los hechos que transcurrieron en las últimas semanas es más o menos bien conocida. Luego de las elecciones del 20 de octubre, amplios sectores de la oposición boliviana salieron a las calles a reclamar impulsados por el cuestionamiento respecto a la legitimidad de la candidatura de Evo, las fallas del conteo del TREP y el ajustado margen de diferencia que daba como ganador al MAS en primera vuelta. A diferencia de manifestaciones anteriores, donde los sectores conservadores no habían logrado convocar más que unos cientos de personas, las semanas previas al golpe vieron crecer un levantamiento multitudinario en distintas ciudades del país.

El conflicto fue escalando en violencia con el correr de los días y, en medio de enfrentamientos armados entre grupos civiles que tuvieron víctimas fatales, Fernando “el Macho” Camacho consiguió ponerse a la cabeza de la ofensiva conservadora. En los días previos al golpe, grupos radicalizados aceptaron la sugerencia de Camacho de anotar a los traidores en una lista, al estilo de Pablo Escobar, y dieron el siguiente paso: desde agresiones a periodistas, el linchamiento de la alcaldesa de Cochabamba, hasta amenazas de secuestro a familiares de figuras de primera línea del MAS y la quema de sus casas. Todo esto amparado por el amotinamiento de los mandos policiales. Paralelamente, la OEA, que actuó activa y tendenciosamente en todo el proceso, filtraba a la prensa los resultados preliminares de su auditoría. La participación de la OEA en este proceso, por cierto, tiene un olor conocido por los pueblos latinoamericanos, huele a azufre. Finalmente, el domingo pasado luego de que fracasara el llamado a elecciones y los mandos militares se insubordinaran, Evo presentó su renuncia y se trasladó junto a García Linera a la ciudad de Chimoré desde donde luego partiría al exilio mexicano.

¿Hubo un golpe en Bolivia? Si se rompe un mandato presidencial, como en un golpe; si esta ruptura está marcada por la intervención de las fuerzas armadas, como en un golpe; y si el horizonte inmediato de quienes gobiernan de facto es la cacería de aquellos que pretendan resistir, como en un golpe; entonces seguramente no se trate de un impasse (Faurie dixit). Lo ocurrido en Bolivia es un golpe de Estado a todas luces, aunque algunos pretendan camuflarlo bajo la fachada de una dirigencia cívica.

Respecto de esto último cabe señalar lo siguiente: que el golpe se haya construido sobre las bases del reclamo ciudadano que mencionamos antes no quita el hecho de que el factor desencadenante de la ruptura de la institucionalidad sea la participación activa por omisión de los mandos policiales y militares. Negar esto es negar lo obvio. Pretender que las declaraciones públicas del comandante en jefe de las fuerzas armadas “sugiriendo” la renuncia del presidente son efectivamente una sugerencia y no una exigencia es propio de una ingenuidad supina. Ahora, por si quedan dudas del rol que jugaron dichas fuerzas. solo hace falta revisar las declaraciones emitidas desde el Comando General de la policía en La Paz el día después del golpe: “Volvemos a retomar las calles con las fuerzas que así lo merezca. Lo que no queremos es confrontar, pero si la población que no está de acuerdo con este proceso de cambio -sí, este es un proceso de cambio, no el anterior- vamos a retomar la ciudad con la fuerza que amerite”.

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El de Evo, un gobierno democrático

La derrota de Evo en el referéndum del 2016 y su posterior decisión de acudir al Tribunal Constitucional para forzar la legalización de su candidatura vino a intensificar un debate que atraviesa la política latinoamericana: democracia formalista versus democracia sustancial. Es decir, priorizar los procedimientos de la democracia liberal o asumir que estos son circunstanciales y lo verdadero de la democracia es la igualdad socioeconómica.

Lo cierto es que durante sus gobiernos el Evismo impulsó una transformación de la estructura política y económica orientada, precisamente, a complementar la democracia liberal con los modos y las formas heredadas de la tradición indígena de los pueblos originarios, así como también a lograr el crecimiento con inclusión.

La candidatura de Evo dio espacio para que los cuestionamientos a esa nueva institucionalidad, que explica buena parte de las contundentes victorias electorales del MAS y que siempre fue mirada con recelo por los sectores conservadores, se extendieran a sectores más amplios de la población. Así, al deterioro y el descontento producto de 14 años de gobierno se sumó el problema de la ilegitimidad, punta de lanza de una oposición que tiene serios problemas para ofrecer un proyecto de país y propuestas superadoras.

Ahora bien, lejos de pretender clausurar este debate, íntimamente relacionado con el repliegue de los gobiernos progresistas de la región sobre sus “minorías intensas” que como acertadamente sugiere Pablo Stefanoni los lleva a  transitar caminos menos democráticos y da lugar a cuestionamientos del proceso de cambio, entendemos que el gobierno de Evo Morales es un gobierno democrático. Emparentar al gobierno de Evo con una dictadura o un régimen totalitario es algo fuera de lugar, incluso si se llegara al extremo de considerar como un fraude su participación en los comicios del pasado 20 de octubre, lo cual es cuestionable cuanto menos por el hecho de que Evo consiguió el apoyo de más del 45% del electorado. Durante los gobiernos de Evo, los bolivianos han gozado de los derechos políticos y civiles. La convocatoria a nuevas elecciones después del informe preliminar de la OEA da cuenta de su vocación democrática como así también de una responsabilidad política que no tuvieron quienes desde la oposición bloquearon cualquier canal de diálogo.

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Todas las voces, todas

Con el golpe en Bolivia surgió una nueva Corea, Corea del pero. En Corea del pero hay un poco de todo, el espectro de opiniones es amplio. Desde quienes condenan el golpe de Estado, pero casi se caen por el abismo de la justificación, hasta quienes condenan el golpe pero quieren dejar asentada alguna crítica al respecto del proceso eleccionario, a las decisiones de Evo Morales o incluso a la gestión del presidente boliviano. Desde los que denuncian, con intensidad, un fraude que no está demostrado, hasta quienes, con razón, cuestionan la decisión de Evo de forzar los mecanismos constitucionales para habilitar una nueva candidatura. El camino transitado por Bolivia desde el referéndum de Febrero del 2016 está abierto a la discusión y al debate.

Sin embargo, el momento presente exige articular voluntades. En un contexto latinoamericano donde una buena parte de la ciudadanía descree de las instituciones públicas y cuando de entre las grietas se asoman oscuros fantasmas, el rechazo a los golpes de Estado en nuestra región debe ser lo más amplio posible. En esa amplitud hay un consenso fundamental que entre todos debemos trabajar para sostener: la respuesta a las crisis y las limitaciones democráticas deben resolverse con más y mejor democracia.

Un golpe para escarmentar

“La Biblia vuelve al palacio” dijo la autoproclamada presidenta interina Jeanine Añez minutos después de recibir la banda presidencial de manos del comandante en jefe de las fuerzas armadas. Antes, en las horas posteriores al golpe, Fernando Camacho había ingresado al Palacio Quemado con la biblia en sus manos y encomendándose a Dios por una “nueva y reestructurada Bolivia”. Mientras, manifestantes opositores quemaban whipalas y la policía se arrancaba del uniforme la enseña de los pueblos originarios.

El golpe cívico, político y policial que ha tomado el gobierno en Bolivia tiene también profundas raíces racistas y eclesiásticas. El proceso de cambio conducido por Evo, su carácter anti-elitista, indígena, campesino y plurinacional rompió con la normalidad histórica boliviana y empoderó a un nuevo sujeto político. Así, las clases medias y altas, acostumbradas a manejar los hilos del país han visto como progresivamente durante la última década el poder se les escapa de las manos. A esto se suma la redistribución del capital económico y simbólico promovida por el evismo que como señala Stefanoni, ha perjudicado objetivamente a los intereses de estos sectores.

En este sentido, si bien es cierto que la oposición en Bolivia ha sido, en general, democrática, también lo es el hecho de que quienes han logrado colocarse a la cabeza y canalizar el descontento de los bolivianos son los representantes de un fundamentalismo que azota al país desde hace dos siglos y que hoy promueve discursos violentos, revanchistas y racistas. El retroceso al pasado parece ser su horizonte.

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¿A dónde va Bolivia?

El transcurso de los días arroja muchas más incertidumbres que certezas sobre el escenario de la política boliviana. Desde hace días Añez gobierna de facto, sin que su gobierno de transición haya sido ratificado por el congreso e incluso sin parlamentarios (su partido obtuvo apenas 4% en las últimas elecciones). En ese marco, Añez ha cambiado la orientación diplomática de Bolivia, el alto mando del ejército, ha conformado un gabinete (donde tiene influencia Camacho, claro) y coquetea con la proscripción del MAS. La única decisión que Añez se priva de tomar es la convocatoria a elecciones, es decir, la “razón de ser” de su gobierno “transitorio”. El problema que enfrenta es que, para la conformación del Tribunal Supremo Electoral necesita del poder legislativo. El MAS, que controla ambas cámaras del congreso, parece tener ahí una carta de negociación importante. Sin embargo, el debate interno del movimiento no dirime cual es el camino a seguir. Mientras que algunos sectores apuntan a negociar con el gobierno de facto ciertas garantías y presentarse a elecciones, otros más radicales apuntan a profundizar el conflicto y esperar un espaldarazo popular.

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Sobre esto último, cabe señalar que en estos días se han registrado masivas movilizaciones en contra del golpe y sus principales figuras, pero si bien una buena parte de esas movilizaciones pide el retorno de Evo, este no es un reclamo de todos. En distintos puntos del país, con las Whipalas en alto, los manifestantes exigen la renuncia de la presidenta interina, la liberación de los detenidos en las movilizaciones y deciden en cabildos abiertos cuáles son los pasos a seguir. Los medios locales los ignoran mientras recorren la casa donde vivía Evo y el gobierno los reprime, demostrando que está dispuesto a cumplir con sus amenazas. Solo el viernes, en Cochabamba, la brutalidad de las fuerzas armadas dejó 8 muertos y decenas de heridos. El futuro inmediato augura lo peor, ayer Añez firmó un decreto que deslinda de responsabilidades penales a aquellos militares que participen de “operativos para restablecer el orden interno y garantizar la estabilidad política”. Contextualizado, el decreto que permite “el uso de todos los medios disponibles” en la represión parece una declaración de guerra. La fachada institucional y pacificadora, que podía engañar a algunos en un comienzo, se cayó a pedazos en menos de una semana.

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