EL FONDO SIEMPRE ESTUVO CERCA

Por Ivan Staller 

“FONDO, otra vez la misma receta” pasó por el Cine Universidad. A sala llena, durante setenta minutos, recorrimos la historia y la actualidad del FMI y sus recetas en este primer documental realizado por Alejandro Bercovich. Para prevenirnos de los anti-spoilers digamos solo que la trama gira entorno a un diálogo entre el autor y el chef Juan Braceli, donde intercambian saberes económicos y culinarios, al momento de enterarse que Mauricio Macri acaba de acordar el mega préstamo con el FMI. Recetas económicas y culinarias que recorren las intervenciones más recientes del FMI en diferentes países -Grecia, Portugal, Argentina- con fuertes crisis de deuda. Advertencia: es imposible no salir con hambre de la sala, así que vayan pensando qué comer a la salida. 

FONDO-GIULI MASTRANGELO

Pero dejemos los comentarios sobre realización audiovisual y crítica cinematográfica a quienes saben (para más info pueden visitar el sitio oficial). Acá nos detendremos en algunos comentarios, un poco haciéndole caso al propio realizador, que en más de una oportunidad dijo que el documental es “para que militen”. Y no hay militancia sin debate. Empecemos.

Know your enemy

El primer gran acierto del documental es abordar la coyuntura argentina y regional colocando en el centro de la escena el problema de los problemas. La madre de todas las batallas.

Fondo construye su trama alrededor de la historia del FMI. Esto es, desde su creación en la segunda posguerra, bajo la iniciativa Harry White y (atención heterodoxos) John Maynard Keynes, en el marco de los acuerdos de Bretton Woods -que buscaban tejer una ingeniería financiera global ahora bajo la órbita del dólar como moneda de referencia mundial, contra nuevos desequilibrios catastróficos como los del crack del ‘30- hasta sus intervenciones recientes. En particular luego de la crisis mundial de 2008 y sus consecuencias, que condujo al G20 a cuadruplicar el poder de fuego del organismo y a reforzar su presencia como supervisor de las reformas “sugeridas” a los países en crisis. 

Atacando una serie de mitos instalados por la “ortodoxia” liberal, Fondo desmiente que el organismo sea una institución democrática, pues Estados Unidos detenta un poder de veto decisivo sobre las medidas de mayor importancia. Estos liberales, sin importar cuántos fracasos costosísimos carguen sobre sus espaldas, siempre se creen en el derecho de arrogarse el saber y “los datos” sobre el funcionamiento de la economía. Así, el film desmiente la idea de que las recetas hayan cambiado a lo largo de su historia, y aquella fantasía instalada recientemente por el macrismo -y compartida por parte de la oposición- de que el Fondo “cambió” y que ahora estaría permeable a consideraciones sociales y al desarrollo de los países periféricos, en un remake de la tesis del “capitalismo con rostro humano”.

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Lejos de “enamorarnos”, como habría querido el presidente saliente, Christine Lagarde y el Fondo cuentan con una pésima imagen pública en el país. Y con sobradas razones. El Fondo es, antes que nada, un instrumento de dominación política. Sin ambigüedades, Fondo nos ofrece una definición contundente sobre la función del organismo en los países a los que presta “asistencia”, siempre con la misma receta. 

Entre Grecia y Portugal

Otro acierto del documental es el ofrecer un acercamiento a las experiencias contemporáneas de Grecia y Portugal, que recientemente han llenado páginas, colocadas como ejemplos de cuál podría ser el futuro de la Argentina bajo la tutela del FMI. No solo repasa el papel de la Troika -el tridente ofensivo del poder financiero integrado por el FMI, la Comisión Europea (CE) y el Banco Central Europeo (BCE)- en las crisis de ambos países de la periferia de la eurozona, sino que hace hablar a sus protagonistas. 

Los informantes claves escogidos para ser la voz del proceso de reestructuración de las deudas y de la implementación del paquete de “reformas” que le traen necesariamente aparejadas no son solo funcionarios y especialistas, sino también trabajadores y sindicalistas, aquellos y aquellas que padecieron directamente los costos de las “salidas” propuestas por el Fondo. Hablan David Lipton y Joseph Stiglitz, pero también jubilados aeronáuticos e investigadores precarizados griegos y feriantes portuguesas.

Grecia fue una tragedia -y una experiencia de la cual recoger muchas lecciones-. Colocada en el centro de la tormenta luego de la crisis de 2008, un ciclo enorme de protestas contra los planes de austeridad derivó en el gobierno de Syriza: una nueva formación política de izquierdas liderada por Alexis Tsipras. 

Greek Prime Minister Alexis Tsipras meets President Trump

La subordinación de Tsipras a los dictados de la Troika, traicionando el programa anti-austeridad por el cual había asumido, terminó por desmoralizar el ímpetu popular, partió a la coalición política en el gobierno, condujo a nuevos padecimientos y volvió a llevar a la derecha (Nueva Democracia) al poder en las recientes elecciones. La voz de un jubilado aeronáutico resume los costos de las privatizaciones y el ajuste que el gobierno de Tsipras impuso con el objetivo de pagar la deuda.

En Portugal, el gobierno del Partido Socialista, apoyado en una coalición parlamentaria entre el Bloco de Esquerda y el PC encabezado por Antonio Costa, asumió como producto del rechazo a las políticas de austeridad que desde el 2011 la troika y el gobierno conservador venían implementando con costos sociales altísimos. Sin embargo, la economía portuguesa había “rebotado” en los últimos años del gobierno de Coelho, antes de la asunción de Costas. 

La palabra de una feriante es muy elocuente sobre los límites del “milagro” que habría permitido al país salir de la recesión, achicar el desempleo a la mitad, así como también el déficit fiscal, y cancelar el préstamo con el FMI. La línea argumental se inclina por considerar que estos resultados se consiguieron gracias al abandono las políticas de austeridad, sin ponderar que fue sobre la base de conservar gran parte de la herencia del ajuste, como el recorte de 50.000 empleos estatales. También de la legislación aprobada durante la gestión anterior, de la cual son ejemplos la reforma previsional -que estiró en un año la edad jubilatoria-, y la laboral, que habilitó una profunda precarización laboral que recae con más fuerza sobre la juventud, la cual en un 67,5% trabaja a tiempo parcial en empleos de servicios de corta duración. 

A diferencia de la celebración efusiva del “milagro portugués” que supo caracterizar a funcionarios y referentes que van desde el Ministro de Hacienda Alemán Schauble, un pilar de la troika quien llegó a apodar al Ministro de Finanzas portugués como “el Cristiano Ronaldo de la economía”, a Axel Kicillof, el documental mantiene la sobriedad.

Argentina… ¿y Uruguay?

La historia del Fondo en Argentina es objeto de una construcción genealógica. Desde el primer préstamo durante el gobierno de Frondizi hasta las negociaciones luego de la crisis del 2001 y el fin de la convertibilidad. El potencial titular del Consejo Económico-Social de Alberto Fernández, Roberto Lavagna, cuenta las peripecias de estas negociaciones, en las cuales reconstruyeron el valor de los capitales quebrados en la crisis, y consumaron una gigantesca desvalorización de salarios, algo un poco menos épico de lo que el propio Lavagna sugiere.

Argentina hoy tiene un presente sombrío. En un artículo reciente, Diego Genoud resumía de esta manera el panorama económico que deberá encarar AF: “el próximo presidente tendrá que hacer frente a vencimientos de deuda por 127.747 millones de dólares: U$S 35.483 millones en 2020, U$S 21.566 millones en 2021, U$S 34.201 en U$S 2022 y U$S 36.497 millones en 2023. Un aluvión imposible de pagar con la economía hundida en la recesión y la inflación en niveles récord”.

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A la saga de comparaciones internacionales de las cuales Argentina se podría valer para lidiar con “la pesada herencia” macrista, se agrega “la salida uruguaya”. Resumamos: la salida uruguaya contemplaba una renegociación sin quita, con prórroga de los plazos, un superávit fiscal primario de 3,2%, 3,3% y 4% en los tres primeros años. Hoy la Argentina tiene pronósticos de recesión para el 2020 y está en duda que pueda afrontar compromisos que Uruguay no postergó, como el pago de intereses, que ascenderían a los USD 10.000 en 2020, con reservas de libre disponibilidad que rondarian los USD 2.000. Solo entre diciembre y mayo, entre capital e intereses, el país debería afrontar deuda por USD 15.000.

A diferencia de Portugal, acá no hay reforma laboral aprobada. Hay una reforma jubilatoria que, sin embargo, no fue tan profunda como hubiesen querido que fuera, y eso por una enorme lucha de calles que en diciembre de 2017 empezó a ponerle un límite de clase a la aventura macrista. Queda, eso sí, “la gran obra de Cambiemos” (otra vez, Genoud): una desvalorización del salario real del 21,2%, que en términos individuales equivale a $286.000 de perdida por cada trabajador o trabajadora. Y casi el 55% de la capacidad industrial ociosa.

Esta fragilidad económica del país es la que hace naufragar a todas las comparaciones y ha llevado a planteos como el del economista Martín Guzmán, que sugiere que sin una tregua en los pagos de capital de por lo menos cinco años, Argentina no podría evitar el default. El propio Bercovich ha señalado que antes que buscar comparaciones internacionales habría que vernos en el espejo de nuestro 2003. Con una diferencia evidente: si hay aparato productivo ocioso y tipo de cambio “competitivo”, no hay boom de los commodities.

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Alberto Fernández sabe, ahora si, que no hay lugar para la quita con el FMI, y en la disyuntiva entre más ajuste, emisión o deuda, quizás esta última resulte la opción más viable. Si apostaba a negociar los plazos de pago de una deuda -reconocida por propios y extraños- como impagable, teniendo a Trump como intermediario, esta opción parece haber quedado trunca luego del comunicado del Departamento de Estado felicitando a los golpistas en Bolivia. Cínica forma de autoreconocimiento de autoría. Y sabe también que no hay pacto social -la viga maestra del futuro plan de gobierno- que aguante sin resolver el problema de la deuda. 

Lo dicho: el cuadro es catastrófico. Y de él se desprenden dos debates interesantes. A lo dicho sobre la salida “a la portuguesa”, cabría agregar algo que Noelia Barral Grigera intercambia con Alejandro Bercovich en una entrevista sobre el estreno del documental. “Lo que hay que hacer es, sin defaultearla, ser durísimos, para garantizar por primera vez una quita significativa y después sí un reperfilamiento” y para ello “tiene que tomar las características de una confrontación que, para ser efectiva, tiene que tener sí o sí un componente de movilización popular”. 

La movilización popular, la calle, aparece como factor de presión a poner sobre la mesa de la negociación; no como el recurso soberano de los pueblos para terminar con la subordinación al Fondo. Esta suerte de “instrumentalización” de la calle, no para salir sino para pagar, es por demás problemática. 

En un cuadro regional signado por enormes y decisivos conflictos, desde Ecuador y su rechazo a los planes del otrora correísta Lenin-Moreno y el FMI, pasando por la Nicaragua de Ortega; Chile y la rebelión contra los treinta años de humillaciones y desigualdades, y el golpe de Estado a Evo Morales en Bolivia, está claro que esta “instrumentalización” de la calle en los marcos de sostener los compromisos con el FMI ha quedado anacrónica. A la derecha parece ya no interesarle la “moderación”.

No se trata de quedarse en el espontaneismo. La calle también necesita ser representada. Y esa tarea es esencialmente polìtica. Si el Fondo es un instrumento de dominación política, el “brazo armado de las finanzas de Wall Street y del Tesoro de Estados Unidos”, es necesario pensar una política para romper con su tutela. Y este el debate que le quitará el sueño a millones en los próximos días.

Sobre el autor:

Ivan está a una presentación de tesis de ser formalmente sociólogo. Militante trotskista, buen cebador de mates, bajista esporádico y flamante ganador del concurso de notas de Desconexión. Un ser de bien.