¿POR QUÉ LAS PERSONAS RICAS SON TAN FORRAS?

Por Christopher Ryan | Traducción: Melina Perez y Piero Prolongo

*Texto publicado originalmente en WIRED.

En 2007, Gary Rivlin escribió en el New York Times un perfil de características sobre personas altamente exitosas de Silicon Valley. Una de esas personas, Hal Steger, vivía con su esposa en una mansión de un millón de dólares con vistas al océano Pacífico. Su patrimonio neto era de aproximadamente 3.5 millones de dólares. Asumiendo un rendimiento razonable del 5%, Steger y su esposa estaban en posición de retirar todo su dinero, invertir su capital y pasar el resto de sus vidas con un ingreso pasivo de alrededor 175.000 dólares por año después de un año glorioso. Sin embargo, Rivlin escribió: “La mayoría de las mañanas podemos encontrarlo (a Steger) en su escritorio a las 7am. Normalmente trabaja 12 horas por día y hace 10 horas adicionales durante el fin de semana”. Steger, con 51 años en ese momento, estaba al tanto de la ironía (más o menos): “Sé que las personas que miran desde afuera van a preguntar cómo alguien como yo puede seguir trabajando tanto”, le dijo a Rivlin. “Pero algunos millones no llegan tan lejos como solían hacerlo”.  

Steger se refería probablemente a los efectos corrosivos de la inflación en la moneda, pero parecía no estar al tanto de cómo la riqueza estaba afectando su propia psiquis. “Silicon Valley está lleno de quienes podríamos llamar clase trabajadora millonaria”, escribió Rivlin, “personas que trabajan incesantemente como el Sr. Steger, quienes, para su sorpresa, todavía trabajan tanto como antes aun cuando se encuentran entre los pocos afortunados. Pero muchos de los tan ambiciosos y realizados miembros de la élite digital siguen sin considerarse como particularmente afortunados, en parte porque están rodeados de gente con mayor riqueza –normalmente mucho mayor”. 

rich people 6Luego de entrevistar una muestra de ejecutivos para su trabajo, Rivlin llegó a la conclusión que “aquellos con algunos pocos millones de dólares, a menudo ven su riqueza acumulada como insignificante, como un reflejo de su modesto estatus en la nueva Edad Dorada, cuando cientos de miles de personas han acumulado fortunas mucho más vastas”. Gary Kremen fue otro deslumbrador ejemplo. Con un valor neto de alrededor de 10 millones de dólares como el fundador de Match.com, Kremen entendió la trampa en la que se encontraba: “Todos aquí miran a las personas que están por encima de ellos”, dijo. “No eres nadie aquí a los 10 millones de dólares”. Si no sos nadie con 10 millones, ¿cuánto cuesta ser alguien?

Ahora, pueden estar pensando: “Que se joda esa gente y los jets privados en los que andan”. Está bien. Pero la cosa es así: esa gente ya está jodida. En serio. Trabajaron hasta el hartazgo para llegar a donde están –y tienen acceso a mayor riqueza que el 99.999% de los seres humanos que alguna vez han vivido– pero aun así no están donde piensan que deben estar. Sin un cambio fundamental en la forma en que abordan sus vidas, nunca van a alcanzar sus –cada vez más alejadas– metas. Y si la inutilidad de su situación alguna vez les llega como un amanecer oscuro, es poco probable que reciban mucha simpatía por parte de sus amigos y familiares. 

¿Y si la mayoría de los ricos imbéciles se hacen, no nacen? ¿Y si la frialdad asociada normalmente a la clase alta –llamémosle el Síndrome del Cheto (SdC) (1)– no es el resultado de haber sido criados por un desfile de niñeras resentidas, demasiadas clases de navegación, o repetidas sobredosis de caviar, sino por la desilusión de ser afortunado, pero aún sentirse insatisfecho? Nos han dicho que los que tienen más juguetes ganan, que el dinero representa puntos en el marcador de la vida. Pero ¿qué pasa si esa cansada historia es sólo otra faceta de un engaño en el que todos estamos siendo estafados?

La palabra en español aislar significa a la vez “impermeabilizar, cubrir” y “alejar” –que es lo que hacemos cuando obtenemos más dinero. Compramos un auto para dejar de tomarnos el micro. Nos mudamos de un departamento con vecinos ruidosos a una casa detrás de un muro. Nos quedamos en hoteles caros y silenciosos en lugar de esas casas de huéspedes raras a las que solíamos ir. Usamos el dinero para cubrirnos del riesgo, del ruido, de los problemas. Pero cubrirnos de eso tiene el precio de alejarnos. Nuestra comodidad requiere que nos apartemos de encuentros fortuitos, música nueva, risas desconocidas, aire fresco y conversaciones aleatorias con extraños. Investigadores han concluido una y otra vez que el único predictor más fiable de felicidad es sentirse embebido en una comunidad. En la década de 1920, alrededor del 5 por ciento de los americanos vivía solo. Hoy, más de un cuarto lo hacen –el mayor número hasta ahora, según la Oficina de Censos. Mientras tanto, el uso de antidepresivos ha aumentado más de un 400% sólo en los últimos veinte años y el abuso de analgésicos es una epidemia creciente. La correlación no prueba la causalidad, pero esas tendencias están relacionadas. Tal vez es momento de hacer algunas preguntas impertinentes sobre aspiraciones anteriormente incuestionables como la comodidad, la riqueza y el poder. 

Estaba en India la primera vez que se me ocurrió que yo también era un rico imbécil. Había estado viajando unos meses, ignorando mendigos/as lo mejor que podía. Habiendo vivido en Nueva York, estaba acostumbrado a desviar mi atención de los adultos desesperados y los psicóticos, pero me estaba costando acostumbrarme a los grupos de niños que se juntaban al lado de mi mesa en los restaurantes, mirando con hambre la comida en mi plato. Eventualmente, un mozo venía y los sacaba, pero ellos corrían afuera y miraban desde la calle –esperando que saliera y llevara algunas sobras conmigo.  

En Nueva York, había desarrollado defensas psicológicas contra la desesperación que veía en las calles. Me decía a mí mismo que había servicios sociales para las personas sin casa, que sólo usarían mi dinero para comprarse drogas o alcohol, que probablemente estaban en esa situación por mérito propio. Pero nada de eso funcionaba con esos niños de la India. No había refugios esperando para recibirlos. Los vi dormir en la calle a la noche, acurrucados entre ellos para buscar calor, como cachorros. No iban a gastar mi dinero imprudentemente. Ni siquiera estaban pidiendo dinero. Sólo miraban mi comida como las criaturas hambrientas que eran. Y sus cuerpos demacrados eran la prueba brutalmente clara de que no estaban fingiendo su hambre. 

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Unas pocas veces compré una docena de samosas y se las di, pero la comida se iba en un instante, y me quedaba con un grupo mucho mayor de niños (a veces también adultos) rodeándome con sus manos, tocándome, buscando mis ojos, suplicando. Sabía los cálculos. Con lo que había gastado en el vuelo de ida desde Nueva York hasta Nueva Delhi, podría haber sacado algunas familias de la deuda que los mantendría por generaciones. Con lo que gasté en restaurantes el año anterior, podría haber puesto a algunos de esos niños en la escuela. Mierda, con lo que había presupuestado por un año de viaje en Asia, probablemente podría haber construido una escuela. 

Me gustaría poder decirles que hice alguna de esas cosas, pero no lo hice. En cambio, desarrollé la cicatriz psicológica necesaria para ignorar esa situación. Aprendí a dejar de pensar en cosas que podría haber hecho, pero que sabía que no las haría. Dejé de hacer expresiones faciales que sugirieran que tenía alguna capacidad de compasión. Aprendí a pisar cuerpos en la calle –muertos o durmiendo– sin mirar abajo. Aprendí a hacer estas cosas porque tenía que hacerlo –o al menos eso me decía. Manual del SdC. 

Una investigación llevada a cabo en la Universidad de Toronto por Stéphane Côté y colegas, confirma que los ricos son menos generosos que los pobres, pero sus hallazgos sugieren que es más complicado que el mero hecho de que la riqueza hace a la gente tacaña. Más bien es la distancia creada por las diferencias de riqueza lo que parece romper con el flujo natural de la amabilidad humana. Côté halló que “los individuos de altos ingresos son sólo menos generosos cuando residen en un área altamente desigual o cuando la desigualdad es retratada experimentalmente como relativamente alta”. Las personas ricas eran igual de generosas que cualquier otra persona cuando la desigualdad era baja. Que los ricos sean menos generosos cuando la desigualdad es extrema, es un hallazgo que desafía la idea de que los individuos de altos ingresos son simplemente más egoístas. Si la persona que necesita ayuda no se ve tan diferente de nosotros, probablemente la ayudemos. Pero si parecen muy alejadas (económicamente, culturalmente) es menos probable que le demos una mano. 

La distancia social que separa a ricos y pobres, como muchas otras distancias que nos separan, sólo entró a la experiencia humana luego del advenimiento de la agricultura y las civilizaciones jerarquizadas que le siguieron, razón por la cual es tan difícil, psicológicamente, torcer el alma en una forma que te permita ignorar niños hambrientos parados lo suficientemente cerca como para oler tu plato de curry. Tenés que callar la voz interior que pide justicia y equidad. Pero callamos esa vieja e insistente voz con un gran costo para nuestro propio bienestar psicológico. 

Un amigo adinerado me dijo recientemente “te hacés exitoso por decir que sí, pero necesitás decir mucho que no para mantenerte exitoso”. Si sos percibido como alguien más rico que los que te rodean, tenés que decir que “no” seguido. Continuamente vas a estar perseguido por pedidos, ofertas, discursos y súplicas –ya sea que estés en un Starbucks, en Silicon Valley o en las calles escondidas de Calcutta. Rechazar pedidos sinceros de ayuda no es algo natural para nuestra especie. Neurocientíficos como Jorge Moll, Jordan Grafman y Frank Krueger, del Instituto Nacional de Desórdenes Neurológicos y Accidentes Cardiovasculares, usaron una máquina de resonancias magnéticas para demostrar que el altruismo está profundamente internalizado en la naturaleza humana. Su trabajo sugiere que la profunda satisfacción que la mayoría de las personas derivan de un comportamiento altruista no se debe al condicionamiento de una cultura benevolente, sino de la arquitectura evolucionada del cerebro humano. 

Cuando los voluntarios del estudio ponían los intereses de otros por sobre los suyos, una parte primitiva del cerebro, normalmente asociada con la comida o el sexo, se activaba. Cuando los investigadores midieron el tono vagal (un indicador de sentirse seguros y calmos) en 74 preescolares, encontraron que los niños que habían donado fichas para ayudar a niños enfermos tenían mejores resultados que los que se quedaban todas las fichas para ellos mismos. Jonas Miller, el investigador principal, dijo que los resultados sugerían que “tal vez estamos conducidos desde una temprana edad a derivar un sentido de seguridad en proveer cuidado a otros”. Pero Miller y sus colegas también encontraron que cualquier predisposición innata que nuestra especie tenga en relación a la caridad, está influenciada por cuestiones sociales. Niños de familias más ricas compartían menos fichas que aquellos de familias menos acomodadas. 

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Los psicólogos Dacher Keltner y Paul Piff monitorearon intersecciones con carteles de “pare” de cuatro sentidos y encontraron que las personas en autos caros tenían cuatro veces más probabilidades de adelantarse a otros conductores comparado con el resto de las personas en autos más modestos. Cuando los investigadores se pararon como peatones esperando a cruzar la calle, todos los conductores de autos baratos respetaron su derecho al paso, mientras que aquellos en vehículos caros siguieron de largo el 42.6 por ciento de las veces, incluso cuando habían hecho contacto visual con los peatones que esperaban para cruzar. Otros estudios del mismo equipo mostraron que sujetos más adinerados tenían más probabilidades de hacer trampa en una variedad de tareas y juegos. Por ejemplo, Keltner reportó que los sujetos con más dinero tenían muchas más probabilidades de reclamar que habían ganado un juego de computadora –incluso cuando el juego estaba hecho para que ganar fuera imposible. Los individuos adinerados tenían más posibilidades de mentir en negociaciones y perdonar comportamiento poco ético en el trabajo, como mentir a los clientes para obtener más plata. Cuando Keltner y Piff dejaron un frasco de caramelos en la entrada de su laboratorio con un cartel que decía que todo lo que quedara del frasco iba a ser dado a niños de una escuela cercana, encontraron que las personas con más dinero robaban más caramelos. 

Investigadores del Instituto Estatal de Psiquiatría de Nueva York encuestaron a 43.000 personas y encontraron que los ricos tenían más probabilidades de salir de un negocio con mercadería por la cual no habían pagado que las personas más pobres. Resultados como éste (y el comportamiento de los conductores en las intersecciones) pueden reflejar el hecho de que las personas adineradas se preocupan menos por potenciales repercusiones legales. Si sabés que podés pagarte una fianza y un buen abogado, pasar por un semáforo en rojo de vez en cuando o robar un chocolate puede parecer poco riesgoso. Pero el egoísmo es más profundo que eso. Una coalición de organizaciones sin fines de lucro llamada Sector Independiente encontró que, en promedio, personas con ingresos por debajo de 25.000 dólares al año comúnmente donaba un poco más del 4 % de sus ingresos, mientras que aquellos que ganaban más de 150.000 dólares, donaban sólo el 2.7 % (a pesar de los beneficios fiscales que los ricos pueden obtener al donar caritativamente, los cuales son inaccesibles para alguien que gana mucho menos).

Hay razones para creer que la ceguera ante el sufrimiento de los otros es una adaptación psicológica a la incomodidad generada por disparidades de riqueza extremas. Michael K. Kraus y sus colegas encontraron que las personas de estatus socioeconómico más alto eran en realidad menos capaces de leer emociones en el rostro de otras personas. No era que les importaba menos lo que esas caras estaban comunicando; simplemente eran ciegos a las señales. También Keely Muscatell, un neurocientífico de la UCLA, dio cuenta que los cerebros de las personas adineradas mostraban mucha menos actividad que los cerebros de las personas pobres cuando miraban fotos de chicos con cáncer. 

Libros como Snakes in Suits: When Psychopaths Go to Work y The Psychopath Test discuten que muchos rasgos característicos de los psicópatas son celebrados en los negocios: la crueldad, la (conveniente) ausencia de conciencia social, la concentración absoluta en el éxito. Pero, aunque los psicópatas puedan ser idealmente adecuados para algunas de las profesiones más lucrativas, lo que estoy discutiendo es algo diferente. No es sólo que las personas crueles tienen más probabilidades de convertirse en ricas. Lo que estoy diciendo es que ser rico tiende a corroer cualquier corazón. Lo que sugiero, en otras palabras, es que es probable que los sujetos adinerados del estudio de Muscatell aprendieron a ser menos inestables ante las fotos de niños enfermos por la experiencia de ser ricos –tanto como yo aprendí a ignorar a los niños hambrientos en Rajastan para poder continuar mis vacaciones con comodidad. 

En un ensayo llamado “La riqueza extrema es malo para todos –sobre todo para los ricos”, Michael Lewis observó: “empieza a parecer que el problema no es que el tipo de persona que termina estando del lado placentero de la desigualdad sufre de un tipo de discapacidad moral que le da ventaja en el mercado. La causa del problema es la desigualdad misma: dispara una reacción química entre los pocos privilegiados. Inclina sus cerebros, hace que sea menos probable que se preocupen por alguien más que por ellos mismos o que experimenten los sentimientos morales necesarios para ser ciudadanos decentes”. 

En última instancia, la baja empatía es auto destructiva. Conlleva al aislamiento social, fuertemente asociado con un crecimiento agudo de riesgos de salud como los accidentes cardiovasculares, enfermedades del corazón, depresión y demencia. 

En uno de mis estudios favoritos, Keltner y Piff decidieron arreglar un juego de Monopoly. Los psicólogos lo ajustaron para que un jugador tuviera ventajas enormes sobre el otro desde el principio. Hicieron el estudio con más de cien pares de sujetos, todos ellos fueron llevados al laboratorio y, una vez allí, se tiraba una moneda para determinar quién sería “rico” y “pobre” en el juego. El jugador elegido aleatoriamente como “rico” empezaba con el doble de dinero, ganaba el doble cada vez que daba toda la vuelta al tablero y tiraba dos dados en lugar de uno. Ninguna de estas ventajas era ocultada a los jugadores. Ambos estaban al tanto de cuán injusta era la situación. Aún así, los “ganadores” mostraban síntomas indicadores del Síndrome del Cheto. Eran mucho más probables de mostrar un comportamiento dominante como golpear el tablero con sus piezas, celebrar a todas voces sus habilidades superiores, incluso comer más pretzels de un plato que se encontraba cerca. 

Después de 15 minutos, los investigadores pidieron a los sujetos que comentaran la experiencia de jugar el juego. Cuando los jugadores ricos hablaban de porqué habían ganado, se concentraban en sus brillantes estrategias en lugar de hablar del hecho de que todo el juego estaba arreglado para que fuera casi imposible que perdieran. “Lo que hemos ido encontrando a través de docenas de estudios y cientos de participantes de todo el país” dijo Piff, “es que a medida que los niveles de riqueza de una persona aumentan, sus sentidos de compasión y empatía bajan, y sus sentimientos de propiedad, merecimiento, y su ideología de interés propio, aumentan”. 

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Por supuesto, hay excepciones a estas tendencias. Muchas personas adineradas tienen la sabiduría de navegar las difíciles corrientes que genera su buena fortuna sin sucumbir al SdC –pero ese tipo de personas es raro y generalmente tienen orígenes humildes. Tal vez, entender los efectos debilitantes de la riqueza explica por qué algunas de las personas que han creado grandes fortunas prometen no pasarlas a sus hijos. Muchos billonarios, incluyendo Chuck Feeney, Bill Gates y Warren Buffett han jurado donar todo o casi todo su dinero antes de morir. Buffett ha dicho célebremente que pretende dejar a sus hijos “lo suficiente para hacer cualquier cosa, pero no lo suficiente para no hacer nada”. De acuerdo con un artículo en CNBC.com, Craig Wolfe, el dueño de CelebriDucks, la fábrica más grande de patos de goma coleccionables personalizados, pretende dejar los millones que ha hecho a la caridad, lo cual es poco creíble –pero no tan increíble como el hecho de que alguien hizo millones de dólares vendiendo patos de goma coleccionables.

¿Conocés a alguien que sufra de SdC? Tal vez exista ayuda para ellos. El investigador de la UC de Berkeley, Robb Willer, y su equipo, condujeron estudios en los cuales se les daba efectivo a los participantes y se les pedía jugar juegos de diferentes complejidades que beneficiarían “el bien común”. 

Los participantes que mostraron ser los más generosos se beneficiaron de un mayor respeto y cooperación por parte de sus pares y tuvieron más influencia social. “Los resultados sugieren que cualquier persona que actúe bajo su mezquino interés propio serán evitados/as, poco respetados/as, incluso odiados/as” dijo Willer. “En cambio aquellos que se comportan generosamente con otros son tratados con alta estima por sus pares y, por lo tanto, elevan su estatus”. Keltner y Piff han visto lo mismo: “hemos ido encontrando en nuestra propia investigación de laboratorio que pequeñas intervenciones psicológicas, pequeños cambios en los valores de las personas, pequeños empujones en algunas direcciones pueden restaurar los niveles de igualitarismo y empatía” dijo Piff. “Por ejemplo, recordar a las personas los beneficios de la cooperación o las ventajas de la comunidad, produce que las personas adineradas sean tan igualitarias como las pobres”. En un estudio, mostraron a los sujetos un video corto –sólo 46 segundos de duración– sobre la pobreza en la niñez. Después, verificaron la disposición de los sujetos para ayudar a un extraño que se les presentó en el laboratorio y parecía estar angustiado. Una hora después de ver el video, las personas ricas estaban tan dispuestas a dar una mano como los sujetos pobres. Piff cree que estos resultados sugieren que estas diferencias “no son innatas o categóricas, sino que son alterables ante ligeros cambios en los valores de las personas y pequeñas dosis de compasión y empatía”.

Los resultados de Piff siguen la línea de las lecciones que nos han transmitido cientos de generaciones de ancestros, cuya supervivencia dependía del desarrollo de redes sociales de ayuda mutua. El egoísmo, entendían, lleva sólo a la muerte: primero social y, en última instancia, biológica. Mientras que los neo-Hobbesianos luchan por explicar cómo puede existir el altruismo humano, otros científicos discuten la premisa preguntando si existe alguna utilidad funcional en el egoísmo. “Teniendo en cuenta cuánto se gana a través de la generosidad”, dice Robb Miller, “los científicos sociales se preguntan cada vez menos por qué las personas son generosas y más por qué son egoístas”. 

Décadas de mensajes como “la codicia es buena” han intentado eliminar el sentido de vergüenza que genera ser beneficiario de los desmedidos extremos de la desigualdad de la riqueza. Aun así, la vergüenza persiste, porque el mensaje va en contra de uno de los valores innatos más profundos de nuestra especie. Las instituciones que buscan justificar un sistema económico fundamentalmente antihumano constantemente reproducen el mensaje de que ganar el “juego del dinero” traerá satisfacción y felicidad. Pero tenemos alrededor de 300.000 años de experiencia ancestral que nos dice que eso no es tan así. El egoísmo puede ser esencial para la civilización, pero eso sólo plantea la pregunta de si una civilización tan fuera de sintonía con el desarrollo de nuestra naturaleza tiene sentido para los seres humanos que se encuentran dentro de ella. 

Extracto de Civilized to Death: The Price of Progress, por Christopher Ryan.

Nota:

  1. La expresión original es “Rich Asshole Syndrome”. Rodrigo Quiroga lo tradujo como el “Sìndrome del Cheto Forro”. Para nosotrxs la palabra “cheto” ya tiene un carácter peyorativo así que preferimos llamarlo simplemente “Síndrome del Cheto”.

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Sobre el autor:

Honestamente no teníamos ni idea quién era Christopher Ryan hasta que dimos con su nota. La internet dice que es Doctor en Psicología y autor de Sex at Dawn: The Prehistoric Origins of Modern Sexuality (en coautoría junto a Cacilda Jethá) y de Civilized to Death: The Price of Progress. Para conocer más pueden visitar su página web.

Sobre les traductores:

Meli y Piero son nuestra vía de acceso al mundo angloparlante. En esta primera traducción original para Desconexión hicieron equipo porque el texto era largo. Repartirán los agradecimientos o, en todo caso, las culpas.

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