LA ERA DE LA DESIGUALDAD

Por Agu González GP

El auge del neoliberalismo

Durante la década del ‘70 operaron profundas transformaciones a nivel mundial respecto de las formas de acumulación del capital o, en criollo, de las formas en las que se generaba la riqueza y cómo era distribuida. Ello trajo consigo necesariamente una modificación de la estructura y orientación de los Estados nacionales.

Contextualicemos: durante los ‘70 el acuerdo social de la posguerra, representado por los Estados de Bienestar, comenzó una crisis terminal. El marco internacional de la Guerra fría, había posibilitado la concesión de determinadas garantías sociales y económicas como “barrera de contención” de la amenaza comunista. 

La decadencia de los Estados de Bienestar aparecía acompañada de un creciente descontento social que se expresaba en demandas ciudadanas de democratización y movilización: la oposición a la Guerra de Vietnam en EEUU, el Mayo Francés, las reivindicaciones de la comunidad negra, el impulso descolonizador en los países del tercer mundo y los levantamientos guerrilleros en América Latina. Lo paradójico del momento consistía en la uniformidad del diagnóstico: las corrientes intelectuales y políticas de izquierda y derecha visualizaban el descontento global de las mayorías con el tipo de instituciones representativas de las democracias burguesas. Las diferencias, sin embargo, sucedieron a la hora de dar salida a dicha crisis de legitimidad. 

Frente a las críticas profundas de la izquierda enraizadas en las estructuras mismas del régimen de acumulación, la corriente (neo)liberal, que buscaba generar las condiciones para el desarrollo del capital en la etapa que se abría, se propuso encauzar el descontento social encontrando en el Estado Social su chivo expiatorio. De esta manera, con la técnica del Aikido, la tradición conservadora utilizó la fuerza del enemigo (el descontento social con el sistema) para golpear al Estado de Bienestar que atravesaba dificultades. Se logró así instalar que el problema del que derivaba el descontento tenía que ver con la “sobrecarga” de Estados a los que se les exigía demasiado y por ello estaban “sobrepasados” y se tornaban toscos e ineficientes para garantizar el bienestar. Sounds familiar?

Thatcher

La disparidad entre las exigencias populares y la capacidad estatal para satisfacerlas sólo podía resolverse de dos maneras: reduciendo las expectativas sociales o aumentando la capacidad de realización del Estado. Fue así como la derecha apeló al positivismo tecnocrático presente en el sentido común del siglo XX para postular una salida ligada a un crecimiento económico sin horizontes, de la mano de una ciencia que ya había creado la bomba nuclear y parecía no encontrar límites en su capacidad innovadora.

Esa reorientación ideológica y política del orden conservador, guardaba como objetivo central “regresar al modelo capitalista perdido en algún momento del siglo XX” y “re-esencializar el poder” (1), es decir, “divinificar” (permítame la flexibilidad gramatical, RAE) nuevamente al poder, ahora solo factible de estar en manos de gente “capaz”: técnicos y empresarios garantes del crecimiento económico. El Dios de la Edad Media sería ahora la acumulación del Capital y sus representantes la nobleza tecnocrática. Las bases fundamentales para el triunfo cultural conservador resumiría su propuesta política en:

  1. Menor participación popular en política. 
  2. Primacía de lo individual sobre lo colectivo.
  3. Sustitución del Estado por el Mercado (en base a una pretendida mayor eficiencia innata). 
  4. Y una preponderancia de lo técnico sobre lo político.

En suma, un reemplazo del Management sobre la Democracia (señor, señora, señore, cualquier parecido con la realidad no es más que una mera coincidencia). A la transformación social, entonces, se le opondría este esquema básico y sencillo orientado a la “resolución de los problemas de las democracias” identificando al culpable de todos los males: un Estado Social desbordado por sus concesiones, al que había que desembarazar de la participación ciudadana y liberar de sus funciones redistributivas, pues claro, ¡solo generaban ineficiencia!

Sobre la desigualdá y lo número

En las transformaciones ocurridas durante las últimas cuatro décadas, operaron cambios políticos para asegurar un nuevo tipo de acumulación del capital que trajo necesariamente resultados sobre la desigualdad entre las personas. Una desigualdad que busca presentarse muchas veces como “a-histórica” o basada en la poco parcial categoría de “meritocracia”. Pero, como todo, tiene sus raíces históricas. Y ¡Oh, Casualidad! la desigualdad entre las personas en las últimas décadas, ha ido en aumento.

Según el Informe sobre la Desigualdad Global 2018 publicado por el World Inequality Lab: “el 1% con mayores ingresos a escala global, recibió el doble de ingresos que el 50% más pobre”. El informe, por su parte, advierte que en caso de no ser debidamente monitoreado y enfrentado el incremento de la desigualdad “puede llevar a todo tipo de catástrofes políticas, económicas y sociales”.

La desigualdad ha aumentado en los últimos años en prácticamente todas las regiones del planeta, aunque a diferentes ritmos. Ello nos lleva a pensar dos cosas: por un lado, existen determinaciones globales o “del sistema” que marcan tendencias a nivel mundial; pero, a la vez, los Estados Nacionales cuentan con instrumentos para influir sobre la distribución de la riqueza. Por ejemplo, la estructura tributaria (una de las mejores herramientas con que cuentan los Estados para redistribuir riquezas) en América Latina está compuesta por impuestos indirectos (se cobran indiscriminadamente sin importar tus ingresos) en un 60% frente a un 40% de directos, que permiten ser orientados hacia los sectores más ricos y no, por ejemplo, gravar el consumo que representa un porcentaje superior del gasto para los sectores más pobres. 

Esta estructura tributaria, se da a la inversa en países de la OCDE. Esto se reafirma cuando vemos que el Índice de Gini baja 2 puntos porcentuales en América Latina luego de impuestos, mientras que en la Unión Europea lo hace en 12. Otro dato que enseña significativas diferencias regionales es el que demuestra que la carga tributaria efectiva sobre la renta del decil 10 (el 10% de mayores ingresos de una población) es del 4,8% en AL, mientras que en la UE es de 21,3% (2). O sea, en nuestra región cobramos menos del 5% de impuestos a los más ricos, mientras que en Europa donde existen “países serios” y donde “cada uno se gana lo que tiene LA-BU-RAN-DO” se cobra más del 21% al 10% más rico de la población, para generar sociedades más igualitarias, con el sinfín de beneficios que ello trae para la “salud” general de una sociedad.

CEPAL ratifica un aumento de la desigualdad de ingresos desde 1980, marcando el fin del régimen (un poco más) igualitario de la posguerra. El siguiente gráfico extraído del Informe referenciado muestra este incremento de la desigualdad y la abrumadora diferencia en la percepción de ingresos entre los diferentes percentiles llevándose el 1% más rico el 27% de la riqueza producida entre 1980-2016, siendo que el 50% de menores ingresos, la mitad de la población global, percibió tan sólo el 13%. 

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Cuadro extraído del Informe referenciado del WID.

Como a mí siempre me costaron los números y no me gustan tanto las manzanas, vamos con empanadas. Entre 1980 y 2016 se fabricaron 100 empanadas, de las 100 personas que vivieron en el mundo, la más rica se comió 27, mientras que las 50 personas más pobres se dividieron 13 empanadas (y encima no en partes iguales). Aclaración importante: las 50 personas más pobres, no comieron menos empanadas por ser celíacas ni nada por el estilo.

Hay otro indicador muy relevante que trae a la luz el informe y es el que habla de la riqueza nacional (suma de riqueza pública más privada). Mientras que la misma ha crecido desde 1980, la riqueza pública se ha hecho negativa o cercana a cero en los países más ricos. Es decir, hay cada vez países más ricos, pero gobiernos más pobres. Esto provoca una menor capacidad de los gobiernos para regular la economía y combatir el incremento de la desigualdad, lo que no es otra cosa que asegurar las condiciones de vida de la población y garantizar la cohesión social.

En suma, la riqueza global ha ido en aumento durante las últimas décadas, lo que significa que los avances científicos y tecnológicos, en conjunto con el trabajo, han contribuido a aumentar la cantidad de “docenas de empanadas” que componen la riqueza global, pero la cantidad de empanadas que consumen las mayorías es cada vez menor.

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Cuadro extraído del Informe referenciado del WID.

Si estos datos aún no nos asustan, según el Reporte 2018 de Oxfam sobre desigualdad, durante 2017 el 1% más rico ganó el 82% de la riqueza generada ese año y 42 personas poseen más riquezas que la mitad de la población mundial (3.800 millones de personas) (3). Se me acabó la harina para pasarlo a empanadas, pero en pocas palabras, es un montón.

Pero, entonces, ¿qué ocurre con la desigualdad?

Resumiendo un poco: desde la década del ‘70 con la crisis del Estado de Bienestar, los sectores más poderosos del planeta lograron orientar un descontento generalizado con el “sistema” (o el Estado Social) hacia un nuevo modelo de acumulación de capital con un Estado hecho “a la medida” de las necesidades de las grandes empresas en la etapa de globalización. El resultado de ello ha sido un aumento de la desigualdad global entre las personas, el empobrecimiento de los Estados Nacionales en un período en el que el mundo se ha hecho más rico y un deterioro generalizado de los vínculos sociales entre las personas, en favor de una individualización creciente de las relaciones humanas.

Algún tiempo atrás leí una interesante pregunta a Zizek acerca de la emergencia del fundamentalismo en los últimos años en diferentes regiones del planeta, hoy representado centralmente por los “populismos de derecha”. El esloveno respondió: “La respuesta es simplemente la dinámica del capitalismo, con esa carencia de formas de identidad colectiva. Es obvio: la destrucción de comunidades tradicionales o democráticas tiene que ver con las maneras de este nuevo capitalismo tardío después del ‘68, el capitalismo individual. El fundamentalismo es la reacción (…)” (4).

Trump y Bolsonaro

Son numerosos los estudios recientes abocados a las consecuencias sociales del incremento de la desigualdad que hablan de sociedades más sanas y felices, a medida que la desigualdad hacia su interior se reduce. En este interesante paper de Schteingart y Trombetta , los autores analizan los vínculos entre desarrollo y bienestar subjetivo, para observar que uno de los aspectos centrales en la “felicidad”, tiene que ver con la participación individual en asociaciones intermedias o grupos sociales como parejas, familia, amigxs, vecinxs, colectivos políticos o religiosos, es decir, la relación cotidiana con otras personas en lugar de una individualización absoluta de nuestro día a día. En palabras de los autores, a mayor temperatura del lazo social y libertades democráticas, mayor bienestar subjetivo.

En una nota de Chris Ryan traducida y replicada por esta revista, se analizan algunas de estas consecuencias de la desigualdad entre personas. Por ejemplo, mientras que en 1920 el 5% de lxs estadounidenses vivían solxs, hoy más de un 25% lo hacen, y en los últimos 20 años el uso de antidepresivos aumentó en un 400%. Otro dato interesante tiene que ver con que la gente rica tiende a ser menos generosa que quienes son pobres. Pero es más complejo que simplemente asociar dinero con egoísmo, más bien es la distancia creada por las diferencias de riqueza la que determina dicho egoísmo. Una persona rica, parece comportarse de manera egoísta si la desigualdad de su entorno o donde vive es alta, mientras que los lazos de solidaridad son mayores allí donde quien necesita ayuda es percibidx como un par, alguien no tan diferente a nosotrxs. Esta “ceguera” al sufrimiento ajeno pareciera tomar la forma de una adaptación psicológica a la disconformidad causada por las grandes brechas de desigualdad aunque, señala uno de los especialistas citados en la nota, estas diferencias no son innatas sino maleables a los cambios en los valores de las personas.

En síntesis, a la par que asistimos a significativos avances científico-tecnológicos y el mundo entero parece encontrarse en el punto más rico de su historia, los niveles de desigualdad entre lxs ciudadanxs continúan en aumento en medio de las tendencias a una individuación creciente de la sociabilidad contemporánea. Los últimos meses hemos asistido a un ciclo de protestas inédito en casi la totalidad de los países sudamericanos,  y algunos europeos y asiáticos. Algunos autores sostienen que hoy, más que nunca, se trata de invertir la tesis 11 de Marx, y pararse a pensar con atención a qué realidad nos estamos enfrentando y qué es efectivamente lo que aparece cuestionado: ¿está el capitalismo en crisis o, por el contrario, se encuentra en su mejor momento en muchas décadas y lo que está en crisis son los diagnósticos del presente, los vínculos entre las personas y las alternativas al vigente modelo?

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El ciclo de protestas recientes da cuenta de un descontento social en gran medida asociado a la desigualdad y al desfasaje entre las expectativas de bienestar de lxs ciudadanxs y las “respuestas” del Estado a ello. El optimismo de algunos sectores progresistas con este reciente “despertar” social debe tener en cuenta que con la crisis del Estado de Bienestar, el descontento social, en gran medida desde críticas de izquierda, fue capitalizado por un orden conservador que ha logrado imponer este “imparable” neoliberalismo. El auge de los autoritarismos de derecha a nivel mundial debe ser la principal alarma para que, frente a un nuevo descontento global, la victoria no sea siempre de lxs mismxs.

Referencias:

  1. “El programa de máximos del neoliberalismo: el Informe a la Trilateral de 19751” Juan Carlos Monedero, 2012.
  2. Datos extraídos de “La situación fiscal: evolución de las finanzas públicas de América Latina y el Caribe en 2018” de CEPAL.
  3. En este enlace se puede consultar el informe de Oxfam.
  4. A chequearlo a la chequeadoría! (No, mentira, extraído de algún post viejo de la página tributo de facebook a Zizek: “So on in spanish”