LOS USOS DE LA DEMOCRACIA

Por Javier Frias

Alberto recita La cigarra, toca Blackbird, pasea a Dylan, tweetea. Foto con empresarios, con gobernadores, con Duhalde, con Brian, con Estela. Alberto maneja su auto hasta al Congreso, asiste a Michetti, se abraza con Macri. Alberto lee, se traba, estiliza: “comenzar por los últimos para llegar a todos”. Alberto menciona a Sarmiento y Alberdi. Describe la herencia y propone los pilares de su gobierno: reactivación económica, lucha contra el hambre, salud, educación, derechos de las mujeres, reforma de la justicia, derribar los muros del odio y el rencor. Recuerda a Néstor Kirchner, a Esteban Righi, a Raúl Alfonsín. Alberto tomando examen en la universidad pública. Alberto sacándose selfies en lugares.

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En esa acumulación performativa del nuevo presidente hay una mirada algo desprejuiciada del ejercicio del poder. Un costado profano de la representación que, en cierto sentido y aun con sus vicios, supo leer Durán Barba. La política son los grandes temas nacionales, sí; pero también es la gestualidad, los tonos, las palabras que se usan, lo que se dice y lo que no se dice, la entrega del cuerpo, la escucha, las imágenes, los símbolos, los reconocimientos. Hacer política es hacerse querer, decía alguien por ahí. Alberto Fernández juega en ese terreno para construir un estilo propio porque sabe que en su margen de maniobra reside el plus de legitimidad que necesita el Frente de Todos para gestionar la crisis. 

“Volver mejores” como un lema en acto. “Cuatro años escuchamos que no volvíamos más, pero este año volvimos y vamos a ser mejores”. La conjugación verbal no es azarosa, es como si Alberto dijera: volver, ya volvimos; ahora hay que trabajar para demostrar que hemos vuelto mejores. Y por eso su discurso en el Congreso ensaya una visión más agonista del conflicto, incorporando clivajes liberal-progresistas y tendiendo puentes hacia tradiciones políticas ajenas al peronismo. Si la campaña de Alberto empezaba donde terminaba la del kirchnerismo, sus primeros compromisos de gestión intentan retomar el empuje inclusivo del ciclo 2003-2015 pero transitando y revisando sus puntos ciegos en cuanto a orden institucional, ética pública y convivencia democrática.   

El pragmatismo post-grieta

Hace unos días Fernando Rosso subrayó con agudeza la paradoja de que “Macri llegó con un fuerte mandado de ‘regeneración institucional’ y destruyó la economía, mientras que Alberto Fernández llega con un fuerte mandato económico y su agenda inaugural fue de ‘regeneración institucional’”. Se nos ocurren dos lecturas posibles para entender el porqué de esta particularidad.

La primera hipótesis tiene que ver con aquello que García Linera e Íñigo Errejón supieron reclamarle a Ernesto Laclau en su momento: la pregunta por las condiciones de posibilidad del antagonismo. La política no es un terreno libre de determinaciones; la eficacia de un discurso nunca depende de sí mismo ni existe al margen de un conjunto de dinámicas sociales en las que las articulaciones discursivas adquieren sentido. 

En principio, esto es lo que podría estar leyendo el nuevo gobierno en su apuesta persuasiva. Como señaló Ivan Staller, no existe hoy demasiado margen para reeditar las condiciones excepcionales de 2003, sobre todo porque el capitalismo de esta década no es aquel del boom de los commodities sino uno de escasez. Las tensiones distributivas que subyacen a esa ralentización económica exigen una política sin exclusiones. No es que la grieta falle porque no existen condiciones sociales que la expliquen; el problema es su eficacia para representar el conflicto en el contexto de una torta sensiblemente más chica para repartir. El anuncio de Cristina del 18 de mayo estaba atravesado por esa inquietud; la convocatoria fue, desde sus inicios, reunir para ganar, ampliar para gobernar. 

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Así, la política de consensos del Frente de Todos operaría, en un doble sentido, como garante de los acuerdos económico-sociales por abajo y como legitimadora del proceso por arriba. La idea parece ser construir una agenda progresista y de renovación institucional en el marco de una economía que impone limitaciones. Rosca y ampliación de derechos son las llaves para construirle viabilidad política a la salida de la crisis. En un contexto de fragilidad regional, el peronismo parece tener su propia utopía en el horizonte: ordenar el caos sin dejar a nadie afuera.

Una segunda hipótesis complementaria es que en el Frente de Todos se intenta leer la derrota de Mauricio Macri no sólo en términos del fracaso económico sino también del deterioro político-institucional. La identidad cambiemita nunca descansó sobre una ética del consumo popular, a la que en general asocian con el derroche, sino sobre el ambicioso proyecto de transformar de raíz la cultura política argentina. En ese sentido, aun cuando la performance económica resalte por sus inocultables resultados, aquello no sería capaz de horadar tanto el ADN macrista como las dificultades que encontró Cambiemos para mostrar un diferencial de transparencia y de respeto al Estado de derecho que lo distinguiera de su propio enemigo construido, a saber, el “autoritarismo peronista”. 

Cooptación de la justicia, conflictos de interés, decretos violatorios de la división de poderes, continuidad del aparato de inteligencia, legitimación pública de la violencia institucional, ausencia de voces críticas en los medios, reparto discrecional de la pauta y construcción de una narrativa excluyente del adversario en los términos “honestos vs. corruptos” o, según el hit lilitista, “la república soy yo”, son ejemplos de una larga lista de abusos que hacen que Macri, a lo sumo, pueda jactarse de ser tan desprolijo como los demás.

Por fuera de la imposible épica del “primer gobierno no-peronista que termina su mandato”, la agenda renovadora del macrismo quedó ciertamente reducida a algunos cambios de estilo y a la profesionalización de las técnicas de marketing político. Si existió en el PRO la aspiración de ser una “derecha moderna”, como planteó en su momento José Natanson, aquel proyecto se fue diluyendo hasta terminar con un Macri entregado a un liderazgo carismático ultra-personalista a la vieja usanza. Un registro que, por otro lado, lo acerca al resto de las experiencias de derecha que en la región y en el mundo vienen exhibiendo escasos compromisos por construir institucionalidad y reconocer al otro como adversario legítimo. 

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Aun cuando dicha caracterización sea objeto de disputa, desde el Frente de Todos ven en el derrotero institucional del macrismo un terreno disponible para apropiarse de la defensa de la democracia. La ventaja sustancial del gobierno entrante es que, a diferencia de Cambiemos, no pretende asumir una tarea refundacional. En ese sentido, lejos de verse como una excepción histórica, Alberto se piensa como un heredero del camino que inaugura Raúl Alfonsín. El reconocimiento de ese legado y la reivindicación de una tradición de derechos que en nuestro país antecede en mucho a 1983, le permiten al nuevo presidente arrebatarle a la pos-política la bandera del “cierre” de la grieta desde una narrativa menos naif: ya no se trata de “unir de los argentinos” en abstracto, sino de convivir en la diferencia asumiendo la pobreza y la desigualdad como deudas centrales de nuestra, ya no tan joven, democracia.

Una que no nos sepamos todxs

Está claro que buena parte de la expectativa que pueda desplegar el Frente de Todos en sectores amplios de la sociedad argentina está en función de su capacidad de reflujo, esto es, en su posibilidad de mostrar una foto distinta a la de diciembre de 2015, con nuevas adhesiones, nuevos símbolos y nuevos compromisos. Probablemente en ese trabajo de “construcción de novedad” Alberto Fernández se topa con dos limitaciones.

Una de ellas tiene que ver con su legitimidad de origen. Es evidente que en la plaza del 10 de diciembre hay dos memorias diferentes; una más larga que es la de los agradecidos y agradecidas de la experiencia kirchnerista, y otra más corta que es la de los críticos de la gestión de Mauricio Macri. Alberto debe lealtad a un pueblo que no es (nunca lo es) enteramente propio. Como explicó Laclau, todo lo que amplía el Frente de Todos puede tender a difuminar los lazos con esa base social y debilitar la fuente de sustentación de su poder, por lo que la complementariedad de los liderazgos al interior del espacio se vuelve crucial.

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En segundo lugar, y más importante aún, el gobierno entrante deberá lidiar con sectores opositores dispuestos a hacer política como si en estos cuatro años no hubiera pasado nada. El gran legado político del macrismo es haberle dado identidad y organización a una porción importante de la sociedad argentina. Cambiemos construyó las bases de lo que podríamos llamar una “solidaridad antikirchnerista”. Al igual que Macri, el Frente de Todos se enfrenta desde el día cero de gestión a una oposición consolidada que acaba de confirmar sus peores prejuicios de que “este es un país inviable”.

Así las cosas, la suerte del nuevo gobierno dependerá tanto de su posibilidad de mejorar el poder adquisitivo en el mediano plazo como de la creatividad para tomar medidas y producir consensos amplios. Si en lo económico la apuesta consiste en “empezar por los últimos”, en lo político el desafío es arrancar por los primeros, es decir, por lo que Ana Castellani denomina la “periferia blanda” del voto a Juntos por el Cambio. No hay que dejar de hablarle a esos sectores, ni de utilizar un arsenal de instrumentos para interpelarlos. Construir una imagen de austeridad, ampliar las capacidades democráticas, ofrecer garantías, conceder y resignificar ideas. Combinar pragmatismo económico y pragmatismo político será fundamental para enfriar la memoria caliente de la grieta. Hacer política como mayúscula y con minúscula. Nadie dice que será fácil, pero son los recursos que tenemos.

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Fotografía: M.A.F.I.A