EL CAPATAZ DE LOS MUERTOS

Por Facundo Maldonado

“La luz siempre es igual a otra luz.
Luego cambió: de luz se convirtió en alba incierta,
[…] y la esperanza tuvo nueva luz.”

  cementerio 3

El recorrido va de la Estación Central al cementerio de la capital, allí el tranvía da la vuelta y regresa por el mismo lugar. Ese es todo el camino y las viudas, los niños, los viejos y algunos jóvenes románticos suben para llegar al final del recorrido, paradójicamente. Contadas veces olvidan paquetes y ramos, ramitas y envoltorios en menor medida. El conductor usualmente tiene flores frescas a su disposición para adornar la carrocería del viejo vagón, el aroma del carromato siempre es bien, aunque el piso esté la mayor parte del tiempo sembrado de boletos marcados. – Última parada. – anuncia el tipo que maneja la máquina y el simplismo implícito en esas palabras, el mismo que se destruye lentamente junto al pasar de las horas, que una a una se van agregando a una vasta mochila de humo, que oprime el pecho, se clava en mis entrañas. El dolor se vuelve insoportable, aprensivo, tengo que bajar, dejar mi asiento y bajar: alguien tiene que encender luces y tirar las viejas flores olvidadas.

Disfruto de ese estado masoquista mientras veo el camposanto desde la esquina, camino hacia la entrada principal por la vereda, a la sombra del gran paredón; sin detenerme atravieso el gran portón, algo me envuelve ni bien doy los primeros pasos en su interior. Algunos dicen que es un lugar embrujado, que aquí el tiempo sucede de maneras extrañas, que los relojes se detienen o se atrasan, que los visitantes olvidan ciertas cuestiones como su nombre, el número de su casa o por donde está la salida. Aún así está lleno de gente que anda, que vive, no es un lugar te-ne-bro-so, no así como otros sitios similares que son oscuros y asustan, aquí hay luz y en las intersecciones de la calles hay pequeños puestos, como kioscos, donde la gente puede pedir flores, caramelos y dulces, para su comodidad o por si lo olvidaron, ciertamente no es un cementerio cualquiera, ni es de esos desordenados con lapidas esparcidas por el suelo, es más bien como la cuadricula de una ciudad, una Necrópolis por definición.

Me detengo porque me detienen ¿será por mi uniforme? Me corta el paso y alguien a quien nunca he visto antes me increpa – ¿Usted sabe quién soy? – No, y… ¿Usted sabe a quién se está dirigiendo?- Le digo sin perder el tiempo y me mira con aire extrañado contestando monosilábicamente –No. –Bueno, eso nos pone en igualdad de condiciones, ahora, dígame, ¿en qué le puedo ayudar? Sonríe y me dice tímidamente – ¿Puede decirme dónde está la salida? –Sí, claro. Le señalo el camino que tengo a mis espaldas. –Siga esa vereda y cuando llegue a la pasarela principal, la verá a su izquierda. Ni bien termino de decir mis palabras, da un rodeo y endereza por las baldosas que antes pisé. También ocasionalmente olvidan decir gracias, no sé porque.

Desde donde estoy puedo ver como algunas personas llegan y van a pasear a su no tan distante destino; como la luz rojiza del atardecer se mete entre los recovecos que dejan las distintas edificaciones, bañándolas de colores pasteles, anaranjados, rojos, tenues amarillos, como una torta de cumpleaños hecha de ladrillos, adoquines y tejas, todo iluminado por una vela ardiente en el cielo. Es ordenado y tranquilo, las flores y los dulces con su olor inundan los pasillos y las escaleras de las construcciones, todas parejas, todas muy parecidas en sus características y disposiciones.

Las tumbas por su parte lucen como puertas de pequeñas moradas que se enclaustran en las paredes pintadas, como en los edificios de departamentos uno puede leer al principio del pasillo por orden alfabético, quien ocupa cada lugar, aunque aquí no hay timbres porque las visitas siempre son esperadas. La gente se detiene delante de las puertas, disponen las flores y hablan con la piedra, con el mármol, con la madera y el bronce. Comen sus caramelos y por momentos se quedan callados, como si del otro lado hubiese una devolución de entre tantas palabras que ellos dicen. Pueden verse los nombres tallados/escritos/sublimados/grabados en las distintas superficies, nombres, fechas, epitafios, leyendas. El buzón es el lugar para las flores. La gente se sienta en un “tapete de bienvenida”, un cómodo almohadón. Pasan largo rato ahí. Este lugar es muy bonito, las cornisas cuentan con adornos de color verde, ornamentos que cuelgan, fijos, estáticos, calados en punta, a través de ellos se entra el sol y la luz artificial de las lámparas de las callejuelas empedradas. También poseen toldos que protegen de la lluvia y de otras inclemencias del tiempo las pequeñas entradas y los desprotegidos pasillos y así a lo que parecen tortas le crecen alas.

He sido testigo de que por las noches hay un espectáculo de polillas brillantes que revolotean zumbando la luminaria, algunas veces, sobre todo en verano, cuando ya no hay visitantes y las luces se apagan, cientos de luciérnagas dan un brillante espectáculo, como si los pequeños habitantes de esta singular ciudadela salieran de sus escondites, encontrándose para bailar una danza inquietante de almas ínfimas vagando por el espacio, efímeras lucecitas tenues que rebotan en el aire buscando donde reposar sus desconocidas intenciones.

En un momento me acerqué a pedir flores ¿a quién no le gustan las flores?, con ellas me regalaron caramelos y panes glaseados, de anís y de canela. También me dijeron que tuviese buenas tardes y buenas noches. Sereno, desde este banco veo lo que sucede, las flores descansan a un costado y el dulce del glaseado empalaga mi boca. Veo como la gente se detiene, siguen, vuelven, van y se quedan un rato más, algunos saludan cuando los veo llegar con bolsitas y ramos de flores en las manos, casi siempre se ocupan de la limpieza y no dejan que las flores se pudran. ¿Han olido flores pudriéndose al sol? Podría jurar que a algo había venido a este lugar, supongo que este también es un trabajo.