CAMINATA NOCTURNA

Por Facundo Villarruel

Llego a casa a las dos de la mañana. Gasté los trescientos pesos que tenía en la billetera. Tomé una leche chocolatada con un alfajor mientras escribía en mi cuaderno y leía a Deleuze en la estación del centro donde empecé a escribir. Elegí dicho lugar porque le tengo cariño. Fue en el verano del 2008 cuando empecé a escribir allí. Las tardes de verano me iba allí a leer a Freud y a escribir en mis cuadernos, mientras veía el movimiento de esa esquina tan céntrica, tan neurálgica de nuestra ciudad. Rivadavia y San Martin. Las dudas como bandadas de pájaros hitchkoquianos se apoderaron de mí. Mis pasos seguían sin rumbo hasta que los sillones solitarios de la fría estación me llamaron. Más las luces eran cálidas aunque había algo deprimente al verme entre los personajes que me rodeaban, neuróticos y obsesivos en tareas extrañas, ensimismadas. Me veía en el reflejo del vidrio afeado por mi barba y mis cachetes inflados. La escritura me resulta, últimamente, lejana y fría, ya no siento el entusiasmo de antes, si bien conserva sus poderes terapéuticos, me alivia, siento que ya no es tan poderosa como antes. Me siento estancado en lugares comunes hacia donde fluye mi escritura. Los temas se repiten obsesivamente. La obligación. La avaricia. Los fantasmas de infidelidad. Tal vez deba leer un poco más para enriquecer mi prosa. Siento que mi prosa es pobre, con metáforas muy transitadas ya, comunes. Tal vez tenga muchos prejuicios todavía y me encierre en cierta visión superficial de las cosas. Es como si me faltara imaginación. Recuerdo cuando empecé a escribir en el año que he referido ya, cuando me dominaba una pasión inaudita, propia de los descubrimientos. Llegué a ver un dragón en el cielo producto de mi imaginación, influenciado por el fantástico de Cortázar, y sin saberlo en ese momento, lo fantástico del cine. El cine es en sí mismo fantástico. Eso es lo que quise expresar en mis escritos sobre cine y no pude.

Indescriptible goce ante aquella visión. Como el goce místico de los hombres santos que han visto a la virgen María en las nubes. Eso es la poesía, es una especie de locura controlada, ceñida en los marcos del lenguaje. Vuelvo a lo anecdótico: me despojé de mi dinero y encontré la felicidad en el bar donde conocí a G. Entre la música y la filosofía de Deleuze encontré un deleite que extrañaba y que estaba escondido en algún lugar de mi memoria. Evoqué el hermoso rostro de G y las hermosas noches junto a ella. Extrañaré su presencia y sus ojos, y hasta los nervios que me provocaba su infinita belleza. La mujer de mis sueños. Como un ángel.

Pude re-encontrarme con la lectura en un bar, disfrute del placer de la mesura del beber. Un solo vaso de cerveza. Sin preocupaciones por ahora o remordimientos por el dinero gastado. Tanta neurosis y olvido que un día moriré y los gustos que no me pude dar en vida no podré dármelos en otra vida, o no sé. Por las dudas me la paso bien ahora. Es bueno recordar que voy a morir, que soy finito. Cuando acude este pensamiento siento un alivio, es como una escoba gigante que limpia mis sucios pensamientos angustiantes. Habría que representar a la muerte con una escoba como a las brujas. La muerte es lo real. Y dicho encuentro con lo real nos da fuerzas como decía Lacan.

Voy a contramano de los horarios de mi familia. Tiempo y espacio. No los compartimos. Me seduce la noche y su silencio, la calle sumida en la oscuridad. Soy el único transeúnte. Mis pasos dudan. Hace mucho que no veo la mañana.