EL CUARTITO

Por Sol Romero

light-black-and-white-white-house-window-glass-800463-pxhere.com

Nunca pude enamorarme de un tipo sin pasiones. Necesitaba que algo los movilizara del todo para que me resultaran atractivos. Entre tantos con los que salí, entre birras, puchitos y sexo, lo encontré. Era un apasionado, de eso estoy segura. Pero tenía un secreto, y tuve que enamorarme para descubrirlo.

Mis amigas me decían que era raro y a mi me encantaba que esa fuera su descripción. El tipo era raro sí, oscuro, ensimismado en su pasión. Pero a la vez amoroso, sincero y para nada condescendiente conmigo y mi belleza, algo que me habia hecho alejarme de muchos otros. Harta de los halagos y de que siempre me dieran la razón, necesitaba críticas, cambios, opiniones distintas, crecer.

El tipo del cual me enamoré se pasaba horas creando tipografías a mano alzada. Cuando no estaba programando cosas que yo ni entendía, pero que pagaban todos los wiskys que nos tomábamos juntos, estaba creando nuevas formas de dibujar el alfabeto. El me quería, me lo decía. En el sexo parecía conocerme desde siempre y cada vez que cogíamos era mejor que la anterior. Yo estaba atrapada, me pasaba horas pensándolo y viendo el cursor de World titilar en una hoja en blanco que significaba mi atascada tesis de posgrado. Me tenía loca y quizás por eso no lo pude ver.

Antes me había enamorado de otros muy distintos, pero siempre con una pasión. La del Mati era el vino, para el Agus la escritura y el Leo era fan de Boquita juniors. También me enamoré de un gamer. Cuestión es que ninguno era tan oscuro como “el nuevo”, apodo que le había puesto mi vieja. El misterio de sus ojos cuando lo enganchaba hipnotizado mirando la pared en vez del televisor era, para mí, atrapante. Sabía que en ese cuartito en la que decía tener computadoras rotas por arreglar había algo más. Yo me pasaba los fines de semana en su casa y esa puerta estaba siempre cerrada. No sé si con llave, nunca lo comprobé.

Una noche volvíamos de un cumpleaños pasados de vino y porro, tentados. Habíamos dejado el auto en lo de la Majo porque ninguno de los dos podía manejar. Entramos y puso un tema de Serú que yo desconocía. Sentado en el sillón se me largó a llorar.

Nunca fui de las que preguntan por relaciones pasadas. No me interesa, no me intriga, qué se yo. Él conocía por casualidad algunas de las mías porque nos habíamos cruzado a algún ex o porque había salido el tema. Yo nada, pero esa noche empezó a contarme con todas las mujeres que había estado, todas las relaciones en las que para él había fracasado, me dijo que yo no era la excepción. Que me quería pero que a sus 37 años tenía un secreto que le partía el alma: no sabía enamorarse.

A mí, que palabras nunca me faltan, me pasó que no supe qué decir. Quise decirle que no es algo que se aprende, que surge, que llega, que se siente, que ni tiene una única definición, no sé.  No le dije nada porque toda respuesta que pudiera emitir en ese momento me parecía absurda y yo estaba partida. Creí que el amor era mutuo y caí tarde en que no. Él nunca me había dicho que estaba enamorado de mí, yo solita lo supuse y lo construí con lo ensimismada que estaba. Lo miré y con la poca intuición que me caracteriza supe que habia algo más. Que estaba dolido, que tenia algo clavado que le impedia sentir. Nos fuimos a la cama sin decir mucho más y se durmió en mi pecho, aferrado como un niño toda la noche. 

A la mañana no estaba en la cama ni tampoco en su casa. Me levanté y antes de irme vi que la puerta del cuartito estaba abierta, él la habia dejado abierta para mí. Entré y vi un pequeño altar con una urna de metal y una foto de una mujer que era claramente su madre. Las paredes me sorpendieron tapadas con papeles de todos los tamaños, con letras creadas por él, no había un rincón en el que se viera la pintura, algunos ya se superponían, la caligrafía era impresionante, eran pinturas dignas de una exposición. En todas decía exactamente lo mismo. Solo dos palabras. Cinco letras.

Te amo