¿POR QUÉ PARÁSITOS?

Por Ivan Staller

Parasite (Parásitos), la película dirigida y producida por el surcoreano y multipremiado Bong Joon-ho, se ha convertido en el fenómeno cinematográfico del año que no hace tanto acabamos de dejar atrás. 

En una ceremonia sin precedentes, el film logró lo que ninguna película de habla no inglesa había logrado nunca: se hizo con los premios a Mejor Película Internacional (en el debut de esta categoría antes denominada Mejor Película Extranjera, dato que, para quien quiera verlo, ya era un gesto favorable a la ganadora), Mejor Guión, Mejor Director y se llevó también la estatuilla máxima, a Mejor Película.

Parasite 1Si nos referimos a la historia del cine, hay que decir que Parasite, sin dudas, hizo historia. Una campaña de prensa eficaz, montada entorno a Bong y al elenco; las fiestas; la obtención del premio SAG a Mejor Elenco -el premio con mayor representación dentro de la Academia-, entre otras consagraciones; y una serie de gestos políticos que este verdadero ritual de la consagración cinematográfica habría querido mostrar -en un año con escasas nominaciones afroamericanas y de mujeres, algo destacado por Natalie Portman- eran elementos que, según críticos, permitían avizorar el batacazo. 

Parásitos narra la historia de una familia de la clase trabajadora, la familia Kim -integrada por el padre Kim Ki-taek, la madre Chung-sook, el hijo Ki-woo y la hija Ki-jeong- que vive en un semisótano en la baja Seúl (capital de Corea del Sur), y sobreviven día a día de trabajos precarios. La aparición de Min, amigo de Ki-woo, se convierte en una bisagra en la trama. Este le ofrece hacerse pasar por universitario para ocupar su lugar como tutor de inglés de la hija de la rica familia Park, Da-hye, mientras él viaja a estudiar al extranjero. En una de las primeras metáforas de la trama, Min le entrega una piedra a Ki-woo, un amuleto que atraería la riqueza. Luego de obtener el puesto de tutor, Ki-woo organiza junto a su familia la entrada en la casa, desplazando a los anteriores trabajadores por miembros de su familia. A partir de allí, el destino de estas familias de clases sociales ubicadas en las antípodas del espacio social, quedará definitivamente entrelazado. 

Olores de clase, marcas de clase 

Con un recurso que nos recuerda a Casa Tomada, el cuento de Julio Cortázar que relata la progresiva ocupación de una casa por un Otro extraño y peligroso -cuyo canon de interpretación literario fue el asociarlo a la mirada temerosa que las clases medias antiperonistas tenían del peronismo- la película nos relata en clave multigénero, en el cual priman la comedia negra y thriller de suspenso, los avatares que atravesarán nuestros protagonistas en la búsqueda del “éxito” social. 

En simultáneo, la trama trabaja con sencillez los contrastes que existen a la hora de enfrentar las mismas situaciones cotidianas. La familia Kim accede a internet, ese repositorio que nos recuerda a la biblioteca universal borgeana, a través de “engancharse” a las redes públicas o libres de los alrededores del subsuelo en el que habitan. Su acceso a la cultura, como el de Astier en el Juguete Rabioso (1), está mediado por la ilegalidad y el robo.

Se alimenta de lo que puede, frente a la dieta abundante y orgánica de los Park. A penas tiene acceso a la luz del día, y a la intimidad de los ambientes, frente a una casa especialmente construida para que se confunda el interior con el exterior, con amplios espacios llenos de luz. 

Las inundaciones catastróficas que son parte de la historia de Seúl y de Corea en general, ocupan un lugar destacado en la trama. Y otra vez el contraste de clase está en el centro de la historia: mientras Da-song, el hijo más pequeño de los Park, disfruta de la aventura de pasar la noche a la intemperie, cubierto por una especie de toldo sacado de un film western, la baja Seúl de los Kim es arrasada por una inundación que hace rebalsar hasta las cloacas, destruyendo todo a su paso, obligándolos a refugiarse en gimnasios públicos. Otra metáfora de cómo la crisis climática y el calentamiento global afectan de forma diferencial a quienes se encuentran abajo en la escala de ingresos y capital. 

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En un mundo en el cual se habla de la obscenidad de las desigualdades económicas con cifras, Parasite ficciona cientos de situaciones cotidianas típicas que esas “macro” desigualdades producen sistemáticamente en la vida de las personas, todos los días. La fotografía y la paleta de colores acompañan esta representación de los espacios. El asombro permanente de los Kim ante los lujos de los ricos, y la tranquilidad existencial e ingenua de los Park que viven como si el dinero no importara, reproduce la sorpresa de los pobres cuando tienen oportunidad de visitar los circuitos sociales por los que transitan los ricos. 

Son estas condiciones de precariedad de la vida la que darán un olor particular a la familia Kim, algo que nota Da-song (“todos huelen igual”) y que empezará a ocupar un lugar creciente en el desarrollo de los acontecimientos (“ese olor a trapos hervidos, como el de la gente que viaja en metro”), y detonará un plotwist, ya alejado de la comedia, y cercano al thriller. 

La otra Corea, la otra Seúl

Chile y Corea del Sur no solo comparten su gusto por el K-Pop. Si para Milton Friedman el Chile de Pinochet fue “un milagro económico”, para los apologistas del capitalismo de posguerra, también Corea del Sur lo fue. Siendo uno de los “tigres asiáticos”, el país experimentó una expansión que lo llevó del llamado “tercer mundo” al “primer mundo” en menos de 20 años, y hoy ocupa el puesto once del ranking internacional. 

Con un ingreso per cápita similar al de Japón, España o Nueva Zelanda, una esperanza de vida de casi 83 años, destinando uno de los porcentajes mayores del PBI a innovación, y con una base de exportaciones complejas, la economía que surgió luego de la Guerra que dividió a la antigua Corea y del golpe de Estado de Park Chung-hee, sostuvo tasas de crecimiento del orden del 7,1% del PIB durante veinte años.

Apoyada por Estados Unidos en el cuadro de la Guerra Fría, y comandada férreamente desde el Estado -contra el mito liberal del desarrollo capitalista “sin Estado”- entrelazado con los chaebol, esos enormes conglomerados empresariales diversificados, como Samsung, LG, Hyundai, de los cuales nuestro Mr. Park vendría a ser “funcionario” /gerente- ha sido ejemplo citado de desarrollo económico y social armónico. 

El fresco de Parasite muestra que esto no es así. Por lo menos no es así para las grandes mayorías. Del control disciplinario del Estado y el dominio oligopólico de todo lo que rodea a la vida social, tampoco escapa la lógica de funcionamiento del sistema educativo, que funciona para producir a la fuerza de trabajo necesaria para reproducir el sistema. Junto a los altos niveles en las pruebas PISA, Corea del Sur ostenta la tasa más alta de suicidio juvenil, y una de las más altas del mundo en promedio. 

Medidas como cerrar las bibliotecas que brindaban sus servicios 24hs del día, o bloquear laptops, son la contracara de una “meritocracia” que no funciona, y que fuerza a niveles de sobreexigencia límite. Parasite ensaya una crítica demoledora a la “meritocracia”: tanto Ki-woo como Ki-jung poseen saberes por encima del promedio, y sin embargo tienen que falsificar títulos para emplearse. En lugar de ser la educación el factor de ascenso social, es, como en las viejas sociedades feudales, la posibilidad de contraer matrimonio con la hija de un empresario la única posibilidad de trascender el destino de clase. Una suerte de “capitalismo de castas”, en el cual el esfuerzo y el mérito en realidad no importan.

A la primera Seúl le corresponden los barrios altos, estos que inspiraron el Gangnam Style que el artista PSY, en su momento, viralizó. A la segunda Seúl se ajusta mejor el estilo de Bong Joon-ho y de Parasite. Como dijo Mike Davis, Seúl también es una “ciudad-miseria”, organizada, como la casa de los Park, en forma de una pirámide, desde la oscuridad del sótano, hasta la luz de la superficie.  

Parasite 3

Ni Chile ni Corea del Sur resultaron ser milagros. Y si en Chile explotó una enorme revuelta contra “30 años” de injusticias, en Corea del Sur también tuvieron lugar procesos de organización para reparar los daños de las inundaciones, y huelgas sindicales (protagonizadas por la segunda central sindical más importante, la KCTU) contra ataques a los derechos laborales, como la del pasado julio, además de escándalos de corrupción y de manifestaciones masivas denunciando la violencia y abusos hacías las mujeres, en particular hacia las estudiantes universitarias, en una versión del #MeToo local.

¿Por qué Parasite?

¿Por qué una película que pone el acento en las clases sociales y en las desigualdades de clase no solo logró una enorme simpatía internacional sino también hacer lo que ninguna película de habla no inglesa había logrado hacer hasta la fecha? Ensayemos algunas razones.

Sin dudas, y en primer lugar, el film de Bong y su equipo es de una calidad notable. En esto existió un consenso casi unánime, y no se ahorraron elogios. Después de todo “la ola coreana” (Hallyu) también llegó a Hollywood, y Bong Joon-ho ya había hecho coproducciones con compañías estadounidenses, incluso con tópicos similares, y Neon había adquirido los derechos de distribución antes de incluso de ser estrenada. 

En segundo lugar, también es probable que el mensaje de Parasite haya coincidido con el mensaje que la Academia está queriendo transmitir al mundo, como mencionamos más arriba. En esto la Academia no escapa al “tono de época”. En un planeta en el cual todos los días conocemos nuevos datos que muestran cómo la brecha entre el capital y el trabajo se ensancha a niveles históricos nunca vistos, donde el 1% más rico de la población posee más del doble de riqueza que 6.900 millones de personas; donde 10.000 personas por día pierden la vida por no poder afrontar los gastos en salud; donde une de cada cinco niños y niñas están sin escolarizar y donde los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres de África juntas, etc. hablar de desigualdad y de clases sociales se ha convertido en tópico obligado. 

Parasite 5

Obras de autores como Thomas Picketty, elogiada por Branko Milanovic, y señaladas como potenciales merecedoras del Nobel de Economía, se convirtieron en Best Seller señalando algo que parecía una verdad de Perogrullo: que bajo el capitalismo aumentan las desigualdades, una tesis que fue combatida con energía por quienes consideraron que el llamado boom de posguerra había llegado para quedarse, y que las economías capitalistas tendían a disolver las clases sociales, dando paso a una “sociedad de clases medias” diversificadas, razones suficientes para dejar de hablar de luchas de clases. Una realidad que la crisis mundial iniciada en 2007-08 no hizo más que agravar, y que está en la base de rebeliones y revueltas, y de la aparición de formaciones políticas nuevas en todo el mundo, por izquierda y por derecha. 

Es sobre este terreno movedizo que los organismos internacionales, desde la ONU al FMI, intentan ponerse a tono. Desde sugerir legislaciones favorables a las mujeres luego de los Paros Internacionales de Mujeres, o las Cumbres contra el Cambio Climático de la ONU, cuyo fracaso resume muy bien el “how there you” de Greta Thunberg, hasta el reciente intento por parte de Kristalina Giorgieva y el nuevo equipo que conduce el FMI de mostrar que “el Fondo cambió”, las principales usinas institucionales del capital global, incluida la propia Iglesia Católica, han tomado nota de la potencialidad explosiva que incuba el actual e inestable estado de cosas. 

Se ha dicho que el tópico del olor como marca de clase ya había sido tratado por Emile Zola; sin ir más lejos, nosotros tuvimos casos de peones de estancia que mataron de un escopetazo a sus patrones, cansados de humillaciones. Si el contenido no aparece como novedoso en sí mismo, sí lo es la forma de comunicarlo, y el contexto en el cual ese contenido es comunicado. Esta es una razón de peso que explica el éxito de Parasite, dentro y, mucho más importante, fuera de La Academia.

Pinta tu aldea y pintarás el mundo: lo particular y lo universal en tiempos de posglobalización capitalista

Esta “vuelta” a la lucha de clases tampoco es exclusiva del cine. El “clivaje” de clase está hoy más presente que años atrás en todos los movimientos de lucha, desde las huelgas de mujeres, hasta las huelgas contra la crisis climática. Y la forma en la que tienden a articularse las demandas, en luchas protagonizadas principalmente por las nuevas generaciones, también es novedosa. No hay una vuelta simple al pasado. 

Si para la teoría social hegemónica la clase social había quedado reducida a una categoría ocupacional, para Parasite la experiencia de pertenecer a una determinada clase social es mucho más que eso. 

Parasite 2

Parasite es, como dijo el propio Bong, “una película sencilla” y cargada de metáforas. En eso radica su capacidad de interpelación global. Lo que para algunos críticos ya muy entrados en años fue una vulgar representación “pobrista” de la realidad, es en realidad su mayor fuerte. Siguiendo a Eillen Jones, es cierto que no hay lugar ni para la solidaridad entre trabajadores ni para imaginar un futuro por otra vía que no sea el fantaseo final de Ki-woo de algún día poder comprar la casa y liberar a su padre. Una verdadera utopía en el sentido literal del término. No hay lugar para la conciencia de clase. “Pero la potencia de la película no radica en eso (…) Parásitos en realidad cristaliza la experiencia de ser una familia de clase baja que se aferra a una oportunidad de «triunfar» y lo retrata de un modo que lastima”. 

La realidad de la desocupación, la sub-ocupación y la precariedad, el mito del “home office”, de los miles de niños y niñas que cotidianamente vemos en los alrededores de los edificios públicos para acceder a internet, de la privatización educativa y de la sobre calificación, para una economía que se mantiene a fuerza de privilegios para nada “meritocráticos”; de la crisis climática, las inundaciones y sus efectos sobre los sectores más vulnerables; de la gentrificación y los privilegios urbanos, hasta los circuitos sociales de clase cerrados sobre sí mismos, desde la proliferación de barrios privados hasta zonas de hábitat y entretenimiento selectivas, son fenómenos universales. Quizás más universales que nunca en la historia. 

Como si hubiese estado pensando en aquella frase de Tolstoi, “pinta tu aldea y pintarás el mundo”, Bong Joon-wo pintó Corea del Sur sin saber que nos estaba mostrando un fresco universal; Parasite lastima. No nos brinda la solución al problema, lo plantea. Y evita la tentación de transformar esa herida en una épica vulgar, en una receta con final feliz. De ese procedimiento obtiene su eficacia. 

En palabras del propio director, la aldea es el mundo: “Esencialmente, todos vivimos en el mismo país llamado capitalismo”. Y en ello anida la esperanza de un cambio global. Internacional. Solo resta hacer de ese país cansado del parasitismo del capitalismo, la patria de la humanidad. 

Referencias

  1. Piglia, Ricardo (1993) Introducción a El juguete rabioso de Roberto Arlt.