UNA DESPEDIDA

Por Federico Fayad

Dos botellas de cerveza vacías sobre un mantel de plástico, herido con marcas de cigarrillo. Dos sillas que sostienen una ausencia reciente. Un vaivén de cortinas que el viento arrastra suave sobre un parquet que se astilla al caminar. Dos botellas más en aquel departamento que se hizo trinchera con los años. Y el maullar de los gatos en un techo lejano. Y el repique de los tacos que bajan del tercer piso hacia la calle.

Un hombre parado en el marco de una puerta. Una sombra que mira hacia un pasillo oscuro. Una figura extraña, que extraña. El olor a sudor. A transpiración que se cuela por las pequeñas grietas en la piel que ella dejó con sus uñas. En el aire, el perfume del shampoo, tibio. Tenue. 

Una gota suave y olvidada se desliza por el cuello de una de las botellas que hay sobre la mesa y, en su reflejo, el respirar lento del hombre que recuerda la conversación reciente, sobre la cama revuelta, de sábanas sucias, impregnadas de alcohol y suspiros complacientes.

Más tarde, minutos después, una puerta que se golpea arrojada por una mano nerviosa que huye con lentitud. Un llanto ínfimo, filtrado. La sensación del tacto reciente. Las burbujas que ya explotaron. La ropa arrugada y el humo del cigarrillo que zigzaguea entre los pelos de su cabeza antes de irse. El corpiño incómodo, un bretel desprendido y aquella tibieza reciente que se escurre por la pierna izquierda y permanece en la calza, sobre el vestido de flores. 

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Una conversación extraña. Perdida. Lúcida. Nerviosa. Como un papel al fuego que se va arrugando hasta quedar negro, para después desaparecer en mil cenizas. Y ella con la boca rosada de aquel labial rojo que se borró con el primer beso:

– Te reís. Te reís porque es cierto. Porque mentís. 

Y él, despeinado, con los hombros hundidos por la espalda cargada de angustia, con una mueca en la cara que no es risa pero que se le parece bastante a la tristeza: 

– No. No miento. Nunca te mentí. 

Y el sexo remotamente parecido al amor. Y las manos de ella recorriendo la transpiración de la espalda del hombre que no puede soltar porque es el único que conoció. Y los pies huyendo de la cama desconociendo el territorio demarcado por el viejo colchón que él heredó de la antigua casa familiar. Los gemidos derribando cuadros, sombras, y las pelusas que se acumulan sobre los muebles. Las palabras al oído, la piel erizada, las sombras que proyectan las luces de los autos sobre el techo de la habitación. 

Después la sed, las cervezas escarchadas en la heladera, la garganta ardiendo que cede ante el hielo y el alcohol. La renovación de la charla, el aliento caliente, los ojos que no se acostumbran a la luz encendida y los cigarrillos trepando por las manos, para ir a consumirse en aquel beso lleno de ambos. 

A él le gustaba hablar de abismos, de precipicios infinitos, de piedras rodando cuesta abajo. De caídas celestiales sin regreso a los brazos de Dios padre. Ella pensaba en vuelos, en el olor de la jarilla en la montaña, en la infinita nieve que se acumula en su horizonte natal. Coincidían en el paisaje que los unía, en ese fondo que solo se podía mirar desde arriba. 

El cambio empezó más tarde.  Llegó con el desgaste y con los años. Con el recuerdo de lo salvaje. Después de sentir el filo de las hojas difuminadas en un territorio ajeno. 

Dos cervezas más. Y él volviendo a ella, con la certeza de saber que no va más. Que será la última vez. Que ya no habrá más mates el domingo por la tarde o noches mirando las estrellas en las baldosas del patio. Ya no sentirá sus pechos empujando su respiración ni su tos contenida a media noche. No sonará el teléfono pidiendo un rescate de madrugada. Ya no vendrán. Se olvidarán en otras palabras, con otras mentiras. Una fuga al olvido. Un recuerdo. Una eterna comparación silenciosa con otros cuerpos y otras voces. 

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Lo peor de él era la quietud. Su falta de respuestas, su eterna indecisión. Su predisposición constante a la mediocridad que lo mantenía en el mismo laburo, con los mismos sueños. Le aburrían sus charlas, sus fotos cansadas, sus proyectos mínimos. Pero todo lo perdonaba, porque comprendía su mundo seguro. Su equilibrio anclado en la estabilidad emocional. 

Lo peor de ella eran sus días nublados. Sus gritos en el supermercado cuando enloquecía de celos. Sus alarmas constantes. Sus embarazos deseados. La intensidad familiar de los sábados a la tarde. La constante verborragia. Los alambres improvisados en los muebles. Le irritaba la mueca que ella hacía cuando se peleaba con su hermana, esa furia que se le instalaba en el cuello y en la frente. Pero todo lo perdonaba, porque en ella viajaba.

Y él, desde la puerta: 

– Sabés que sos lo mejor que me pasó.

Y ella, en el pasillo:

– Vos también. 

Y el silencio de ambos. Y el recorrido del nunca más. 

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Sobre el autor:

Fede es periodista. “En mis tiempos libres escribo. A veces mejor y a veces (muchas) con intrascendencia. Cuando no quiero pensar en nada veo Friends”.