EL ARTÍFICE VIRTUAL

Por Facundo Maldonado

Esta es la tierra en la que nacimos, la que gotea una sobredosis de aceite lubricante de sus nubes de vapor tecnicolor. Ahí estás, temblando en un lecho familiar cuando un zumbido intenso determina el momento en que los pensamientos alcanzan la velocidad del sonido. La banda musical de la noche sumerge a los individuos en extrañas atmósferas. Los mantiene despiertos prestándole atención a la sangre que fluye para descomprimir los cerrojos de la razón. Todo se mueve tan rápido, que aún agarrados a este plato volador, el silencio ataca, haciendo oír esas miles de bombas rezumando líquido a través de interminables túneles arteriales bajo la húmeda superficie. Se puede escuchar como la información comienza a desintegrarse a la velocidad de la luz con cada palpitación: es la sangre pasando por mis venas el sonido más solitario que alguna vez escuché.  

-Sé que muchas veces no puedo controlar mis impulsos… Dijo mientras descorría las pesadas cortinas. Se dio media vuelta y con ojos vidriosos producto del cansancio, miró fijamente un rostro y una blanca y suave mano de una figura tendida en lo que parecía un sillón. La silueta parlante quedaba recortada por el cabo de luz que entraba por la ventana y las sombras circundantes. –Sé también que es probable que me haya sumergido en un lago de fuego y tiene que haber una salida, sé que existe, solo que a veces me tengo que poner a la altura de las circunstancias… 

Le dio unos momentos la espalda, buscaba algo, estaba extrañamente nervioso. De la pequeña mesa tomó una caja de cigarrillos. Sacó uno muy lentamente y lo encendió. Dio dos grandes bocanadas y se sentó en una silla. Apoyó sus codos en las rodillas y se quedó observando el piso sosteniendo su cabeza con sus manos. Las volutas de humo subían al espacio como cisnes efímeros, se olvidó por un momento del cuerpo inerte que yacía más allá. Del humo. De los cisnes. De respirar. Con un sofocado suspiro volvió a inhalar nuevamente, recordó ese mecanismo primitivo e infló sus pulmones como si fuese la primera vez en mucho tiempo. El oxígeno entró en su cuerpo, se sintió mareado.

–Sabés que vos, nada, ni nadie va a poder entender lo miserable que soy en este momento de mi existencia. Lo sabés, ¿Cierto?- Dejó el cigarrillo en el cenicero, y continúo: –Hay que dejar la pasión por las personas, la devoción hacia los objetos como un tabú demencial de lado. Las ideas por otra parte transforman y así se puede amar con mayor libertad. Todo esto lo digo como lo voy pensando, aunque… Puede que yo también esté programado. Se despegó de su asiento y con pasos titubeantes fue hasta la ventana y despacio volvió a cubrir la habitación de penumbras. Del cenicero aún escapaban cisnes de humo azulado que se desvanecían en el aire. El cigarrillo se consumía como el reloj consume las horas y el tiempo la vida, eventualmente todos nos volvemos iguales. 

Estaba en su taller, un refugio del mundo exterior, lejos de las instalaciones rígidas y asépticas de la corporación en la que pasaba la mayor parte su vida. Solía llamarlo “El taller del Diablo”, pocos, o quizás nadie sabía de ese lugar. Le brindaba todas las comodidades necesarias, el ocio, placeres y algunas obligaciones estaban ligados a este sitio. A veces se sentía solo y aburrido, quizás eso le daba cierto aire maníaco pero no se consideraba tan brillante y cada vez que echaba un vistazo por la ventana de la realidad esta se deslustraba un poco más. Lo que antes había sido metal bruñido, ahora era plástico resquebrajado. Justo en esos momentos su cerebro se iluminaba, concebía el mundo de otra manera, elaboraba complejos diagramas y bocetos: cuerpos, torsos, partes mecánicas, sinapsis artificiales. Abstracciones con poco sentido para cualquier otro que no entendiera su lenguaje. Esos bosquejos después se volverían algún atisbo de artificialidad automatizada. Desordenados, dispersos en un sucio escritorio, junto a cables, tubos, entre pantallas y computadores, pronto se volverían tangibles, pronto se harían efectivos en el plano material de las cosas con los ajustes necesarios y las piezas adecuadas. No tenía nada que envidiar a los antiguos artesanos ni a los vetustos alquimistas: era uno de ellos jugando con herramientas modernas. La ciencia debía volver a sus días de garaje, decía, “era más divertida”. 

Papeles arrugados en los rincones atestiguando cosas que nunca sucedieron, gran parte del lugar estaba cubierto de una fina capa de polvo, tenue, pero siempre presente. Alguna botella de licor vacía haciendo las veces de faro en ese mar descansaba muerta sobre la abarrotada mesa llena de pequeños contenedores, frascos y baratijas desolladas. 

Lo recibió la cama revuelta. La cobija de pesada lana estaba desparramada como una estática catarata de colores que se diseminaba por el piso a los pies de la cama. Tomó una de las almohadas y la puso debajo de su cabeza. Sus pupilas se dilataron y se acostumbraron a la oscuridad. Miró el techo y pudo ver como la luz de la ventana se colaba hasta la unión con la pared, el vértice daba la ilusión de ser una suerte de aurora boreal congelada, descolorida, un proyector desenfocado al que le han quitado el lente y se esfuerza por emitir una imagen nítida. Estiró su brazo y arañó la nada con su mano, trataba de alcanzar en vano, quiso que su brazo se volviese elástico, quiso hilvanar todos esos pensamientos para darle sentido a lo que le estaba sucediendo, musitó casi para sí mismo en forma de murmullo tímido, como un rezo: –Podría acostumbrarme a esto, quedarme así para siempre, como estamos ahora, podría. Es como si se te hubiesen acabado las palabras, el combustible. En las palabras están las acciones, uno es lo que hace y dice y en tú silencio hay una extraña perfección. Una perfección cálida, como la superficie satinada de los polímeros que recubren las partes vitales de tu estructura. Dejó caer el brazo, como si manos invisibles hubiesen accionado el botón rojo de apagado. –Desearía que esto que digo quede flotando en el aire durante mucho tiempo, quizás lo escuches algún día, cuando te levantes y las palabras se peguen a tu cuerpo. Quizás ahí entiendas esto que quiero decir, ahora me conformo con este momento. El tiempo corre hacia adelante, nos hundimos cuando nos quedamos atrapados en la memoria, lamentablemente hay cosas que nunca vamos a saber… Cerró los ojos un instante para caer profundamente dormido, estaba agotado producto del desvelo y de las interminables horas de trabajo.

La quietud se vio interrumpida por unos instantes, cierto balance había roto su eje para dejar que los cisnes se desplumaran en una suerte de espiral descendente hacia un disimulado accidente, (ocasionalmente el tiempo se congela). Así los restos fatuos aterrizarían suaves en un colchón especial, hecho de fina fibra sintética, allí nacerán sus pequeños demonios para desparramarse. Estos que consumirán voraces el alimento natural diseminado por el suelo de la habitación, crecerán más hambrientos que antes devorarán las cortinas y parte del bello sillón. La mesita de al lado de la cama se contagiará del calor, lentamente se irán consumiendo hasta ser cenizas. Antes, el humo llenará la mayor parte del lugar, algunas llamas picotearían la pierna del hombre que yace sobre la cama, lo harán reaccionar, pero será tarde. La figura en el sillón, aún inerte no gritará, ni se moverá. Mientras, el humo ya ha llenado los pulmones del que corre velozmente a mojar la pesada lana, toce con los ojos llenos de lágrimas, no se detiene porque siente que debe proteger y resguardar lo que ha hecho. Algunas lenguas de fuego le lamerán el pie, pero las mojadas cobijas resguardaran del intenso calor y salvará la pieza completa. Todo esto sucederá muy rápido pero no tal como estaba previsto. Las llamas y el humo alertarán a los habitantes de la callecita empedrada que da de lleno a la ventana laminada del lugar. Vendrán los bomberos y apagaran lo que podría haber sido un gran incendio. Solo encontrarán una víctima mortal, pero nada de lo que venían buscando. Solo un cadáver sobre un chamuscado sillón que supo ser de blanca tela. 

En algunos diarios digitales, en alguna página perdida en el vasto mar de la información se leyó el siguiente memo sobre esta tragedia:

“Muere inventor calcinado 

El artífice virtual #963 fue hallado quemado en su habitáculo después de que se registrara un incendio en dicho lugar. Las autoridades presumen el mal funcionamiento del sistema de extintores. Investigadores se hallan en el lugar para determinar las causas precisas del hecho. También se hicieron presentes responsables de la IMP Corp. ya que en el lugar se encontraron importantes archivos y piezas de su propiedad.”