RECORTES DEL SILENCIO EN BARCELONA

Por Sol Romero

Crónica tras dos semanas de cuarentena en una de las ciudades más cosmopolitas y turísticas del mundo.

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Un hombre se detiene a esperar a que pase yo y esta vez no es precisamente para mirarme el culo. Su outfit es tendencia: a un conjunto típico de chaqueta y pantalón, ha decidido agregarle un barbijo que cubre su cara al estilo Sub-zero y unos guantes de látex que hacen juego. Respira su propio aire y vuelve a tragarlo. Se detuvo porque estamos por cruzar la calle y al parecer si lo hacemos al mismo tiempo, por la línea imaginaria que venimos, estaremos demasiado cerca. Se detiene, espera que entre nosotros exista más de la distancia recomendada por la OMS, y camina detrás de mí. 

La Barcelona de los bares cada 200 metros, de los turistas amontonados, de las cañas a cualquier hora, de los vermucitos, de las compras de ropa innecesaria, parece ser de otro tiempo. Y eso que sólo han pasado diez días. Tras la expansión de un virus chino que tuvo que llegar a los miles de infectados para que las autoridades decidieran ponerse la gorra, España como la vieja mula ya no es lo que era. Y lo más desesperante es que no sabremos cuándo volverá a serlo.

Barcelona 3

A la calle sólo se puede salir a comprar medicamentos, alimentos y bebidas. Ah y también tabaco. Los estancos (tabaquerías) están abiertos como si fueran de primera necesidad. También podés salir a pasear a tu perro y si no tenés te jodés. Un coche policial se detiene para llamarle la atención a una pareja que había decidido salir a comprar quebrando la norma de la individualidad. Los oficiales también están a la moda, al uniforme han decidido sumarle barbijos blancos para encapsular su propio aire de orden y autoridad. Llevan guantes, no alcanzo a ver si son de látex, pero sacan la mano por la ventanilla para acercarle a la pareja un papel, siempre con distancia. Asumo que es una multa. La nueva forma de vida dictada por el virus oriental se basa en la soledad, obligatoria.

Los casos en España siguen aumentando y es que la actividad laboral no ha sido confinada del todo. Ni tampoco han cerrado los aeropuertos. Camareros a la casa pero banqueros por ejemplo siguen al pie del cañon, menos horas, enmascarillados, pero siguen. Hay dinero que no puede perderse ni por cientos de muertes diarios. 

Los bondis siguen funcionando pero la parte del chofer está cercada y tenés que subir por la puerta de atrás para no acercarte a él. En la panadería se puede entrar de a uno a comprar, el resto hacemos fila afuera, siempre separados por el metro y medio virósico recomendado. El Jordi del almacén me recibe las monedas con la clásica mano de látex. Ayer después de nueve días vi un niño. En un balcón, seguramente pensando algo que jamás pensó que se le cruzaría por la cabeza: quiere volver a clases, para salir del departamento y correr los quince minutos de recreo y más.

Soy de las que empezó a lavarse las manos en serio con esta epidemia. Y ahora abro las puertas con el codo y tengo miedo de no volver a ser la misma. En los confines de una Barcelona virósica la pregunta es si después de semanas (o meses) de abrazos y besos prohibidos, volveremos a buscarnos como en una orgía social o el saludarse con los codos será el nuevo doble beso en las mejillas.

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