DESCANSAR EN PAZ NO ES PARA LOS POBRES

Por Sabina Nallim

“La Plata: dos perros mataron a un ladrón que se metió a robar a una casa”, titula un importante periódico nacional.  Se refiere a Dylan Escudero, un pibe de 19 años que quería terminar el secundario y vivía en Altos de San Lorenzo, en la Plata.

Infobae

Dylan sufrió una muerte horrorosa, los médicos del SAME lo recibieron moribundo y no pudieron hacer nada para salvarle la vida: las heridas causadas por los perros le desgarraron piernas, brazos y el cuello. Para “salvarlo” uno de los oficiales de la policía tuvo que dispararle a uno de los canes, desatando la indignación de la gente ¿Por qué como sociedad nos indigna más la muerte de un perro que la de un pibe que tenía toda la vida por delante?

Dylan fue atacado enfrente de sus tíos, su hermana y su novia, quienes no pudieron hacer nada para impedirlo. Según los medios todos viven “en un barrio periférico” de la cuidad de La Plata aunque, cualquiera que busque el nombre de lugar en internet, se sorprenderá por lo generoso del eufemismo: Altos de San Lorenzo es, en realidad, una villa.

Su familia asegura que la policía actuó demasiado tarde. “Los policías y toda la gente que estaba ahí se reían, no lo querían ayudar. Pedía agua por favor y no le daban”, contó a Infobae el tío de la víctima. Ahora bien, que un pibe de una villa sea estigmatizado no es novedad, lo que interesa aquí analizar es de donde viene ese odio. Sería fácil culpar solo a quienes redactan las noticias: aseveraron a priori que  Dylan Escudero era un ladrón e incluso hablaron de un supuesto prontuario policial abultado. Nada más lejos de la verdad ya que, Dylan no registraba detenciones en comisarías bonaerenses.

Fotografia Infobae
La familia de Dylan (Fotografía: Infobae)

Pero echar toda la culpa a los monopolios periodísticos implicaría una mirada sesgada: basta con leer los comentarios en las noticas sobre la muerte de Dylan para darnos cuenta que, tenemos mucho por mejorar. Adela Cortina, catedrática de la filosofía y la ética, logró que la RAE (Real Académica Española) acuñe el término “aporofobia”, entendiéndolo como el odio y la hostilidad hacia el pobre, el desamparado o el que carece de recursos [1].

A diferencia del racismo, la xenofobia o el antisemitismo (por nombrar algunos), la aporofobia parece ser mejor tolerada y practicada en nuestra sociedad. Aquí no prepondera la necesidad de ser “políticamente correctos”, ya que continuamente excluimos a aquellos que consideramos no dignos. En este discurso no hay argumentación posible, se basa en el odio y en la necesidad de demostrar quién pertenece y quién no. La hostilidad hacia los pobres se inscribe como particularmente peligrosa en la situación actual: según las últimas estimaciones de la UCA (Universidad Católica Argentina), 6 de cada 10 niños argentinos son pobres y la situación podría empeorar hacia fin de año. Si a esto le sumamos la clase media, que en los últimos años se ha visto empobrecida, y reniega que “siempre son los mismos los que reciben ayuda”,  y los medios masivos de comunicación opinando sobre meritocracia, tenemos sentadas las bases de este discurso tan nocivo para más de la mitad de la población argentina.

Festejar que Dylan fue asesinado y hacer memes con su muerte, muestra lo peor de una clase dominante que nos hace creer que todos los pibes y pibas de las villas sobran. En lo profundo de la frase “que agarren una pala y vayan a trabajar” o, la tan repetida, “se embarazan solo por un plan”, existe la idea de fondo de que los pobres no poder aportar nada “útil” a la sociedad. Hay excepciones por supuesto, ¿A cuántas personas conmueve el hecho de que un niño de diez años camine tres kilómetros todos los días para ir y volver de la escuela?

En el imaginario clasista la pobreza, incluye también la romantización de la misma. Que no es otra cosa que dictar que pueden y no hacer los pobres. Felicitar a  aquel que utiliza el IFE (Ingreso familiar de emergencia) para abrir una verdulería en casa, para luego demonizar a la madre que decidió “malgastarlo” y comprarle yogurt saborizado a sus hijos, con lo caro que cuesta, ¡cómo se atreve! Dicha romantización  opera como un mecanismo que hace que aquellos que la sufren acepten su condición más fácilmente, ya que el “ideal” de la pobreza viene acompañado de heroísmo, sacrificio y resiliencia.

Dylan había visto morir a su madre, tras una larga enfermedad, y estaba medicado. Él y su familia lidiaban con todas las implicancias de nacer en una villa: vivía de changas que realizaba y tenía ganas de seguir estudiando. Su familia y los profesionales que lo trataban en el Hospital de La Plata, fueron los únicos en humanizarlo, aseguran que se trataba de un adolescente con aspiraciones normales y nos recuerdan como sociedad que, su muerte merece respeto por él y por todos sus allegados. El discurso de odio que criminaliza la pobreza es tan cotidiano como sutil y, pone en riesgo a todos los Dylan de las villas argentinas que tan solo quieren una vida mejor.

[1] Adela Cortina, Aporofobia (El País, 06/03/2000).

*Fotografia de portada: Diario Bonaerense

Sobre la autora:

Sabina estudió Comunicación Social porque siempre quiso ser periodista. Cuando tenía 12 años se cansó de que todo el mundo le preguntara si su nombre era nombre o apellido y decidió utilizar “Rosario”, su segundo nombre. Ahora se arrepiente pero… ¿quién toma buenas decisiones a los 12 años?