SE ROMPIÓ EL CONTRATO DE LA ANTIPOLÍTICA

Por Javier Frias

Al menos mirado en su intensidad, el antikirchnerismo es desde hace unos años la identidad política más fuerte que existe en la Argentina. Quizás el legado más importante del macrismo es el de haberle dado articulación y capacidad de movilización a ese espacio. Lo que vemos en estos meses son los reflejos de ese músculo que se ejercitó al calor de las marchas contra la 125 y los cacerolazos, y que terminó de consolidarse con el macripalooza que recorrió el país luego del trompazo de frente que significaron las elecciones primarias de 2019.

Como ocurre siempre en política, el macrismo no se limitó a representar un sector de la población, también construyó las condiciones de su propio liderazgo. Instaló una marca, digamos; un estilo, una narrativa, una experiencia, una épica. Esa memoria había quedado fresca para activarse ante cualquier estímulo pero el 2020 tenía otros planes. Mientras Juntos por el Cambio radicaliza posiciones esperando captar el descontento por la crisis social en ciernes, los dos mayores desafíos que enfrenta el país (la renegociación de la deuda y el manejo de la pandemia) transitan por el momento sin demasiado espacio para hacer oposición. 

Por eso es que, aunque no esté claro a qué liderazgos responden, lo que parece estar expresándose en las últimas manifestaciones son los sectores menos programáticos de esa amplia subjetividad política que Cambiemos procura dirigir. Una vez le preguntaron a Woody Allen qué pensaba sobre la muerte y él contestó estoy en contra. En efecto, algo de eso hay en la diversidad de reclamos que estamos viendo en el espacio público pues, como destaca Ernesto Calvo, lo más relevante en esas identidades no es lo que son, sino lo que nunca serían. 

La predisposición reactiva hacia el peronismo de esa minoría intensa ha quedado clara en estos primeros meses del Frente de Todos. Si algo le faltaba a la extraordinaria tradición movilizatoria argentina era la originalidad de imaginar una plaza entre los balcones, como sucedió con los cacerolazos tempranos de la cuarentena, o el dudoso sentido de la oportunidad que significa salir a protestar en medio de una pandemia que tiene en vilo al mundo y sin esgrimir demasiados motivos urgentes para hacerlo, a menos que el 5G (?) sea efectivamente una amenaza real para el país.

Marcha 9J - Buenos AIres
Fotografía: Franco Fafasuli (Infobae)

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol; digamos que ese problema ya estaba ahí antes de que Alberto Fernández asumiera. Esa es la razón por la que la necesidad de constituir una oposición amplia al macrismo nunca fue solamente una cuestión electoral sino, sobre todo, un tema de sustentabilidad política para gobernar. Ahora bien, lo que sí parece ser novedoso es que ese juego de suma cero que, por consumo irónico o por costumbre, llamamos grieta puede empezar a representar un problema también para la oposición, cuyos dirigentes por estas horas alternan entre el dialoguismo y la pirotécnica verbal sin acusar recibo de las contradicciones que subyacen a esa dualidad enunciativa.

Al respecto, quisiéramos aventurar una pregunta: ¿no será que la llamada disputa entre palomas y halcones lo que revela no es una división en la coalición opositora sino un quiebre en su propia base de sustentación social? ¿Y si se rompió el pueblo macrista?(1). Una hipótesis plausible, en esa línea, es que los estilos discordantes entre las cúpulas cambiemitas en realidad forman parte de un mismo movimiento atento a conseguir el difícil equilibrio de representar dos cosas distintas a la vez. Juntos por el Cambio no quiere dejar de liderar a la ciudadanía movilizada de estos días, pero tampoco quiere dejar de hablarle al grueso de la sociedad que, pendiente de los sinsabores del contexto, ve esas convocatorias y sus proclamas con relativa indiferencia.

Estrategia discursiva o desacuerdo real, lo que sí es indudable es que ese registro pendular acumula cada vez más tensiones hacia afuera. Por un lado porque el macrismo sunnita (para usar la controversial etiqueta que alguna vez evocó Natanson) merma la autoridad y credibilidad de los dirigentes de Juntos por el Cambio que gestionan territorios provinciales o municipales. Por caso, fue el mismísimo Mauricio Macri el que celebró las rupturas de la cuarentena en el propio distrito de su principal socio político. Es difícil creer que ese auto-boicoteo va a resultar gratuito siempre. 

Pero lo más importante es que el tono híper-político que asumen los críticos de la cuarentena comienza a desacompasarse del ethos que supo ostentar la mayoría silenciosa del macrismo, la propuesta inaugural del PRO de achicar la política. En la cuenta ideológica el antikirchnerismo aún pesa más que la antipolítica, pero la repetición de las imágenes de protesta convoca algo de ese TOC de laburante argentino que, como el personaje de Capusotto, está harto de que le hablen de política. El “por qué no se dejan de romper las bolas” está a la vuelta de la esquina de una fuerza que venía a descomprimir la política y terminó politizándolo todo.

Marcha 9J - Buenos Aires
Fotografía: Franco Fafasuli (Infobae)

Luego de probar su expertise territorial pareciera que una parte del macrismo está presenciando su propia romantización de la calle: todos los problemas se resuelven yendo a la plaza. ¿Y si es al revés, y una vez que se va a la plaza arrancan todos los problemas? La ocupación de la calle nunca es un juego aritmético ni acumulativo; no todo lo que brilla en la plaza es oro en el terreno de la representación política. Como dice bellamente Rancière, la política “hace escuchar un discurso allí donde sólo el ruido tenía lugar”(2). No se trata únicamente de decibeles; las razones también importan porque los significantes vacíos no ganan elecciones solos. Y en política hay un riesgo más grande que el de no lograr convencer: el peligro de que te dejen de escuchar porque nadie entiende muy bien a quién le estás hablando. 

El objetivo de las protestas recientes, y esa es su principal “virtud”, es el de generar climas, correr los ejes de discusión, tensionar las relaciones de fuerza. Pero la sobreactuación del inminente desfalco republicano a veces se parece mucho al cuento del pastor que bromea con que viene el lobo. Lo paradójico aquí es que el 40% de Macri en 2019 no sólo termina siendo una cifra tentadora para diluir el impacto de la derrota, también puede resultar un pesado lastre a la hora de pensar una narrativa unificada y coherente capaz de interpelar a sectores amplios de la sociedad.

El Frente de Todos tiene una dificultad doble ante las protestas, no las puede subestimar porque tienen efectos inmediatos en el micro-clima democrático pero tampoco las debe sobreestimar porque su efectividad depende, justamente, de la resonancia que producen en el debate público. Un principio que debe recorrer la lectura de estos episodios es que no se puede representar a todxs. Pero, además, es menester recordar, como quería Laclau, que ese “todxs” nunca es una realidad a priori, en algún sentido es también un producto mismo de la representación. Por eso tiene todo sentido la invitación de Mariano Schuster: pensar una política de la oferta y no simplemente de la demanda. 

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El oficialismo hoy tiene la necesidad de evitar las polémicas innecesarias, fortalecer el diálogo con los espacios opositores menos radicalizados, tensar la convivencia interna de esas facciones y robustecer el debate público para aislar las expresiones de odio como la que sufrieron los trabajadores de prensa el jueves pasado. No es tanto una cuestión estratégica, lo exige la convivencia democrática en un país en ebullición.

En ese camino el gobierno nacional ya debería estar promoviendo su propia agenda y motorizando los acuerdos necesarios para llevarla adelante. Si te van a putear, siempre es preferible que las discusiones se den en los términos que proponés vos y no en el que te imponen los otros. Al margen del ruido de las manifestaciones, no existe ninguna razón para creer que no hay margen para encarar inteligentemente el tratamiento de temas que, por definición, suelen ser más espinosos. Sería un buen oxígeno para la política, y una buena señal hacia los sectores más golpeados por el doble impacto de la crisis económica y sanitaria.

Referencias:

  1. Fue Martín Rodríguez el que propuso el nombre de “pueblo macrista” para referirse al conjunto de ideas preexistentes que luego el PRO buscó aglutinar en su proyecto.   
  2. La referencia pertenece a El desacuerdo (Rancière, 1996). Hemos tomado la cita de: Inda (2019), “De pueblos, multitudes y populismos: sujetos políticos y transformación social en las nuevas teorías críticas”. En Galafassi & Ferrari (comps.), Antagonismo, hegemonía y subjetividad (95-116). Buenos Aires: Extramuros.