TECNOLOGÍA AL BANQUILLO O EL ARTE DE LA EVALUACIÓN SOCIAL DE LA TECNOLOGÍA

Por Agustín Ramiro Silvestri

*Imagen de portada: Bruce Conner “Bombhead” (2002)

La nota nos lleva hacia la problemática del abordaje social y de políticas públicas en torno a la evaluación sobre los impactos de la tecnología, más allá de los muros de los “expertos” científicos y tecnológicos.

La “neutralidad” de la ciencia y la tecnología

Quizás no resulte baladí, o quizás no pertenezca al ámbito de la antigua y poderosa casualidad, para no usar una palabra tan insufrible y ostentosamente borgiana, que se aproveche el 75 aniversario del lanzamiento de las dos bombas atómicas a Japón, para invocar a un viejo debate: el de la evaluación tecnológica.

Pero antes sigamos con las bombas, porque es la mejor forma de tirarse a esta agua, particularmente fría. La utilización de energía atómica o nuclear para la destrucción de dos ciudades enteras no sólo nos debe llevar a hablar de la responsabilidad de los Estados Unidos en el horror. El Horror, como repetía en el letargo el Kurtz de la novela de Conrad, y el de Brando. Este horror nos debe obligar al debate por la responsabilidad de la actividad científica, y también, de la tecnología misma. La primera, la de los científicos, puede parecer mucho más obvia que la segunda.

Una vieja imagen sobrevive en el mundo (y quizás en la utopía) de los tecnólogos, y de aficionados también: la de la neutralidad de la tecnología. Así, los artefactos, o artificios, no tienen ética en sí mismos, son neutrales: una tecnología podría usarse para buenos fines o para los malos. En este esquema, los últimos responsables son las empresas o la política; la ciencia y la innovación no son más que aquel manantial puro que algún malvado, o negligente, mal utilizará.

Bruce Conner - Bombhead
Bruce Conner, Bombhead (2002)

Pero fue justamente la bomba atómica la que destruyó los cimientos de esta convicción, más allá de su persistencia. Como afirmara Günther Anders, los artefactos también tienen máximas y principios, el de la bomba atómica es la destrucción total (1). Agregando otro ejemplo, un poco menos explícito, el principio o máxima de la maquinaria fabril sería entonces el desplazamiento del obrero, además de la mejora en la productividad. Pero continuando con lo nuclear, luego de las bombas, vinieron las catástrofes de la energía nuclear para su uso civil, Chernóbil en 1986 y Fukushima en 2011. “Me he convertido en muerte, el destructor de mundos” dijo el padre de la bomba, el físico frankensteiniano Dr. Robert Oppenheimer, citando el Bhagavad Gita, luego de la primera prueba en el desierto de Nuevo México.

El ejemplo de la energía nuclear, en cualquiera de sus aplicaciones, se proyecta entonces desde el problema de la tecnología en general, en todas sus dimensiones, especialmente aquellas grandes tecnologías que caracterizan a nuestro actual mundo industrial y comunicacionalmente inefable. La respuesta es obvia, la tecnología no es neutral, sus principios o máximas se miden fundamentalmente a través de sus consecuencias, que superan y desbordan ampliamente su utilidad.

El a veces subestimado sentido de obviedad también nos demuestra que vivimos en un
mundo ultra tecnológico. Pero, al menos, muchos sentimos que también vivimos en un anhelo constante e irrenunciable de democratización. Contrario a esta democratización es otra persistencia, la de la reserva cuasi esotérica de la experticia. Columna tecnocrática. Esta dimensión fundamental de las consecuencias tecnológicas pareciera ser que también son sólo objeto del arbitraje de los expertos, es decir de los mismos científicos, aun cuando las víctimas no sólo no son expertos, sino que muchas veces ni siquiera son conscientes de la actividad tecnológica.

Democraticemos

Con lo dicho podemos entrar ahora a pleno en la materia del título que, dado el tema,
no es en absoluto un título estrambótico. Los fracasos, o daños colaterales, de la utopía tecnocientífica dieron nacimiento a nuevas áreas de reflexión en el ámbito académico; por un lado, especialmente con el surgimiento de los Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología, o Estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad; y por otro, al surgimiento de políticas públicas que tuvieron como uno de los pilares las agencias u oficinas de evaluación tecnológica (2).

El primer organismo creado fue la Office of Technology Assessment (Oficina de
Evaluación Tecnológica) en 1972, en la órbita del Congreso de los Estados Unidos, país con los mayores niveles de judicialización por efectos tecnológicos y ambientales (3); quizás la película “Erin Brocovich” (2000) sea la mayor propaganda sobre este asunto. Pero volviendo al tronco, dicha oficina fue cerrada por la mayoría republicana de la Cámara de Representantes en los noventa. Hoy en día el fantasma de su reapertura recorre muchas de las promesas electorales.

La creación de dicha área no acabó en el capitolio. Aún vigentes, tanto en el Parlamento Europeo, como en cada país de la UE, la evaluación tecnológica tiene sus propios ejemplos vivos. La lógica de los mismos consiste principalmente en evaluar las  consecuencias de la aplicación de tecnologías, tanto en sus beneficios como en sus impactos negativos. A partir de esta evaluación el paso siguiente queda en el área de la decisión legislativa en busca de alternativas. Simple.

Tecnología 1

La siguiente discusión sobre estas oficinas, no tan simple, comenzó a girar entonces en torno a su participación interna, punto de partida para pensar en la democratización de estos debates. Con ello surgió el diseño de la evaluación participativa, frente a una evaluación guardada por los expertos (4). A partir de este enfoque, son los principales involucrados en los impactos tecnológicos, sean positivos o negativos, quienes tendrían todo el derecho de participar, junto a los científicos, al Estado, y otros actores, en el proceso de la evaluación tecnológica. Así, la tecnología baja de su parnaso o, mejor dicho, de la fragua del dios Hefestos, y comienza a ser entendida como problema eminentemente social.

Nuevamente con la obviedad, nuestra realidad nos obliga a buscar formas institucionales que insistan en una cultura política democrática, anclada en la participación pública, así como basada en una ética de la responsabilidad. En el imaginario, la innovación tecnológica tiene hoy casi el mismo poder mesiánico que el concepto de Providencia en la Edad Media.

Nadie duda de las enormes bondades que nos ha traído la innovación, pero un pequeño atisbo de responsabilidad ciudadana y social nos llama a reflexionar no sólo en los impactos que la historia ha demostrado muchas veces catastróficos, sino también en mecanismos democráticos para poder evitarlos a través de la identificación de alternativas. Y no hablamos sólo de energía nuclear, puerta de entrada a nuestra reflexión, hablamos de fármacos, hablamos de desempleo tecnológico, hablamos de estrés informático, hablamos de tecnología agrícola, hablamos de cotidianeidad.

Debe reconocerse que muchas veces las decisiones respecto a la innovación son tomadas dentro de contextos de incertidumbre, produciendo daños sinceramente no intencionales (5). Ok, lo entendemos, entonces, una evaluación social y participativa (para contraponerla a la de los expertos) de la tecnología puede ser la mejor  complementación para poder aprovechar los efectos que sí son positivos y una de las tantas opciones para desembarcar en este puerto con miles de posibilidades.

Pero insistiendo finalmente en un prohibido olvidar que, parafraseando la máxima de Benjamin, al fin y al cabo también la tecnología como documento de cultura es al mismo tiempo documento de barbarie.

Referencias:

  1. Günther Anders citado en Mitcham, Karl. ¿Qué es la filosofía de la tecnología? Barcelona, Editorial Anthropos, 1989; p. 109
  2. VVAA. Ciencia, Tecnología y Sociedad: una aproximación conceptual. Madrid, OEI, 2001.
  3. Mitcham, Karl. Idem.
  4. VVAA. Idem.
  5. Olivé, León. El bien, el mal y la razón: facetas de la ciencia y de la tecnología. México D.F., Paidós, 2000.

Sobre el autor:

Agustín busca un título para la sonrisa familiar y por ahora lo hace como estudiante de Historia. Aventurero en el mundo de una historia crítica y social de la tecnología; milita las vocaciones transdisciplinarias; sin embargo, su parte más noble es la autodidacta. Híbrido pesimista y optimista, según hable el humor dialéctico de la Historia. Su parámetro moral es como versa Paco Urondo: el libro bien escrito, y otras verdades puras.