ENTRE EL SUEÑO Y LA VIGILIA

Por Sol Frasca Tosetto

Ruta

Abrí los ojos. Eran las 3am. Mi sentido paranoico, alimentado por las historias del hombre de la bolsa en mi niñez, las películas de terror de mi adolescencia y el terror clasemediero de una entradera, no pueden más que fusionarse para decirme que, sea lo que sea que me despertó a esa hora, no es bueno. Agudizo el oído, tratando de descifrar los sonidos de la oscuridad, trato de no moverme, o hacerlo sigilosamente, para no avispar al intruso material o no molestar al espíritu merodeante. Trato de tranquilizarme: “Son los muebles crujiendo”, “ese ruido es lejano”, “Todo está en tu mente, todo está en tu mente, todo está en tu mente”. A veces funciona. A veces el pánico ataca. Pienso en las posibles estrategias que haría. Mucha peli de acción por acá. Pienso técnicas para conciliar el sueño. Consigo soñar. No la conciliación. Cierro los ojos.

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Abrí los ojos. Han pasado apenas dos horas y veintitrés minutos. Muy temprano para levantarme, pero, claramente, no voy a dormirme rápidamente y cuando suene el despertador no lo voy a escuchar. Un dejà vu conocido. Empiezo con las ovejas, las visualizaciones, la meditación… pero, a la vez, sé que la impaciencia, el cosquilleo, no es casualidad. Es que los sueños a veces se hacen realidad. Las pesadillas también. Cierro los ojos.

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Es 11 de agosto. Hoy se vota, me levanto temprano porque después de votar salgo para San Rafael por cuestiones de laburo. No me levanté tarde, pero no tan temprano como quisiera. Me apuro para desayunar. Mi viejo en la cocida estaba tomando su primer termo de mate, con el que arranca el día. Me dice “esperame y vamos juntos”. Lo espero un rato, pero, como suele pasar, se demora. Decido ir yendo. Siempre nuestra mesa es la única que tiene fila larga. Como ley de Murphy. Esta vez no pasó. Llegué y entré. Voté. Siempre miro todas las boletas, corroboro que estén. No me acuerdo eso con tanta nitidez, pero seguramente algún corte realicé adentro. Salgo. Mi viejo todavía no llega. Lo llamo, porque si me voy y no le aviso, se puede desatar la tercera guerra mundial. No atiende. Espero un rato. Veo el padrón de mi mesa, que es como el padrón familiar. Cada vez es más corto, pienso. Después de un rato, llega, pero yo ya estoy acelerada y enojada, dos cosas que me suceden con bastante facilidad. Nos cruzamos y arranco rápido para mi casa. Tengo que alistarme lo más rápido posible, para buscar a la Nani, y salir. Lo hago, salimos. Arrancamos. Hay mate y música hermosa. Al principio, estoy medio tensionada, pero a medida que pasa el tiempo empiezo a disfrutarlo. “Qué lindo es viajar en ruta”, pienso en un momento. La vida es así. Qué sé yo. Con la Nani hablamos de todo, compartir laburo y amistad, es un privilegio. Acá hago un parate. Porque es cuando se siente la punzada. El nudo en la garganta y en la panza. No sé cómo explicarlo, porque también me costó en ese momento. Tal vez, lo más sensato, sea retrotraerme a las palabras de aquel entonces.

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Pocxs tienen la posibilidad de relatar su muerte. Yo puedo. Hace una semana morí y renací, en el mismo momento. Sería errado decir que salí ilesa, porque algo por dentro se rompió. Como se rompe un cascarón, como se quiebra una semilla. Fue una muerte inesperada, pero esas muertes son conocidas. De lo que no se habla tanto es de los nacimientos inesperados. Lo de inesperado, es más una cuestión de percepción, porque las señales, los preparativos, todo estaba ahí. Más de una vez soñé con ese momento, pero esta vez no fue un sueño.

El parto duró un segundo, o mejor dicho, cincuenta milésimas de segundo, lo que dura un parpadeo. Morir y renacer. Morir para renacer. Y ahí, en ese parpadeo, en el paso del control al descontrol, del corazón acelerado, de no saber qué estaba pasando, en ese momento que pareció escaso y eterno, en la incertidumbre, el desentendimiento, pude comprender el llanto de la niña que sale del vientre, que grita, que llora, que no entiende cómo, por qué, ni en qué momento, la fuente que la contenía se rompió, en qué momento la comodidad se volvió desconcierto. Todo eso es recuerdo confuso, mezcla de fantasía y realidad. Creación inverídica de un acontecer abrupto. Sí recuerdo el momento de la pausa, de los pies en la tierra, de reconocer el caos. Volcar, ante la necesidad de dar vuelta mi vida. Cambiar el rumbo para agradecer la vida. Renacer, recordando quién fui y ya no seré. Entender que la pausa es necesaria, luego de tanto ruido. Aprender a caminar o a elegir el camino. Quedar abierta para remodelación. Morir y renacer en cincuenta milésimas de segundo.

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Sí, ese escrito dice mucho, pero no todo. Ojo, dice todo lo que podía decir en ese momento. Es bueno tenerlo, porque una vuelve siempre a los viejos escritos donde amó la vida. Sabrás entender el plagio, Negra querida. Ahora sí. Recuerdo perfectamente la lavadora del momento en que volcamos. La yerba, los cereales y unos stickers que llevábamos, girando a nuestro alrededor. La verdad, que si en algo no nos miente el cine son en las escenas de autos volcando. Recuerdo el momento en que paramos de dar vueltas. Girar a ver a la Nani, saber si estaba bien. Bajarnos. Alejarnos de la camioneta. Abrazarnos. Sentarme de cuclillas. Agarrarme la cabeza. Sentir que era un sueño. Saber que no estaba soñando. Que después de todas las veces que soñé eso, después de todas las sesiones de terapia hablando de cuánto me aterra, me angustia, me desequilibra la pérdida de control… lo había perdido. Rápidamente llegó el primer auto, que nos vió, otro más. Todxs queriendo ayudar. Al tiempo, la policía. Un poco después, o antes, ya no sé, la Vicki, que nos esperaba en San Rafael, y logramos contactar una de las pocas veces que tuvimos señal. La grúa que llegó cuando ya anocheció. Yo sólo pensaba en dos cosas: en que quería irme de ese lugar, para tener señal y avisarle a mi familia que estábamos bien; y en Alberto, Macri y el resultado de las P.A.S.O. Y sí, las mañas no desaparecen ni en los peores momentos. Después de una espera interminable, ya estaba en el asiento del acompañante de la grúa yendo a lo de la Vicki. Faltaban 15 minutos para llegar a San Rafael. 15 minutos nos separaron del “Tuvimos un viaje hermoso, tranquilo” al “Tuvimos un accidente, pero estamos bien”.

La verdadera tortura vino después. Amanecí el 12 de agosto pensando en hacer todos los trámites del seguro temprano para volverme a Mendoza. Tres días tuve que quedarme en San Rafael. A la burocracia no le importa el dolor, eso ya lo sabemos. Pero no sólo no le importa, sino que hace todo lo posible para que se acreciente. La lógica que manejan es “esto deberías saberlo”, porque, claro, unx vuelca en la ruta todos los días. En un juzgado fue donde exploté. Creo que al día dos. A la salida me rompí en llanto, primeras lágrimas respectivas al accidente. No sé llorar, por eso escribo. Llorando llamé a mis viejxs, y la ligó también la Ceci que justo me había mandado un mensaje para saber cómo estaba. Todo lo que quería era teletransportarme a abrazar a la Roma. Al tercer día llegaron mis viejxs. Era el mismo día que debutaba De Rossi en Boca. Después de dejar “todo listo” para volver al otro día. Fuimos a un bar a comer y ver el partido. Un bocado de la milanesa y tuve que correr al baño a vomitar. Toda la noche con vómitos. Escribir y vomitar son acciones bastante parecidas. Así fue que, luego de tres días lejos de mi casa, tras una noche de vómitos, tuve que volver a pasar por la misma ruta donde me había accidentado. Completita la cosa.

Antes de llegar, ya había pedido turno con la “Bibi”, la reikista de la Anita. Sí, es con B, no con V, al igual que mi mamá. La Anita, que cuando se enteró me contó que ella, casi diez años atrás, había tenido un accidente similar, casi en el mismo lugar. Unx nunca termina de conocer a las personas. Por suerte. La sesión con la Bibi reikista fue confusa al principio, ya que, si bien me considero una persona religiosa, tanta imagen de santxs me perturbaba un poco. Y la verdad, que más allá de los oleos y la ruda que Bibi me “recetó” al final de la sesión, hubiese sido algo sin importancia si no fuera porque, casi al final, en un momento de meditación, Bibi me dice “Ahora, si mirás a tu izquierda, vas a ver al ser que te salvó”. Y ahí estaba, con toda claridad, mi Yaya. Rompí en llanto, por segunda vez, pero ya no de impotencia, sino de amor. Creer o reventar: elijo creer.

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Abrí los ojos. Bibi me dijo en esa sesión, que cada vez que me apareciera una imagen del
accidente, se la encomendara a Dios. A veces lo hago, pero otras veces me detengo a analizarla. No porque quiera contradecir a Bibi, pero eso también me ayudo. Hago hincapié en el “también”. Ha pasado un año, y muchas cosas han cambiado desde el vuelco para acá. No puedo vender el cuento de hadas ni el final feliz después del sacudón, sí sé, que veo con más claridad. Y que hay cosas que ya no me banco más. Ojo, no lo intenten en sus casas. No crean que hay que vivir estas experiencias para poner una pausa, barajar y dar de nuevo. Sí creo, que si te tocó vivirlas no podés seguir andando como si nada hubiese pasado. Vuelvo a mirar el reloj. Son las 5.39 del 11 de agosto del 2020. Alberto la rompió en las P.A.S.O., y en las generales. El rasguñón del cinturón en mi pecho y los dolores de la Nani ya no están. De Rossi, tampoco. Los oleos del amor de la Bibi, quedaron. El acelere, sigue, pero siento que le estamos ganando la batalla. La Yaya, siempre mi estrella brillando en el cielo. El desvelo, otro fiel compañero. Caigo en que anoche me acosté escuchando “Tu falta de querer” de Mon Laferte. Esa canción sonaba cuando todo pasó. Desde ese momento, es parte de la banda sonora de mi vida. Cierro los ojos.

***

Hoy volví a dormir en nuestra cama
Y todo sigue igual
El aire y nuestros gatos
Nada cambiará
Difícil olvidarte estando aquí, oh
Te quiero ver
Aún te amo y creo que hasta más que ayer
La hiedra venenosa no te deja ver
Me siento mutilada y tan pequeña
Ven y cuéntame la verdad
Ten piedad
Y dime por qué, no, no, no
Cómo fue que me dejaste de amar
Yo aún podía soportar
tu tanta falta de querer
Hace un mes solía escucharte
Y ser tu cómplice
Pensé que ya no había nadie más que tú
Yo fui tu amiga y fui tu compañera
Ahora dormiré
Muy profundamente para olvidar
Quisiera hasta la muerte para no pensar
Me borro pa’ quitarme esta amargura
Ven y cuéntame la verdad
Ten piedad
Y dime por qué, no, no, no
Cómo fue que me dejaste de amar
Yo aún podía soportar
tu tanta falta de querer
Ven y cuéntame la verdad
Ten piedad
Y dime por qué, no, no, no
Cómo fue que me dejaste de amar
Yo aún podía soportar
tu tanta falta de querer