NO ES MOMENTO DE SINTETIZAR

Por Javier Frias

El chiste funciona cada vez con unidades de tiempo más pequeñas: Argentina es ese país donde en un día cambia todo y, a los tres días, no cambió nada. Si los análisis del jueves leían la conferencia de prensa de Horacio Rodríguez Larreta como una plataforma de lanzamiento de su figura a nivel nacional, la nota que publicó este domingo Mauricio Macri recuperó la agenda confrontadora de la oposición y puso paños fríos a las expectativas de novedad. Hasta el momento no hubo muestras públicas de demarcación por parte de los dirigentes de la Ciudad respecto de las caracterizaciones vertidas por el líder del espacio, lo cual ahonda en la hipótesis de que la foto prematura del jueves exhibe más una debilidad que una fortaleza en las ambiciones presidenciales del jefe de gobierno porteño.

Cuando Alberto Fernández encontró en la coparticipación una caja para solucionar el conflicto abierto con la policía bonaerense sabía que, de prepo, su decisión trastocaría el orden de fuerzas. La propuesta de reducir un punto de la coparticipación cedida en 2016 a la Ciudad de Buenos Aires obligaba a Rodríguez Larreta a pararse como referente principal de la oposición. Naturalmente eso le ofrecía al mandatario porteño una vidriera nacional como la que Alberto Fernández le había brindado con la mesa tripartita de gestión de la pandemia, además de una veta narrativa que el dirigente del PRO supo exprimir muy bien en su discurso: los verdaderos dialoguistas somos nosotros. Pero para el Frente de Todos la maniobra tenía una ganancia evidente, no sólo porque con esa solución ponía como interlocutor de la oposición a un dirigente más propenso a negociar, sino porque ese tiro por elevación significaba para Larreta un doble costo. 

Por un lado lo largaba a la cancha con un reclamo incómodo, ratonear recursos obtenidos por decreto que ahora se destinarán, entre otras cosas, a recomponer el salario de la policía más numerosa del país. Digamos que el jueves Rodríguez Larreta habló con el corazón como candidato nacional y con el bolsillo contestó como jefe municipal. Su advertencia “mañana le puede pasar a cualquier provincia” debe verse como un intento imposible por nacionalizar una disputa que solo afecta los intereses de la ciudad más rica del país. 

El segundo efecto era el de forzar su liderazgo antes de tiempo con el desgaste que eso implica en un país como la Argentina. Shila Vilker y Lucía Aisicoff coincidían hace unas semanas en una lectura: en la efervescencia movilizatoria de la oposición Rodríguez Larreta figuraba como perdedor en la foto pero no en la película; pues, mientras el ala dura amortiguaba las críticas del oficialismo, el jefe de gobierno porteño cosechaba su propio capital político entre runners, partidarios del consenso y entusiastas de la gestión de la “normalidad”. Rodríguez Larreta aparecía como el que acumulaba cuando se apagaban los drones.

La exposición anticipada del jefe de la Ciudad no sólo tuerce esa ecuación sino que, en cierta medida, condiciona la dualidad comunicativa de la oposición que busca representar una base social dispar en lo que respecta a su vínculo con la política. La reaparición de Mauricio Macri es, al margen de sus razones personales, un intento por reencauzar esa estrategia pendular, circunstancia que pone nuevamente en el centro del debate la pregunta por la forma en que va a jugar la protesta callejera en las aspiraciones políticas de la oposición. ¿Juntos por el Cambio tiene una política de la calle o la calle tiene una política para Juntos por el Cambio? ¿Podrá Rodríguez Larreta conducir a la oposición en su propio “giro a la moderación”? ¿Dónde está el sujeto político del larretismo?

La plaza, la política, los votos

El 2001 introdujo una novedad en la tradición movilizatoria de nuestro país. No tanto porque ese año hayan salido a la calle sectores que no solían hacerlo antes, sino porque aquellas jornadas instalaron un sentido práctico transversal, una memoria inmediata acerca de la efectividad política de ocupar el espacio público. Podría decirse que ese aprendizaje terminó de sellarse en 2019, dado que, si bien Cambiemos tuvo su origen en un conjunto de procesos de movilización de sectores medios (1), el año pasado fue la primera vez que sus dirigentes hicieron explícita la ocupación de la plaza como una herramienta legítima de acumulación de poder político. Ese “giro territorial”, que el propio Macri reivindica en su nota, ha alterado la fisonomía de la calle pero, sobre todo, ha modificado la propia dinámica interna del polo antikirchnerista.   

Inicialmente, para el PRO la sociedad era lo que no se veía. Lo esencial, en política, era invisible a los ojos. En su imaginario, la idea del tipo que, después de laburar, sólo quiere llegar a su casa porque no da más de soportar el peso de un Estado que presume demasiado grande. En los últimos meses, sin embargo, ese sujeto matricial de la pospolítica quedó desdibujado entre el ruido. Se rompió un poco el mantra ese de “la gente” porque ahora una parte de esa gente está en la calle, ya no se necesitan demasiados intermediarios. Por eso, como si fuera una metáfora de la forma en que concibió su gestión, Juntos por el Cambio no procura transmitir el mensaje de la plaza, simplemente lo acompaña. La gente reclama algo y la oposición toca bocina. El partido como un compendio de declaraciones “a título personal”, los dirigentes como “acompañantes terapéuticos” de la indignación ciudadana. 

Fotografía: Franco Fafasuli

Pero la ciudadanía silenciosa que dio volumen electoral al macrismo sigue estando allí. El equilibrio inestable entre perfiles duros y softs en Juntos por el Cambio hasta ahora sirve para dar contención política a sujetos distintos. Es la propia versión opositora del “es con todos”. Y no se trata de ignorar las disputas internas que se cuecen por lo bajo, sino de preguntar por qué esas tensiones tienden a ser absorbidas hacia adentro del espacio. Al respecto, los armadores de la oposición podrían esgrimir: “con Macri y Bullrich no alcanza, pero sin ellos es imposible”.

Ahora bien, como plantean Martín Rodríguez y Pablo Touzon (2), la crisis de la representación política no es por representar poco sino por representar demasiado. Representar todo es idéntico a no representar nada. En algún momento tendrá que llegar una síntesis, una narrativa unificada que ordene hacia abajo. La experiencia indica que esa síntesis debería llegar de la mano de un copamiento del “centro” pues, en los últimos años, los discursos polarizantes vienen siendo bastante ineficientes a la hora de producir mayorías electorales. Como resumió Emilio Monzó, “la gente consume conflicto, pero vota moderación”. Rodríguez Larreta ya anotó unos porotos para liderar esa línea; lo que resta saber es si lo dejarán y, más importante aún, si le alcanzará.

Cerrar una época

Resulta tentador trazar un juego de espejos con lo ocurrido en la interna peronista de 2019. En aquel momento, tras el anuncio de CFK, el peronismo selló por arriba lo que estaba partido por abajo. Su base social refrendó esa convocatoria y una mayoría de argentinxs acompañó con su voto en un contexto de empobrecimiento generalizado. ¿Habrá espacio en Juntos por el Cambio para intentar algo parecido? ¿Será igual de pragmático su electorado a la hora de convalidar una opción que busque disputar el “centro”? Y, por otro lado, ¿será lo suficientemente novedosa esa oferta como para diluir el recuerdo del pasado cercano y convocar a sectores más amplios?

Hay algunos motivos que justifican estas dudas. El primero es que, con la excepción de 2015, el macrismo se viene mostrando tan intransigente en sus concepciones de la política como en el plano de las ideas económicas. Durán Barba siempre fue partidario de que si la realidad no se amoldaba a la teoría, peor para la realidad. Juntos por el Cambio tuvo la oportunidad de apostar por un armado consensualita en 2019 y prefirió permanecer aferrado a lo que Ignacio Zuleta llamó el “Partido del Ballotage”; polarizar y esperar el desempate que nunca llegó. 

El segundo motivo es que el Frente de Todos fue el resultado de un acuerdo entre espacios heterogéneos. Es decir, su fortaleza residía en su pretensión de novedad. Las contradicciones internas quedaban relativamente absorbidas por esa acumulación original de adhesiones. En contraposición, a Juntos por el Cambio las contradicciones le son propias. Su síntesis, por ahora, no puede ser otra cosa que una síntesis de sí mismo; un barajar y dar de nuevo con las mismas cartas. Si en 2015 su aspiración hegemónica exigía proponer un futuro, hoy exige desactivar un pasado.

Y el tercer elemento remite a las condiciones políticas y sociales de esa emancipación, a saber, ¿quién está dispuesto en la oposición a asumir el cierre de época? Podría decirse que Rodríguez Larreta no tiene un sujeto al que hablarle porque todavía no se inventó el larretismo, pero la dificultad del dirigente porteño para articular una narrativa ordenadora del campo opositor no es simplemente un problema de oferta sino también de demanda. “El verdadero escollo de Larreta es el carácter fagocitador del núcleo duro del PRO” apunta Lucía Aisicoff. A diferencia del Frente de Todos, la base social de Juntos por el Cambio exhibe una paradoja, esto es, presenta menos niveles de organicidad pero a la vez está más fuertemente definida por su negatividad respecto a un Otro. Esa negatividad le permitiría cerrar filas detrás de una candidatura más consenso friendly que le dispute el poder al peronismo, pero su inorganicidad la dispondría a acompañar opciones que interpelen mejor su identidad y polaricen más claramente con su adversario en términos simbólicos.

En ese marco, el reparto de estilos entre halcones y palomas es, ante la ausencia de una construcción política activa que busque producir algo distinto, casi una cuestión de subsistencia para Juntos por el Cambio. Un juntar lo que hay y después vemos. Es realmente difícil que ese collage, esa suerte de oposición “por promedio” (3) resulte gratuita, sobre todo de cara a los incontados de las encuestas, la porción invisible de la ciudadanía que últimamente viene definiendo las elecciones y que suele castigar malas gestiones económicas, discursos altisonantes e incongruencias. Pero, por supuesto, para eso falta una eternidad y hay una crisis social en el medio; la síntesis puede esperar…

Referencias:

  1. En una muy recomendable nota publicada en Anfibia, María Esperanza Casullo ubicaba tres grandes procesos de movilización social que sirvieron de reflujo al surgimiento de Cambiemos: 2001, las marchas contra la 125 y los cacerolazos masivos de 2012.
  2. En La grieta desnuda, publicado por Capital intelectual en 2019.
  3. En el newsletter de Fernando Rosso, Pablo Touzon utilizó esa idea al hablar de los peligros de que la unidad del Frente de Todos se transforme en un “peronismo por promedio” que termine despotenciándolo.