CHANCHIFUTBOL…

Por Agustín Rosenstein

“Toda literatura es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real (…)”, supo decir Borges en su prólogo a las Crónicas Marcianas de Bradbury. Y no es que quiera contradecir al inspector de aves de corral, pero Borges nunca conoció a mi amigo Quique. Sino estoy seguro que hubiese comprendido que no hay “unas pocas” experiencias fundamentales, sino sólo dos: las que dejan marcas y las que no…


– El realismo es una cosa, un sustantivo– decía Pucherito Ruso mientras le daba el último lengüetazo al papelillo–, una cosa suculenta y espesa, como Mandinga. Eso… yo hago literatura mandinga, sí.  

Chispeó dos veces el encendedor hasta que la llama brotó iluminando su rostro, tanto más mientras lo acercaba al faso que salía de su boca. Una vez que encendió la punta, guardó su encendedor, y de su rostro iluminado sólo quedó un punto rojo que se perdía en la oscuridad de la plaza.  

– En serio, es omnipresente– insistió el materialista–, nadie ni nada se le puede escurrir al realismo. Lo que decís es imposible.

– A que no– contestó la otra–, ¿querés apostar?

– No me hace falta nenita, ya lo he intentado muchas veces, te digo que es imposible.   

– ¿Sos tonto? – preguntó muy seria– ¿Quién dice?

– No, no soy tonto, pero es una locura. La gente ya no se sorprende con la literatura fantástica. Es por las cosas que mira en el celular y en la televisión. “Shock de imaginación” le dicen en la jerga científica, tendrías que leer más a Zizek…

– Ah bueno– dijo Juliana con una carcajada burlona– ¿Y a ese flaco de dónde lo sacaron? Llegó tarde a la repartición de nombres y le dieron el de un personaje de Asterix el galo…  

– Nada que ver. Ni es un nombre, ni es flaco. Es su apellido y es re gordo– respondió.    

– Ayyy él, lo defiende, debe ser uno de tus ídolos posmarxistas seguro– le apretó un cachete para hacerlo calentar–, ¿también le gusta la falopa como a vos?

Pucherito la miró enfurecido. Me imagino perfectamente lo que debe haber pensado, “no se jode con esas cosas”. Pucherito puede ser un irresponsable en muchos aspectos, menos con la falopa, eso hay que reconocérselo.  

– Hablando de falopa, miren quién viene ahí– dije y señalé el otro extremo de la plaza en la que estábamos charlando–. Ahí viene el Quique… 

Más que por la llegada de Enrique, intervine la conversación para evitar que se desvirtuara con el comentario de la negra sobre Pucherito y su consumo problemático.  

Es que la discusión hacía un año que se había vuelto recurrente: Juliana, mi mejor amiga y especialista en el drama británico, insiste en que es urgente retomar la literatura fantástica como una herramienta para combatir la ola de idiotez metódica a la que nos someten las fuerzas de la globalización, mientras que Pucherito Ruso, mi mejor amigo y prolífero estudiante de sociología, sostiene que el género fantástico murió con la Gran Depresión y que el único objeto de la literatura desde entonces se justifica en el miedo a ir presos si hiciésemos lo que nuestra imaginación nos dicta.   

– Quique, si venís acá a tomar falopa mejor tomate el palo, estamos hablando cosas importantes– dijo en voz alta Juliana.  

Enrique cruzaba la plaza en diagonal hacia donde estábamos sentados nosotros… 

– ¿Cómo que están hablando cosas importantes? Pero si está Pucherito– bromeó Quique.  

– Ah se pusieron todos en sogueros– respondió el otro.    

– No te calentés loco, vos sabés que soy un poeta cínico, como Diógenes– dijo Quique con una fingida mueca de seriedad–, además no vengo a tomar falopa, me la sacaron toda anoche.  

– ¿Cómo que te la sacaron? –le pregunté– ¿Tu vieja? 

– No ni a palos. Me la sacó la gorra– una sombra cubrió el rostro de Quique mientras hablaba–, anoche nos pararon acá no más, en la Paso de los Andes, y además de la verdugueada también nos comimos unos cuantos chirlos. No les digo, me persiguen como a los cínicos. Nadie entiende mi poesía… 

– ¡Qué garrón loco! No te la puedo creer– lamentó Juliana, más por la policía que por el pelotudo de Quique– Están re zarpados. 

– Sí mal… mirá cómo me dejaron la ñata– Quique mostró su nariz por dentro, llena de costras de sangre y el tabique desviado–, la tengo peor que cuando me la rompieron jugando a la pelota ¿Se acuerdan? 

Al tiempo que Quique decía esto, señalaba la canchita que se interna en el corazón de la plaza Malvinas… 

– ¿Se acuerdan cuando me rompieron la nariz en ese arco? – dijo con el sello de la nostalgia en su rostro–  Nunca más me volvió a quedar bien. Anoche cuando el policía me pegó la primera trompada ahí no más se me explotó el naso, toda la ropa llena de sangre. Eso es porque ya la tengo destrozada desde esa vez.    

– Viste Juliana – dijo Pucherito casi gritando– ¿Cómo vamos a hacer una obra fantástica si a la vuelta de la esquina pasan cosas como esa? ¡Es imposible! 

Ante la mirada desconcertada de Quique, le hice un breve resumen de lo que estábamos discutiendo, acerca de la posibilidad o no de reconstruir el género fantástico en el mundo que el capitalismo nos presenta. Claro que no con esas palabras, sino con palabras pertinentes a un poeta cínico que dice encontrar en la “no lectura” una nueva forma de leer. 

Luego de reflexionar unos segundos, Enrique opinó: 

– Yo no sé mucho de todo eso– respondió con honestidad–, pero sí sé que la literatura no deja marcas, y ésta gentuza sí… 

Les confieso, Quique ahora es un lumpen que hace videos en Instagram recitando fragmentos de “poesía disidente no binaria estrafalariamente cotidiana” como dice él. Y debo aclarar que no me causa ninguna gracia estar de acuerdo con un lumpen así en los tiempos sombríos que corren. Pero está en lo cierto. 

En la literatura no existe límite entre lo “real” y lo “irreal”, sencillamente porque no interesa. Quique cree que, en todo caso si existiese ese límite, lo “real” es aquello que deja marcas. Y como dijo él, ésta gentuza y su relato fatal sí dejan marcas. Quique, para reafirmar la validez de su postura, señaló su nariz chueca y deforme: 

– Dan golpes como éste– decía– golpes que dejan marcas para toda la vida…      

Y yo sé de qué hablaba Enrique cuando se señalaba la ñata. No hablaba particularmente de los golpes del policía la noche anterior, ni de la falopa. Hablaba de la tarde en la que conoció al aura Mandinga. Por eso puedo decir que estoy de acuerdo con él, porque yo estaba presente el día que arruinaron su nariz. 

Enrique vive en la sexta igual que nosotros. Jugábamos a la pelota en la misma plaza, la plaza Malvinas Argentinas. Todos los sábados, cuando copaban la cancha los chicos más grandes, el juego de los matones era la ley suprema. Ellos nos esperaban listos en la cancha, nos invitaban a jugar con una sonrisa pícara, canchera. Nosotros sabíamos bien lo que iba a pasar porque todos los sábados era lo mismo, conocíamos esa sonrisa de falsa amabilidad. Pero qué podíamos hacer. Eran chicos del primer año de secundaria, de octavo grado, nosotros apenas íbamos a quinto. Pero nunca les importó la edad. Antes de terminar el partido uno de los matones siempre gritaba: “¡Chanchifutbol!” … y chau, eso era todo. Quince minutos de libertad absoluta para re cagarnos a patadas. Como el sábado en el que le pegaron un codazo en la nariz al Quique y en lugar de ayudarlo siguieron en la suya, se reían. Su nariz se reventó como una frutilla, salpicó sangre para todos lados, pero los grandulones abusivos no hacían caso, no lo ayudaron, solo se reían. 

Ese juego no es fantástico. Ese juego dejó marcada la vida de Enrique para siempre, arruinó su nariz y su infancia al mismo tiempo, con la misma irreversibilidad.  

Ciertas personas, bien elegidas por el ojo supervisor del aura Mandinga, viven agazapadas esperando el momento para golpear, y cuando golpean, dejan los moretones más difíciles de curar, la angustia más difícil de sobrellevar. Quique ahora es un lumpen en Instagram que hace publicidad de su tesis de “no lectura”, está quemado. Pero en ésta estoy con él…

Sobre el autor:

Agustín tiene 27 años, es cuentista y bibliotecario. “Chanchifutbol…” forma parte de “El ajusticiamiento es un buen ritual de iniciación”, su antología de cuentos que pueden descargar para leer en la compu o el celular desde su perfil de Instagram.