TE AMO, TE ODIO, DAME MÁS

Por Facundo Villarruel

Fotografía: Sara Facio

Hoy me desperté con dolor de espalda. Antes de desayunar me tomé una pastilla para calmarlo. Hoy es el cumpleaños de Charly. Hace cinco años escribí un artículo en el que hablaba de Charly y el peronismo. Siempre el peronismo. Ese objeto tan difícil de definir. En mi época de trosko le decíamos bonapartismo sui generis. Sui Generis. Otra vez Charly.

Ahora estoy en un café cerca de casa. Los plomeros que están arreglando la cocina podrían ser peronistas. Peronistas somos todos. Creo que esto se está volviendo una obsesión. Los ruidos de los plomeros me sacaron de la cama, gente trabajadora y yo trabajando tanto la cama. Me cae un mensaje, tengo que terminar esta nota. Mi público lacaniano está ansioso. El psicoanálisis me hizo un poco peronista. Me sacó del narcisismo político, del izquierdismo. Simplemente por escuchar el deseo, nada menos.

El peronismo como ese oscuro objeto del deseo. Nunca he ido a una marcha peronista, nunca fui a un acto ni escuché los bombos peronistas, nunca me comí un chori entre “los compañeros”. Siempre contemplé esas manifestaciones desde lejos, como un antropólogo estudia a una tribu en la Polinesia. Tiene algo de misterio el peronismo. Un misterio que subsiste pese a tantas explicaciones, a tantas investigaciones sobre sus orígenes. Leí algunos de esos trabajos, los puedo contar con los dedos de una mano. Me falta. Tal vez una de las cosas que vuelve atractivo al peronismo es que no se deja atrapar del todo por la ciencia. Hay algo que excede, un plus. De hecho, es una crítica que se le hace, que es como la grasa en un buen chori. Pero ¡qué sabrosa es la grasa! Hay como un derroche en el peronismo. Derroche, exceso. Algo más allá de la racionalidad. Lo amo y lo odio, le pido más. Bah, ya no le pido tanto, los peronistas hacen lo que pueden con lo que hay. Otra lección psicoanalítica: arreglarse con lo que hay. Lo amo y le tengo miedo. “Te falta peronismo” me dijo una amiga. “Te falta chori”. Tuve novias peronistas, algunos cuchillos que me duelen, heridas narcisistas que se abren al escuchar los bombos. Como los tambores de una tribu primitiva despiertan los fantasmas. Habría que incorporar al peronismo a la lista freudiana de las heridas narcisistas. El inconsciente buscó a esas hermosas mujeres peronistas a pesar mío. Me pasa igual con el feminismo. Lo que uno rechaza con la conciencia vuelve, el cuerpo lo busca. El retorno de lo reprimido. Vuelve en forma de terror muchas veces, como un zombie. A veces me gustaría cortarme la cabeza.

¿Por qué le damos tanta bola a la cabeza? Quizás siga teniendo un pequeño Gino Germani en el fondo del cora. Y también un enano peronista. Cuántas veces escribí peronismo ¿? Ya es como un mantra. Como un mantra de mis labios. Oh mi corazón se vuelve delator. Delata mi amor y a la vez mi odio. El gorila republicano, respetuoso de la ley y las instituciones, convive con el King Kong peronista. Dos simios gigantes enfrentados en espejo. Ante el peronismo me siento un niño asustado frente a una bestia oscura, como le gustaba decir a Foucault al sexo. La bestia oscura del peronismo. Asociado a la sexualidad, a lo animal, a lo salvaje. A lo indomable. Pensar que cuando era trosko lo veíamos como todo lo contrario, como un movimiento que domaba al movimiento obrero, que lo fagocitaba y lo volvía la columna vertebral del movimiento.

No me siento tan lejos del anti-peronismo. No me causa odio escuchar a sus dirigentes. Mis certezas caen fácilmente. Perder en 2015 me hizo pensar. Y rechazar a todo ese peronismo narcisista que pensaba y piensa que la gente es tonta y vota mal. Perder te hace pensar. Hay que saber perder. Y el psicoanálisis sabe hacer mucho con lo perdido. A veces pienso que perder enseña más que ganar. Lo que es indudable es la seducción que ejerce sobre mí el peronismo y sus símbolos, sus contradicciones, sus rituales.

Una mujer se queja de la cercanía de las mesas en el café, el hombre que la acompaña mira el celular con cara de fastidio. Se escucha tango en el café. Tal vez de los cuarenta, la época dorada. Tal vez, por esa fecha se escribió sobre esto ya en algún café de Buenos Aires, cuando se estaba gestando el movimiento. Con gomina y en traje. En cambio, acá estoy,  con mi campera roja con los puños rotos, como un pordiosero. Un mendigo en el andén. Un mendigo en el café. Un mendigo que escribe. Ahora el café se vació. El tango sigue. Tengo olor a sexo. Olor a sexo. Me inspira a escribir estas notas un poco incoherentes sobre el peronismo, eso inasible, ese fálico movimiento. Quizás, como el falo, es tan fuerte porque sus rituales son un velo de un vacío de significación que habilita a cada cual a poner su estampita y su sentido. Porque cuando las cosas son más ambiguas permiten mayor flexibilidad. Dejando así la identidad como algo abierto e indeterminado. ¿¡Indeterminado?! ¡Cómo un sociólogo va a escribir sobre indeterminación! Si lo que enseña la sociología es que todo está determinado socialmente. El marxista levanta las cejas, sospecha, frunce el ceño. No acepta el límite de la razón y que el sueño de la razón produce monstruos. La fiesta del monstruo, el aluvión zoológico. Figuras para eso que escapa a la palabra, ese objeto de deseo. Mientras tanto Perón sonríe. Como rió el doctor Frankestein al darle vida a su creatura. Porque el peronismo es un Frankestein hecho con pedazos de otros. Su identidad está construida con retazos de otredad. Mejor dejar ese espacio en blanco, esa nada, para crear algo nuevo.