EL PLEBISCITO FUE UNA GANADA, ¿ALCANZARÁ PARA APAGAR EL FUEGO?

Por Roberto Lobos

En el día de ayer se llevaron a cabo en Chile las elecciones plebiscitarias para poner fin a la constitución actual. Una constitución escrita durante la última dictadura militar e impuesta por la fuerza. Con casi 80% de los votos a favor, el pueblo decidió apoyar la opción por el Apruebo que da inicio al cambio de la carta magna a través de una convención constitucional con el 100% de los representantes elegidos en las urnas. ¿Cómo se llegó a este momento?, ¿qué pasará en Chile, ahora, con la movilización social, con el descontento popular? Estas son las preguntas que intentaremos abordar en este texto.

Lo primero que hay que saber es cómo se llegó a esta votación. Es clara la relación de causalidad con el Estallido Social del año pasado, un levantamiento popular masivo que nace del descontento social contra una élite de privilegios. Es importante recordar que fue en Chile donde nació el neoliberalismo, siendo el primer país donde este modelo se puso en práctica. El neoliberalismo emergió como respuesta contrainsurgente al gobierno de Salvador Allende (1970-1973), una opción popular que se presentaba como la vía chilena al socialismo, buscando construir una alternativa local a la transformación social dentro de los parámetros de la legalidad democrática, mientras en paralelo la izquierda revolucionaria buscaba acelerar el proceso y la derecha mantener sus privilegios por todos los medios.

Con el tiempo, el neoliberalismo se consolidó en Chile como una sociedad de consumo y mercantilización, haciendo la vida intolerable, destruyendo las aspiraciones de ascenso social, y todo mito analgésico. El modelo neoliberal también traía consigo un modelo de gestión, el Estado subsidiario. Este subordinó lo social a la administración privada garantizando la marginación de gran parte de la sociedad. Un modelo económico, social y político que se instaló en prácticamente toda América Latina con distintos niveles de profundidad, incluida Argentina.

Chile ha pasado años con casi nulos derechos sociales. Para los sectores de trabajadores el sobre-endeudamiento se transformó en la única vía para sostener un estilo de vida impuesto y enajenante. Híper-consumo e híper-endeudamiento fueron los imperativos neoliberales, mientras un sector de la sociedad se enriquecía de sobremanera, ostentando un estilo de vida inalcanzable y vendiendo la imagen de un Chile irreal. El “oasis” de Piñera, el ejemplo para América Latina de Mauricio Macri o Mario Varga Llosa.

El 18 de octubre fue la fecha en que este “oasis” mostró su verdadera cara al mundo. Desde el 2006/2008 comenzaron a gestarse las críticas al lucro, a la desigualdad, a la injusticia de un país con crecimiento sin distribución de la riqueza. Luego vino el 2011 con marchas masivas por mejores pensiones, educación gratuita, derecho al agua, etc. De la impugnación al lucro y al abuso, se pasó a las exigencias por justicia social. Ante la negativa, el pueblo optó por la impugnación de hecho, la gratuidad de hecho, la apropiación por la fuerza popular de lo negado. Los saqueos y las evasiones no se pueden comprender por fuera de este mecanismo y las nulas respuestas desde la política; la consigna “evadir, no pagar, otra forma de luchar” lo resume perfectamente.

Chile terminó su dictadura militar con un relato de transición sin reparación. Las leyes de la dictadura se quedaron, los asesinos se quedaron, Pinochet pasó a ser Senador designado de la República, mientras la oposición ofrecía un relato de alegría y cambio que nunca llegó. Las fuerzas políticas “democráticas” se rindieron antes de luchar, no tenían interés de cambiar nada.  Incluso los miembros del antiguo partido de Salvador Allende mutaron de impugnadores a renovados y se sumaron al partido del orden encargado de asegurar la continuidad del proyecto neoliberal. Por eso cuando aumentó el boleto del Metro, la juventud respondió “no son 30 pesos, son 30 años”.

Quedó impugnado desde octubre del 2019 el modelo económico, el modelo social, incluso los políticos profesionales. El Estallido Social terminó de lapidar las instituciones y sus aparatos de orden y reproducción social. El Estado perdió toda la legitimidad, el parlamento, carabineros, los medios de comunicación, etc, quedaron con sus acciones a la baja. La élite decidió entregar la constitución e intentar canalizar la lucha social nuevamente dentro del juego de lo político, tras verse acorralada con el fuego en las calles, los sacrificios simbólicos y una gran huelga general. Claro que el plebiscito fue una ganada para el pueblo, ¿alcanzará para apagar el fuego?

La crisis

Si partimos de la idea de una crisis civilizatoria como telón de fondo, sería fácil identificar la conexión de lo sucedido en Chile con los cambios y las disputas por un nuevo orden social mundial, incluso dudaríamos de la posibilidad de analizar Chile como caso aislado. Aquí optaremos por hacer una abstracción analítica: nos centraremos en Chile por temas de espacio y porque lo que nos interesa es que las y los lectores de esta nota comprendan el estado actual de la cuestión.

“Son tantas weas que no sé qué poner” decía un cartel en una manifestación. La amplitud de las demandas, el descontento y la politización de la sociedad no pueden retroceder con un pequeño sacrificio para apagar un volcán, el ideal utópico instalado en la sociedad chilena habla de un proceso, pondera un camino de transformación que intentará adelantarse en la calle y con la lucha social. “Hasta que la dignidad se haga costumbre” es una impugnación ética, con una meta cuantitativamente indefinida en el tiempo.  

Con las instituciones estalladas y con la política impugnada, la correlación de fuerza (más, tras los resultados de ayer) está claramente inclinada hacía el pueblo. Pero a Piñera le quedan dos años de presidencia, y la sensación de triunfo acelerará las necesidades de cambio, más cuando el propio proceso constituyente se da entre una élite debilitada, pero cohesionada y con claridad, y una oposición también impugnada, temerosa de ir demasiado lejos, sin proyecto alternativo, al menos en el campo partidario. La nada contra el neoliberalismo nos habla de lo fuerte que son los anticuerpos del sistema social chileno, estamos en una crisis, pero donde lo viejo no solo no termina de morir, sino que se resiste a hacerlo con garras y dientes, y donde lo nuevo no termina de nacer, ni sabemos qué tan desarrollado está el feto.

El pueblo emergió como sujeto real en octubre del año pasado, sin construcción de sentido, y más allá de un recorte analítico. El pueblo salió a la calle sin relato, sin orgánica y sin liderazgo. Rosa Luxemburgo a principios del siglo XX y tras las experiencias de las huelgas generales europeas, advirtió que en ocasiones “la masa” se adelanta a toda canalización partidaria si esta no empalma con el verdadero sentir popular. Esto es complejo, porque una fuerza descomunal y expansiva puede ser inoperante por despilfarro de energía. No siempre el partido cumple el rol de dirección, en la literatura marxista clásica existen un par de categorías muy útiles para analizar estos momentos históricos, me refiero al dualismo condiciones objetivas/condiciones subjetivas, donde lo objetivo es lo dado, lo estructural, y lo subjetivo es lo propio a la acción, a la organización política.

En Chile las condiciones objetivas para una transformación social están dadas, ya lo señalamos anteriormente, el sistema tiene fracturas múltiples, pero hay débiles condiciones subjetivas, es en este plano en donde Chile se juega el futuro. El pueblo ha alcanzado una conciencia de sí, es cada vez más clara la distinción entre el “ellos/as” y el “nosotros/as”. Los propios resultados de ayer lo manifiestan con la clara correlación entre la opción plebiscitaria y el estrato socio-económico, siendo las comunas más ricas de Santiago donde el voto se inclinó a favor de la opción conservadora.

El futuro

La apertura del proceso constituyente y su composición, los tiempos extensos, la carencia de respuestas políticas, los rostros que quedaron (siendo el de Piñera el más importante), politizarán más el debate público. Pero si no hay un colectivo capaz de crear la hegemonía necesaria para conducir el proceso, solo tendremos subjetividades enfrentadas sin coordinación propositiva. Es importante que Chile parta de los ejemplos legados en los últimos años por el nuevo constitucionalismo latinoamericano, como fue llamada la ola que arrancó en Colombia en los 90 y resuelva rápidamente el rol que el pueblo ejercerá en la nueva constitución, esto nos marca las reglas del juego.

Otro elemento de importancia es la legitimidad del proceso, en constante inestabilidad. Cuando la clase dominante se sube al carro de la victoria, no solo busca apoderarse de la victoria, sino también del carro. Evitar el vicio del proceso constituyente es fundamental y para eso es necesaria la participación de espacios con anclaje real, con poder de base, representantes del propio pueblo. Si no se logra unir el mundo de lo político y el mundo de lo social estaremos construyendo una constitución enajenada. El pueblo chileno no puede abandonar la calle, hasta ahora el proceso de cambio fue abierto por el pueblo en la movilización social. Si nuevamente se abandona este terreno y se entra en una lógica de representantes escindidos del mundo real, de los endeudados y empobrecidos de Chile, no hay garantía de cambio. Qué tan profundo será el cambio depende de la fuerza que el pueblo logre construir.

Por último, el modelo de país debe volverse algo tangible, claro y comprensible para la gente. La esperanza por un Chile digno debe cristalizarse en un programa que cohesione tanto como la opción por el Apruebo. El momento histórico exige que estas ideas y lineamientos pasen a acciones y se construya un modelo de país alternativo, más justo, más igualitario, más solidario. Ahora que se llenaron las grandes alamedas, solo falta que pase la mujer y el hombre libre para construir una sociedad mejor.

 

Sobre el autor:

Roberto es hijo de la rebeldía, miembro de la dirección política de Ukamau y del Frente de Resistencia Urbana.