LA TIERRA PROMETIDA I: Opción fuera de la ley

Por Sol Frasca Tosetto y Cristian Frasca

“Bienaventurados los pobres,
porque de ellos es el reino de los cielos”

(Mt. 5:3)

Navegando por Facebook me encontré con un estado del gran Marito Vargas que decía “El barrio San Martín, el barrio de mis amores, fue usurpado ilegalmente en sus comienzos, y hubo gente muy valiente como el Padre Llorens que acompañó al pobrerío, me bautizó, luchó por los ilegales y nos dio un hogar. Ojalá él sea un ejemplo en tiempos de desigualdad, de balas, de fuego y de muerte. Ojalá un día este país sea un país para todes, para les pobres también”.

Ese estado me hizo acelerar la cabeza, y el corazón, a mil revoluciones por segundo. Mi nombre es Sol Frasca Tosetto. Para quienes me conocen, saben que uno de los temas que me apasiona es la religiosidad popular. Eso, sumado a los recientes hechos ocurridos en Guernica, me llevó a la imperiosa necesidad de escribir sobre la relación de la Iglesia y la lucha por el derecho a la tierra y la vivienda digna.

A modo de síntesis, en una nota dividida en dos partes rescataremos las experiencias del Macuca Llorenz y el Padre Contreras en Mendoza; y luego haremos un breve repaso del accionar del Padre Mujica en la Villa 31, de Angelelli en la Rioja y, viniéndonos un poco más acá en el tiempo, el caso de la hermana Mónica Astorga en Neuquén. 

¿Y por qué hablo en plural? Porque en esta oportunidad tengo el honor de contar con un colaborador de lujo: mi papá, que, para quienes no lo conocen, paso a presentárselos. Su nombre es Cristian, nació en 1957. En diciembre del ’82, con la democracia en puerta, decide ingresar al Seminario Arquidiocesano Nuestra Señora del Rosario para iniciar su formación como cura (cosa que, por si no se dieron cuenta, unos años después se vio truncada, y otros tantos años más, dieron como resultado mi existencia). Encontró en esa elección su manera de servir a la gente, ser su siervo, dejando atrás una vida de privilegios y algo más difícil aún en ese momento, sacrificando la posibilidad de una familia propia. En su etapa de seminarista, que duró hasta diciembre de 1987, se topó en el camino con dos ejemplos de la opción preferencial por los pobres: el padre “Macuca” Llorenz y el padre Jorge Contreras. Y ahí es que empieza esta nota. 

Cristian(o): caminar junto al Macuca y al Jorge

Conocí a Macuca Llorenz (cura jesuíta) hacia finales del ‘83. Fue invitado a visitar el Seminario y a celebrar la misa comunitaria. Nada fuera de lo común, hasta ahí, de la experiencia con otros curas y otras misas. En un momento comenzó a compartir su experiencia en lo que hoy conocemos como Barrio San Martín, en la Ciudad de Mendoza. Aquí debo explicar que, en su origen, el “barrio” ubicado al oeste de la ciudad capital de la provincia era, literalmente, el basural de la Municipalidad de Mendoza. Allí se depositaban los escombros, la basura que molestaba. Pero allí, en ese lugar marginado, vivían seres humanos de los que nadie sabía de su existencia. En casuchas de chapas, abandonados a su suerte.

A ese basural comienza a asistir Macuca, como cura, durante el día. En la noche regresaba a la residencia de los jesuítas en el centro de Mendoza. Esto lo hizo  bastante tiempo, hasta que comprendió que no podía llevar un mensaje liberador a la gente del basural si no hacía una opción completa: decidió irse a vivir al basural. En alguna oportunidad, Macuca contó que la primera Navidad fue terrible: “la Nochebuena de 1964 entré en la casita de adobes que un muchacho quiso compartir conmigo en el Barrio. NOCHEBUENA BENDITA que no la pude dormir porque la tuve que padecer mientras oía el ritmo de su baile popular hasta muy entrado el amanecer. Así comenzaron las Navidades de mi vida” (1). Imaginen a un cura, acostumbrado al silencio “reflexivo” y que en su primera navidad que pasa viviendo en el barrio, no pueda dormir en toda la noche: cumbia, alcohol, tiros al aire. Ahí se dio cuenta de lo que vive la gente. Freire decía que “la cabeza piensa donde los pies pisan”, esto Macuca lo entendió de lleno.

Foto de Erica Labeguerie

Cuando al esclavo lo tenés adentro

“Aquella noche todos los israelitas empezaron a gritar y a llorar. Se quejaban contra Moisés y Aarón, y decían:
‘¡Ojalá nos hubiéramos muerto en Egipto, o en este desierto! ¿Para qué nos trajo Dios a este territorio? ¿Sólo para que nos maten a todos, y se lleven como esclavos a nuestras mujeres e hijos? ¡Mejor regresemos a Egipto!’
Y se decían unos a otros: ‘¡Vamos a elegir a un jefe que nos lleve de vuelta a Egipto!’”

(Libro de los Números Cap. 14,1-4)

Los israelitas habían vivido (vivido es un modo de decir) 400 años en un modelo de degradación, no sólo física sino, y sobre todo, psicológica, espiritual y religiosa. Esto les pasaría factura en su vida en libertad en el desierto. Ante las dificultades propias de la vida que tenían que construir, preferían las cebollas gratis de la esclavitud que el tener que buscar el “maná” (una especie de algodón que había que cosechar cada día y que sólo duraba un día). Entonces deciden que es mejor ser esclavos vivos que libres muertos. Y buscarse un líder “esclavizador”, no liberador. Las contradicciones siempre existieron. 

Algo parecido le sucedió a Macuca en el Barrio. Una vez armada la Cooperativa comenzó la tarea de la urbanización (vale aclarar que esta era una de las pocas, sino la única, cooperativa integral que existió en el país en ese momento, es decir que se ocupaba de todo: urbanización, electricidad, construcción, financiamiento, trabajo, ayuda mutua, etc). Desde la cooperativa se hizo el trazado de las calles, se proyectó dónde se ubicaría la plaza, capilla, etc. Pero, como en toda villa o asentamiento, la gente levanta sus casillas donde puede o quiere. Entonces comenzó la tarea de explicarle a más de uno que su “casita” estaba ubicada en el medio de una futura calle; que la cooperativa lo ayudaría a demolerla, a buscarle otro sitio y a levantarle otra definitiva con el sistema de ayuda mutua: el “propietario” ponía parte de la mano de obra y la cooperativa le facilitaba los materiales (ladrillones, cemento, etc.) al costo y a pagar en largas cuotas, sin interés.

¿Qué fácil, no? No. Muchos se opusieron, ya que consideraban que estaban atropellando sus derechos, que la cooperativa “trabajaba” para el gobierno y recibía coima o que, simplemente, estaban bien así y no veían la necesidad de un cambio. Muchas veces por las noches, durante las reuniones de la cooperativa, se escuchaban, en los techos, las piedras de aquellos que preferían las cebollas de la esclavitud al maná de la libertad. Y a lo mejor, también, por qué no, buscarse otro líder esclavizador.

 “Traicionar” a la gente, no a la misión 

Ya establecido en el Barrio, hay algunos episodios que muestran la disyuntiva que tuvo que enfrentar entre seguir lo que su gente le pedía o su misión le reclamaba.

En octubre del ’59 el intendente de Capital decidió erradicar todas las villas ubicadas al oeste de la Ciudad. Mediante un decreto, prohibió levantar más viviendas en terrenos fiscales, ordenó derribar inmediatamente las que estaban a medio construir y mandó a todos los que vivían en esas zonas a desocupar en el término de un año y llevarse todas sus mejoras.

Un día llegaron las topadoras. Pero estas no esperaban la reacción de la gente del Barrio, encabezada por Macuca y la Cooperativa, le hiciera frente a las máquinas. Empezó una batalla campal. En un momento, uno de los policías, probablemente por miedo, disparó al aire; un chico cayó al piso “como para que le cobren penal” (no tenía nada, eso se supo después); pero el disparo del milico fue el disparador necesario: hizo que la gente se abalanzara sobre las topadoras. Un chico se subió a una de ellas y después de algunos intentos pudo maniobrar y conducirla hasta cerca de un socavón; la gente estaba como loca y, a pesar del tremendo peso de la máquina, logró empujarla. El joven logró saltar justo antes de que cayera al pozo con los tractores hacia arriba. Luego empujaron las otras dos hacia el mismo pozo y también terminaron patas para arriba. Algunos, incluso, querían buscar nafta o kerosén y prenderles fuego, pero fueron llamados a tomar conciencia. Algo que nunca dijo Macuca, pero que el relato popular afirma, es que Llorenz se arrojó delante de la primera topadora hasta que ésta se detuvo.

Pero la cosa no terminó ahí. La amenaza de terminar con el Barrio que se estaba gestando seguía latente. Por lo que decidieron manifestarse en Casa de Gobierno. A medida que se acercaban, la gente de la Ciudad veía a esos desaliñados manifestar por su derecho a su Tierra. El secretario de Gobierno los recibió. A Macuca, no. Porque no fue. Estaba muy presionado y cuestionado por un grupo de curas y  laicos (civiles) conservadores. Éstos, a su vez, presionaban al Obispo y al Superior de los jesuitas. Ambos lo apoyaban, pero se les hacía cada vez más difícil sostenerlo. Si aparecía como parte de la manifestación era una excelente oportunidad para sus detractores, que los tildaban de estar en cualquier cosa, menos en lo que debe estar un cura.

Cuando se decidió marchar a la Casa de Gobierno, el abogado de la Cooperativa les aconsejó contraatacar, enviar un telegrama colacionado al Intendente. En el mismo le advertían que el decreto era nulo, que si lo ejecutaba cometía un triple delito, que violaba la propiedad privada y de domicilio, que si acudía con violencia sería repelido con violencia. Eso sí, lo saludaban “atentamente”. Para que el telegrama tuviese validez tenían que colocar el número del documento y firmarlo en el Correo. Los ocho miembros de la comisión de la cooperativa se subieron al trolebús. Cada uno fue compartiendo en voz alta su preocupación: “me deportan a Chile”, dijo Don Humberto, “me echan”, pensó Don Arnobio, (enfermero de un hospital estatal). Pero también se daban ánimos: “¡No aflojemos, ni se van a fijar en las firmas!”. Macuca va en silencio. Poco antes de llegar, les dice: “Muchachos, es tarde, me vuelvo a casa”. No hizo falta más. Todos lo miraron y se miraron. Nadie habló, pero se leía en sus rostros: “el cura es un traidor”.

Él sintió una vergüenza inexplicable. Un dolor profundo. Sobre todo, porque ni él mismo  comprendía totalmente en ese momento esa decisión. Luego se daría cuenta que, de no haberse bajado de ese trolebús, los habría abandonado de verdad y definitivamente si lo hubiesen trasladado por tensar de la cuerda y permitir que esta se cortara.

El otro episodio de su “traición” a la gente tiene más que ver con su “trabajo”. A medida que avanzaba la construcción de las viviendas, la gente, muchos religiosos de “fierro” y otros creyentes, pero no tanto, permanentemente le preguntaba: “¿Padre y cuándo vamos a empezar a construir la Capilla? Así no tenemos que andar juntándonos en la calle o en alguna casa para las misas”. Y Macuca dio una respuesta, símbolo de toda su acción Pastoral: “PRIMERO LAS CASAS DE LOS HOMBRES, DESPUÉS LA CASA DE DIOS”. 

Así fue la vida y obra del Macuca Llorenz, su opción preferencial por los pobres, una opción fuera de la ley: Fuera de la ley del Estado, que distribuye injustamente la tierra, y fuera de la ley de (una gran parte) la Iglesia, que supuestamente dice que primero está el amor a  Dios y luego el amor a los hombres. 

“Quién dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso” (Primera Carta de Juan 4,20). 

Foto de Erica Labeguerie

***

Si bien decidimos enfocar esta primera parte de la nota en la labor del Macuca, nos interesa rescatar algunas otras experiencias valiosas para pensar la comunión entre el reino de los cielos y la lucha por la dignidad terrenal. 

Carlos Mujica – El cura villero

La mayor parte de su labor comunitaria la realizó en la Villa 31 de Retiro (Hoy Barrio Carlos Mujica, en su honor), donde creó la Parroquia Cristo Obrero, lugar en el que, hasta el día de hoy, descansan sus restos. El asesinato de Carlos Mujica es conocido y, parte de su enemistad con Lopez Rega, autor intelectual de su muerte, comienza cuando Mujica renuncia a su cargo en el Ministerio de Bienestar Social que estaba a cargo de aquel. ¿Por qué? Porque Mujica consideraba que el plan de erradicación de las villas era un negocio con empresas privadas y no dejaba lugar para la participación de los villeros.

Enrique Angelelli – El cura cooperativo

El 18 de julio de 1971 se conforma en La Rioja la “Cooperativa de Trabajadores Rurales Amingueños Limitada – CODETRAL”, con un objetivo muy claro: la expropiación de las tierras abandonadas de lo que supo ser la finca de los hermanos Azzalini, y la entrega total a manos de los trabajadores. Codetral fue impulsada por vecinos de Aminga, en la Costa riojana, legitimada por el Movimiento Rural Diocesano y por el Obispo Enrique Angelelli. Junto a Angelelli (llamado Satanelli por los poderosos a quienes irritaba su labor) trabajaron el laico mendocino, Wenceslao Pedernera, líder del movimiento rural y de las cooperativas que comenzaba a potenciar el obispo para combatir la injusticia rural y el latifundio, y los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias. Hoy, son los mártires riojanos.

Si desean saber más, les recomendamos nuestra nota “Sin Fe, no hay revolución”. 

Todavía hay más…

…como anticipamos, en la segunda parte de esta nota hablaremos de la labor de Jorge Contreras, desde el desierto lavallino hasta el Barrio La Gloria. Y seguiremos presentando experiencias contemporáneas que siguen enlazando el camino de la Fe con el caminar de lxs excluidxs.

Foto del libro “Opción Fuera de la Ley” – Macuca Llorenz junto a un vecino del barrio