POR QUÉ, DIEGO

Por Agu González GP

No pensé que escribiría estas líneas sobre el Diego, primero porque, como leí por ahí, me estoy dando cuenta que “lo quería más de lo que pensaba”. Segundo, porque creo que todo lo que tenía que escribirse sobre el deporte (inter)nacional de debatir sobre su figura y sus significancias, ya lo expresó de la mejor manera posible Eduardo Sacheri en “Me van a tener que disculpar”. Y sin embargo acá estoy, haciendo lo que hago cuando me pierdo, intentar escribir.

Quiero arrancar diciendo que Maradona me descoloca, me descoloca porque lloro pero también me descoloca el marco teórico. En su compleja fisonomía, Maradona es sumamente encasillable pero no así sus seguidores. ¿Qué distingue al Diego? Enorme futbolista, nacionalista, peronista, popular, villero, vulgar, antimperialista, defensor de la Cuba revolucionaria, amigo de Fidel, admirador del Che.

Entonces debemos suponer que, habiendo sido el mejor jugador de todos los tiempos, será un motivo de orgullo y trofeo para los peronistas, los villeros, los antimperialistas, los revolucionarios, los de izquierda. Pero no, el tipo es amado y llorado por gente que reúne las anteriores condiciones y gente que se encuentra en el otro bando de esas “grietas”. Lo lloran macristas, peronistas, radicales, Cornejo, Cristina, Corea del Centro, académicos liberales y populares. Lo recuerda Alberto Fernández y también Mauricio Macri, blanco asiduo de puteadas del diez. Pero ojo, también lo defenestran e impugnan porciones de todos los anteriores sectores.

Para el caso, lo llora el feminismo popular y lo impugnan otros feminismos. Y paradójicamente, lo lloran los machos, para los que llorar es de puto. ¿Y entonces? ¿Qué será? ¿Qué será lo común del menjunje anterior? ¿Será lo argentino? Macrista, kirchnerista, Cornejo, Alberto, Macri, Cristina, Massa, Del Caño, Espert, popular, cheto, nacional, liberal, feminista, machista. ¡Bingo, lo común es lo argentino!

¿Será eso?, ¿serán los goles a los ingleses?, ¿será, como dijo Sacheri, que “a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros»”?

Sin embargo, me llegan mensajes, escribe una amiga brasilera: “Eu, es verdad…?”. Me lo dice apenada, por whatsapp, no la veo pero está cabizbaja, siente genuino dolor y respeto. Llega otro mensaje al grupo, otro brasilero, esta vez, manda una nota: “60 razones por las que Maradona fue más grande que Pelé”. Nuevamente, me descoloca el marco teórico, no era la excepcionalidad argentina la que sumida en su ego lo erigió en santo. Para esta hora, la hipótesis ya estaba refutada. Primero Brasil, después las calles de Nápoles, cuna de una devoción patológica por el Diego, totalmente atestadas; finalmente, los principales diarios de uno, dos, tres, 200 países.

Bien, no es la nacionalidad. Debe ser determinante, entonces, lo que hizo de Maradona lo que fue: el fútbol. Esta segunda hipótesis cae aún más rápido que la primera: son muchxs, muchísimxs quienes se entristecen, incluso lloran, tal vez un poco desconcertadxs, sin ser seguidores del balonpié. Publica un amigo que ve poco fútbol: “Diego, te vamos a extrañar”. A su vez expresa la periodista Tamara Tenembaum: “Se me caen lágrimas y nunca debo haber visto un partido de fútbol entero”. Como sintetizó magistralmente la escritora Gabriela Cabezón Cámara: “Tal vez el fútbol le chupaba un huevo, Diego, como a mí un ovario o los dos, ¿pero a quién no le gustan los artistas?”.

¿Será, entonces, no la nacionalidad ni su habilidad como futbolista lo que nos causa a tantxs, tan distintxs, devoción o respeto por su figura sino el hecho de su irreverencia dentro y fuera de la cancha, en el deporte más popular y extendido del mundo? Maradona reunió muchas cualidades valoradas en nuestras sociedades: un poco de meritócrata, el pibe que nació en la villa, el cabecita negra que en un potrero forjó una zurda inmortal alcanzó lo más alto del fútbol mundial, con su selección, con su camiseta, con una mezcla de talento descomunal y picardía criolla. Eso puede ser valorado no solo por amantes del fútbol o de la selección argentina, sino por quienes quieren que los que tienen las de perder, ganen, triunfen frente a todo pronóstico.

La irreverencia de Maradona es la irreverencia de quien llegó a ser el mejor en lo suyo sin sucumbir a las formas burocratizadas, desapasionadas y mercantilizadas del deporte. Ese delito de negro, sudamericano y bocón (no de morocho folclórico, vendido) le robó algunos años de carrera e insignias rimbomboantes, pero le aseguró la eterna devoción popular.

Como sostiene Galeano, Maradona estuvo hasta último minuto agobiado por el peso de su propio personaje. Sostiene el uruguayo: “No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo. «Necesito que me necesiten», confesó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos”.

Así, Maradona pagó el costo de denunciar la explotación de los jugadores por parte de la FIFA y los contratos de televisación que ignoraban los derechos laborales en el mundo del deporte. El costo de señalar lo incómodo, de renunciar al aburguesamiento de la cumbre para erigirse como ícono popular, rebelde, irreflexivo en su agudeza, falopero, imperfecto.

Al final, tal vez sea un poco de todo lo anterior lo que hace de Maradona lo que es. Un poco de argentino. Al decir de Tomás Rebord: “Si la República Argentina pudiera concretarse en un ser humano, con su tragedia y su épica. Con lo insólito, lo terrible y lo hermoso, se vería exactamente así”, así como el Diego. Un poco de latinoamericano, un poco de tercermundista, de débil, de negrito, de periférico de la periferia que se abrió camino como el mejor de la historia en el deporte más querido. Y no sucumbió a las tentaciones del poder y la riqueza, sino que sucumbió a las más mundanas y reales tentaciones del pueblo: la algarabía desbocada, pasional y efímera de los excesos, seguida de la abstinencia contradictoria de reconocimiento y tranquilidad.

Tal vez, frente a la muerte de Dios, que ya ni siquiera atiende en Buenos Aires, esta deidad morocha, impensada, de carne, hueso y tobillos maltratados nos permitió cohesionarnos mediante una nueva moralidad compartida: la de lxs imperfectxs que, de a ratos, pueden triunfar sin sucumbir.

Tal vez, como dijera el Negro Fontanarrosa, no me importa lo que Maradona hizo con su vida, sino lo que hizo con la mía.