SIEMPRE MARADONA

Por Javier Frias

El Diego se fue, partió de repente. Los últimos años estuvo siempre a punto de irse por eso esta vez, que parece ser verdad, nadie nos saca el nudo del estómago. En estos días habrá que buscar los porqués para tanto dolor, bucear en sus fotos, grabarse alguna de sus sonrisas para largar de a poco. ¿Por qué lo lloramos incluso quienes nunca lo vimos jugar al fútbol? ¿Qué clase de ser humano todo fue Maradona para resultar tan cercano para tantos hombres y mujeres de este país y del mundo?

Hay una parte del relato de Víctor Hugo en el segundo gol a los ingleses que siempre me pareció fantástica. Diego ya está en tres cuartos de cancha, viene apilando rivales a una velocidad que el relato no alcanza a describir, entonces Víctor Hugo decide resumir lo que está sucediendo, ganar tiempo, salir del paso con un decoroso “siempre Maradona”. Es el fraseo que anticipa el “genio, genio…”. Víctor Hugo ya no relata, tartamudea, se deja llevar por el espectáculo. Ese “siempre Maradona” es casi una radiografía de la vida de Diego y de nuestra inocultable predilección hacia su persona. Maradona fue un tipo sin época. O, mejor, fue él mismo una época. Desde su debut en primera hasta sus últimos días, siempre Maradona. Bien o mal, siempre Maradona. Por eso esta partida temprana deja un hueco imposible de llenar.

Las imágenes que circulan por las redes se apilan como una muestra de fotoperiodismo. Para cada pedazo de nuestra historia reciente hay un sticker de Maradona que funciona como síntesis. El Diego que sueña con ganar un mundial, el Diego con Dalma y Gianina, el Diego con la copa, el Diego deslizándose con la panza debajo de la lluvia, el Diego de traje, el Diego con Fidel, el Diego bailando, el Diego que habla y se traba. Nos acostumbramos a mirar a Maradona como una forma de mirarnos a nosotros mismos. Fue el más argentino de todos porque cargó en un solo cuerpo gran parte de nuestras obsesiones y nuestras disputas. Y eligió llevar esa carga de manera auténtica, con sensibilidad hacia los humildes, con una ternura encantadora y con un enorme sentido de celebración de la vida.

En Ey, Patria mía, Diego Sztulwark recuerda una idea de León Rozitchner sobre la nación: ser nacionalista es sentir que el propio cuerpo se prolonga en la tierra y de ahí sale al encuentro con los demás. La patria, la matria, es la extensión de mi cuerpo en el cuerpo colectivo. Maradona es una pieza imborrable de esa prolongación. Fue nuestra fiesta sin permiso, nuestras contradicciones constitutivas, nuestra forma de estar en el mundo. Por eso ya sentimos su ausencia. Loco lindo, ídolo de barro, petiso atrevido. “¿A quién no le gustan los artistas?” se pregunta Gabriela Cabezón Cámara. A partir de ahora nos quedarán sus fotos, sus anécdotas, sus videos, sus frases, su desparpajo para vivir, la memoria empecinada de un pueblo. Como escribió el Indio, nos quedará el dolor más puro que no es otro que el de haber sido tan felices.