EL SIGILO DEL TIEMPO

Por Facundo Maldonado

No está muerto lo que puede yacer eternamente;
y con el paso de los extraños eones, 
incluso la Muerte puede morir”

Siguió el recorrido habitual que hacía cada vez al regresar. Al llegar a la entrada, buscaba en los bolsillos de su gabardina azul hasta dar con un manojo de piezas metálicas, tomaba la indicada y la introducía en la cerradura sacudiendo la mano, esto producía un sonido similar a un sonajero, lo relajaba. Giraba la llave lentamente hasta escuchar como el mecanismo debidamente aceitado trabajaba. Tras cerrar, depositaba su cascabel en un tazón que estaba en la mesita del recibidor, dejaba su abrigo y su sombrero bombín en el perchero que estaba junto al cesto de los paraguas, debajo de una vieja pintura que siempre se torcía por causas desconocidas y la que él siempre enderezaba. Obsesivo en la medida justa. 

Cada vez que salía, la rutina era la misma y a base de costumbre, o sea, de repetición diaria, buscaba en cada rincón, en cada recoveco. Era muy cauteloso y conocía de memoria el estado en que había dejado cada cosa. Luego de revisar cuarto por cuarto, cocina, living, comedor y de disponer un exhaustivo examen a todos los cerrojos, buscó signos de movimiento, algún vestigio que indicase que alguien había amenazado la seguridad de su hogar. Siempre tomaba las precauciones necesarias como para poder recordar cada elemento que componía el cuadro entero de cada claustro, incluso podía reconocer los olores característicos de los ambientes que componían el lugar. Con los olores era más sencillo, su olfato era muy fino y podía distinguir fácilmente cualquier aroma: cada uno de estos era asociado a un recuerdo particular. Aromas específicos que lo trasladaban a lugares, a situaciones que remitían a momentos de su vida, entidades fantasmales que se adhirieron ineludiblemente a los instantes en los que se generó esa nueva sinapsis en su cerebro y, por supuesto, había olores a los que le temía, no por desagradables, sino por lo que representaban para él. 

Al enfrentarse a la última habitación, la de su dormitorio, sintió una pequeña descarga que bajaba a través de su espina, como si el diablo le hubiese besado la nuca al pasar. Allí guardaba algo preciado, no había alguna otra cosa que despertase mayor interés para él en este mundo, nada como eso, nada como su tesoro, así solía llamarlo cuando revisaba que estuviese en su lugar y se encontraba a solas. 

Algo no estaba bien y lo podía sentir, lentamente giró el pomo hasta escuchar un diminuto click y el cerrojo cedió. Abrió la puerta sin dificultad y los goznes aceitados no hicieron el más mínimo de los ruidos. Se detuvo y esperó a que se abriera por completo para ingresar a la estancia, al principio no notó nada raro, al parecer nada había sido alterado, todo estaba estático, en su respectivo orden y lugar. Temeroso avanzó y antes de traspasar el marco de la puerta se detuvo, miró primero a un lado y después al otro, como esperando alguna amenaza desde los flancos, una emboscada quizás. 

Hizo un paso hacia adelante, ya estaba dentro de la habitación, la clara estancia estaba iluminada por dos grandes ventanas, las últimas luces de la tarde pegaban de lleno contra las transparencias amuradas en uno de los lados y cubrían gran parte de los muebles con una luz dorada. En el lugar hacía calor y un aroma dulzón se repartía amablemente por todo el ambiente, se desconcentró. Sacudió un poco la cabeza y volvió a la realidad, se puso alerta nuevamente: el dulce aroma se disipaba lentamente y con eso volvía la calma, el portador ya no estaba, ese indicio le dio la seguridad necesaria para continuar con su pesquisa. No le gustaban las sorpresas, no le gustaba que su orden se viera afectado por intrusos. 

El fino lienzo colgado de la mampostería estaba levemente torcido, se dio cuenta al instante que algún extraño visitante había estado aquí, revisando detrás de los cuadros que adornan el muro buscando la caja fuerte, escudriñando en los cajones, hurgando sus pertenencias, aunque todo parecía estar en su sitio. Revisó para encontrar signos de movimiento, algo o alguien había alterado su lugar de descanso, eso le molestaba, le hacía apretar los dientes y ese olor en el aire de la habitación lo inquietaba.

Ya más sosegado pensó para sus adentros que debía cambiar de lugar su más preciado tesoro, quizás la próxima vez no tendría tanta suerte, antes no había tenido ese problema. Se acercó al florero que estaba sobre una pequeña y antigua cómoda, lo torció dejando que un tubo de papel cayera desde el interior, este rebotó unas veces, rodó un par de veces y quedó apoyado sobre el sello que lacraba el contenido. Era un papel amarillento, casi pardo, daba algunas vueltas enrollado sobre si mismo mostrando bordes ajados por el paso del tiempo. 

Lo tomó entre sus manos delicadamente, lo llevó al calor de su pecho como si fuese un pajarito herido, lo protegió con ambas manos, dio algunos rápidos pasos hasta llegar al lado de la cama. Una vez allí abrió el cajón de la mesa de noche, por un instante le pareció un buen lugar para depositar el rollo aquel, caviló unos segundos más. “Si tuviese un cajón con doble fondo sería ideal”, pensó, pero este no era el caso. Finalmente, abrió la pequeña puerta que se encontraba debajo y con una mano sacó una caja blanca de zapatos, mientras sostenía el pequeño pergamino en la otra. Al destapar la caja se dejaron ver unos lustrosos zapatos de charol, su rostro se reflejaba en la superficie del brillante material. Eran sus zapatos favoritos, los que acostumbraba llevar a la misa de los domingos, a las que ya no iba, a bautismos, a los que no lo invitaban y por supuesto, funerales, a los que ya no tenía necesidad de ir: todas las personas que alguna vez conoció estaban muertas. 

Decidió que el interior, de delicado cuero marrón claro, era un escondite perfecto y dejó cuidadosamente el tubo dentro. Ese papel contenía su alma inmortal, un contrato con la Muerte, aquel que lo mantenía vivo. Él era por definición, una excepción a la regla, un caso paradigmático que debía ser revisado, recalculado y borrado necesariamente, aunque nunca se jactó con nadie de ser inmortal. De la Muerte, cosa inevitable, nadie puede escapar y la muy presumida había venido antes de lo acordado a robarle.

*Otros textos del autor pueden leerse en su página: https://maddummyblog.wordpress.com/