OÍD, MORTALES!

Hacia una escucha política del síntoma.

Por Federica González

*Todas las fotografías pertenecen a la autora de la nota.

Es febrero, y hace calor. Estoy tirada en el sillón, un poco mareada y somnolienta por el efecto residual de la Quetiapina. Estoy en Instagram y scroleo. Qué más sino. Veo sin mirar. Miro sin ver. Hay sonrisas, hay regalos, hay parejas, hay pileta, hay pieles morenas, hay cerveza, hay viajes a lugares. Hay lugares distintos a mi casa.

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Algún día de algún mes primaveral de 2015 até la bici en España y 11 de septiembre. Me anuncié en la puerta de una casa cubierta de piedra Mar del Plata. Una voz femenina en el portero me hizo pasar y así fue como entré por primera vez al consultorio de mi ex psicoanalista Betty. Medio canchera, medio confiada, le dije: “estoy mal, me siento mal, pero esto -señalé hacia arriba, hacia el cielo, quise decir: todo- está peor, y un poco tiene que ver”.

2017 fue un año de mierda. Sin trabajo y en medio del macrismo que parecía no retroceder (ese año Esteban Bullrich ganó las elecciones legislativas), el panorama era desalentador. La crisis fue social, política, económica y personal. Perdí el deseo, entré en un estado anhedónico que parecía permanente, persistente. De a poco se presentaron otros elementos: insomnio y aumento de la ansiedad, la segunda de por sí siempre pululaba. Por primera vez en mi vida académica fui a rendir un parcial y me levanté temblando por un ataque de pánico. Perdí la vitalidad, la chispa. El único lugar era la cama, vacilar durante la noche, masticar pensamientos, sentimientos. Mi edad, veinticuatro años y no estar recibida, recibir dinero de mis padres para subsistir, no encontrar trabajo. La promesa, las expectativas y yo, que reposaba sobre el fracaso. Y así las noches, las noches me destruyeron.

No me acuerdo bien el momento, pero Betty sugirió consultar una psiquiatra. Necesitaba bajar el síntoma, conseguir dormir, recuperar las ganas de algo.        

Visité un profesional, luego a otra. Comencé mi terapia, mientras continuaba con las visitas semanales a Betty. Con el tiempo mejoré, empeoré, volví a empeorar y volví a mejorar. La cama volvió a ser ese lugar de noches y de siestas. Ya no más de días sin reloj. Mi familia, mis amigos, mis amigas estuvieron ahí. De noche y de día. Armaron una red de contención de la cual me enteré tiempo después. No se puede ser feliz en soledad, dijo Leonardo Favio. No se puede sobrevivir sin comunidad, agrego yo. (Y sin plata tampoco, las pastillas son carísimas -digamos todo-).

Volví a militar en una agrupación feminista. La consigna “lo personal es político” resonó fuerte. Fue más que una reivindicación en términos de género. El malestar, las pastillas, la angustia, la incertidumbre, la ansiedad, son políticos. No voy a mentirles, no fue una revelación, sino apenas una epifanía.

No soy yo, es el neoliberalismo.

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En su libro Intimidades congeladas, Eva Illouz nos invita a revisitar la historia de la sociología clásica y el advenimiento de la modernidad. Pone las emociones en el centro de la escena, las rescata del lugar secundario que le han otorgado las teorías clásicas. Las emociones están orientadas y en diálogo permanente por un sistema que las organiza, lo que ella llama, capitalismo emocional. Lo define como “la cultura en la que las prácticas y los discursos emocionales y económicos se configuran mutuamente y producen un movimiento en el que el afecto se convierte en un aspecto esencial del comportamiento económico y en el que la vida emocional (…) sigue la lógica del intercambio.”.

Es decir, el neoliberalismo organiza los afectos y gobierna el terreno de las emociones bajo lógicas mercantilistas. Conquistó la irracionalidad, el estadío prerreflexivo de la acción. Y nosotros:

La tenemos adentro.

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“Cómo, cuándo, dónde, quién fue, para quién será
Quién ha sido y porqué el frío
la pasión, la vejez, el amo, el esclavo y el dolor de reconocerse
atado, golpeado, libre, liberado, culpable, culpado,
al frente, al costado de quien no se larga por miedo a quedarse solo, abandonado
Lo que te da terror te define mejor,
no te asustes, no sirve, no te escapes, volvé”
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Gabo Ferro

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Instagram ocupó mi atención, en promedio, 45 minutos al día esta semana. El viernes llegué a estar 1 hora y 23 minutos. Paso el 4% de la jornada en esta red social. Podría explicarlo, en parte, porque es mi medio de trabajo. Pero no sólo depende del contenido que elija visualizar. La plataforma moldea mi subjetividad, la forma de organizar mi mundo. Efímero, impactante y efectivo. Las personas que veo allí, su intimidad, son genuina fuente de interés y consumo. Y la nuestra, claro está, también puesta a disposición. En una entrevista para Página 12, la antropóloga argentina Paula Sibilia  afirma que la mirada del otro es necesaria para dar cuenta de nuestra propia existencia. Debemos performar constantemente en las redes para reafirmar qué hacemos y quiénes somos. En La intimidad como espectáculo, un escrito que dialoga y continúa las tesis proféticas de Guy Debord, la autora se pregunta cómo llegamos a ser lo que somos. ¿Cómo se constituye la subjetividad en nuestro tiempo? Sin duda, el espacio real y virtual, que habitamos cada vez con mayor intensidad, es el escenario donde se monta, lo que Sibilia llama: el show del yo.

Somos un producto, en aspectos incluso en los que negaríamos cualquier presencia de capital. Hay, si se quiere, una economía de las emociones. Las redes sociales son vidrieras y los sujetos somos maniquíes con la posibilidad de performar distintas  cualidades según quien esté del otro lado, es decir, la vidriera que decidamos usar. (La posibilidad de segmentar la audiencia con la opción mejores amigos en Instagram es una prueba clara de ello). El vidrio es suave. Sin imperfecciones ni  rugosidades. No hay señales visibles de conflicto y disputa. La dialéctica no garpa, en tanto que incorpora la antítesis. Ocultar lo negativo, en este sentido, es una forma de sostener el status quo. El poder cambia su forma, de las sociedades disciplinarias de Foucault, a las de control de Deleuze. Y sigue su curso hacia la fragmentación. “Tan destructiva como la violencia de la negatividad es la violencia de la positividad” denuncia el filósofo surcoreano Byung Chul Han en su libro Psicopolítica, (2014) donde se pregunta por las nuevas técnicas que adopta el biopoder en el neoliberalismo. Si estamos mal, ansiosos, depresivos, angustiados, la culpa es nuestra, la emoción reside dentro nuestro. Hay algo que no hacemos bien para triunfar en un sistema de libertades y oportunidades. Hay algo que no hacemos pero, en un contexto de incertidumbre, desempleo y malestar, no sabemos qué.

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Son escasos los estudios que proporcionan información acerca del consumo de psicofármacos (prescritos por un médica o médico o no) en la Argentina. La SEDRONAR publicó en 2017 el Estudio Nacional en Población de 12 a 65 años sobre el consumo de sustancias psicoactivas en Argentina. En él encontramos datos cuya interpretación es fundamentalmente social. El 15% de la población Argentina consumió tranquilizantes o ansiolíticos alguna vez en la vida, incluyendo tanto a quienes consumieron por prescripción médica como a los que no. Esto representa a casi tres millones de personas. El 1,3% de la población consumió estimulantes o antidepresivos alguna vez en la vida, incluyendo tanto a quienes consumieron por prescripción médica como a los que no. Esto representa a más de 240 mil personas. La población joven fue la que realizó mayor proporción de consumo por cuenta propia mientras que en la población mayor de 35 años el consumo fue casi exclusivamente prescrito por un médico. Se estima que 105.971 personas de entre 12 y 65 años comenzaron a consumir tranquilizantes sin prescripción médica durante 2017. Esto da cuenta de un severo aumento en el consumo. Sin embargo, al no contar con datos anteriores que utilicen la misma metodología, es complejo estimar cuál fue el aumento real respecto a otros años. La edad promedio de inicio en el consumo de tranquilizantes o ansiolíticos sin receta fue cercana a los 25 años. Es destacable (y esperable) que, en las variables socio-demográficas analizadas, se encontró la mayor prevalencia de consumo de tranquilizantes en población desocupada.

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El gobierno neoliberal de la subjetividad necesita una respuesta en clave política. La crisis actual necesita de sujetos y organizaciones ávidas por ubicar el síntoma y pensarlo en términos psicosociales. Diego Sztulwark en su libro La ofensiva sensible propone distinguir entre modo y forma de vida. El modo de vida es el que nos ofrece el mercado y su lógica de consumo, cargado de emociones, asociado al bienestar humano, en busca de la felicidad. La forma de vida, por el contrario, es la pregunta. Colocar la afectividad en el centro y cuestionar los automatismos y linealidades. Ser sensibles y oír el síntoma como ejercicio político y espiritual. Politizar el malestar, aunque duela. Si duele, preguntar por qué. La propuesta del autor: construir forma de afectividad no-neoliberal que se corra del eje del proyecto político del capital. Esta época, la época neoliberal, vincula directamente “la trama sensible de la vida y el orden social y político” (p19). Stztulwark nos invita a repensar nuestros consumos, los usos del tiempo, cómo habitamos territorios, incluso, cómo amamos. Reconocer el malestar habilita las preguntas troncales, fundantes, necesarias para construir nuevas formas de vida más acorde a lo que deseamos.

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¿Cuándo pensar en nuevas formas de vida si no es durante una revolución? Elvio Sisti es un médico psiquiatra argentino, autor del libro Materialismo dialéctico y psiquiatría. Generó vínculos entre la psiquiatría y el pensamiento de izquierda durante su formación en la Universidad de La Plata y en 1980 partió hacia la revolución nicaragüense. En otro de sus escritos, Salud mental de base, el médico pone en juego su experiencia como médico y militante, el resultante de sus años en Centroamérica, subsidiario del pensamiento de la teología de la liberación como Martín Baró. Se preguntó por las “derrotas infinitas cotidianas que el sistema social le impone al yo” y cuál es el vínculo de la población con la salud mental. En los 80 ‘s la institución médica agudizaba el proceso de psicopatologizar las dificultades integrales de las personas y los grupos, reflexiona Sisti, y esto contribuyó a enmascarar, por medio de la culpabilización de las personas, al verdadero responsable: el sistema. Junto con Luciano Carrino elaboraron la terapia de salud mental de base en donde el sujeto es el portador del síntoma pero se le otorga especial importancia a la situación, esto es, el entramado de vínculos en el cual se moviliza la persona, ubicándola en redes determinadas, posiciones de poder, capacidad transaccional y afectiva. Sobre estos recursos, propone Sisti, es donde hay que echar mano para dinamizar los procesos terapéuticos. El trabajo es un proceso comunitario que pone el foco entre las personas y no dentro de ellas. La contextualización de las prácticas individuales en la comunidad es, quizás, hacer un poco de justicia sobre el peso que los diagnósticos otorgan a los individuos.

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Escuchar el síntoma. Hacernos eco.
Escuchar el síntoma. Aceptar el malestar.
Escuchar el síntoma. Preguntar por qué.
Escuchar el síntoma. Asumir: algo no anda bien.
Escuchar el síntoma. Habitar la contradicción.
Escuchar el síntoma. Desinstalar Instagram.
Escuchar el síntoma. Preguntarle a tu amiga cuál es su síntoma.
Escuchar el síntoma. No sonreír.
Escuchar el síntoma. Escribir.
Escuchar el síntoma. Una selfie en llanto.

Escuchar el síntoma.

Politizar el síntoma.
Colectivizar el síntoma.

Bibliografía consultada:

Han, Byung-Chul. (2014) Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder Editorial.

Illouz, Eva. (2007). Intimidades congeladas: las emociones en el capitalismo. Katz editores.

Sibilia, Paula. (2011) Estado: Visible. Entrevista en el suplemento “Las 12” por Marta Dillon. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-6858-2011-11-11.html

Sibilia, Paula. (2012)  La intimidad como espectáculo. Fondo de Cultura Económica.

Sisti, Elvio. (2000). Salud mental de base: la teoría y la práctica centroamericana. Realidad: Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, (73), 65-73.

Sztulwark, Diego. (2019). La ofensiva sensible: neoliberalismo, populismo y el reverso de lo político. Caja Negra Editora.

Sobre la autora:

(La) Fede nació en Mendoza pero tiene un 75% de su corazón en Mar del Plata. Estudia sociología, labura en comunicación, saca fotos y hace radio. Formó parte de la experiencia de Revista Ajo, volvió a Mendoza, nos contactó vía mail, se le quemó la heladera y desde la primera reunión es amiga incondicional de esta revista.